Biblioturismo o El riesgo de padecer algunos síndromes

Biblioteca Vasconcelos - Ciudad de MéxicoEn poco tiempo, finalizados los exámenes académicos que atestan nuestras salas, llegarán esos días de la diáspora veraniega en que abandonamos nuestro solar habitual en busca de paisajes que nos saquen de la rutina. Mares y montañas, campos y playas serán invadidos por hordas de veraneantes. Todos buscamos algo distinto, actividades que nos distraigan de nuestro quehacer diario. Pero los bibliotecarios debemos ser de una tribu peculiar, incapaces de alejarnos de nuestro hábitat más allá de unos límites razonables. Irresistiblemente atraídos por aquellos lugares en que otros individuos de nuestro mismo clan desempeñan su labor, tropezamos en nuestros viajes —si es que no las buscamos intencionadamente— las bibliotecas allá donde vayamos.

Lo queramos o no, calzados con nuestras cómodas sandalias de turista, las botas montañeras o las chanclas playeras, acabamos extasiados ante la biblioteca del lugar que visitamos. Que nos atrevamos a traspasar el umbral ya es cuestión de voluntad o, mejor dicho, de capacidad de resistencia a la tentación. Podemos disfrutar con otra afición cualquiera, pero es como si el virus del biblioturismo nos afectase con especial virulencia. Algo así debió ser lo que animó a un grupo de bibliotecarios de Nueva Gales del Sur a cabalgar juntos sus monturas de dos ruedas por vez primera en 2006 para conocer y dar a conocer las bibliotecas de su estado y otros territorios australianos, actividad que han mantenido viva hasta hace apenas unas semanas. Quien más, quien menos, ha dejado breve testimonio en Twitter de las bibliotecas que ha visitado o ha subido a una red u otra alguna foto. Incluso ha habido alguna administración pública —como la del Piamonte italiano— que ha decidido explotar esta vía para potenciar su industria turística.

Biblioteca de Lastres - AsturiasComo bibliotecarios, posiblemente no sean el silencio o la tranquilidad las razones —de entre expuestas no hace mucho en Faena Aleph— las que nos impulsen a visitar bibliotecas, aunque tampoco me atrevería a decir que ese magnetismo que nos atrae tenga siempre y exclusivamente motivos profesionales. Como a cualquier visitante, pueden deslumbrarnos magníficos edificios de insultante belleza, pero también nos emocionan pequeños espacios —en ocasiones, minúsculos cubículos— que rinden su servicio a la comunidad con mayor pasión que fortuna. Incluso podemos caer en la tentación de plantearnos —hipotéticamente, claro— cómo disfrutaríamos trabajando en esas bibliotecas, compartiendo nuestra existencia con sus usuarios, visitantes y vecinos. Sin embargo, antes de dejarnos llevar por nuestra particular variante del síndrome de Stendahl, deberíamos intentar ser más racionales, preguntarnos hasta qué punto esas bibliotecas —me refiero especialmente a las de moderno alzado— están diseñadas y equipadas realmente para cumplir eficazmente su función, ofrecer lo que hoy se ha de exigir a una nueva biblioteca.

Biblioteca Ramon Bordas i Estragués - Castelló d'Empúries¿Por qué no nos encomendamos en nuestras visitas a Henry Faulkner-Brown, autor de unos mandamientos sobre edificios bibliotecarios, actualizados en su momento por Andrew McDonald, que debería estar grabados en las fachadas de algunas de esas imponentes instalaciones? Tal vez, si lo hiciéramos nos sentiríamos invadidos por una desagradable desilusión ante la realidad que se esconde tras una arquitectura que alimenta las más idílicas expectativas. Y caeríamos en una especie de síndrome de París, un riesgo nada apetecible.

Rafael Ibáñez Hernández

Colaborador en BiblogTecarios Bibliotecario en la Biblioteca Municipal. Curioso de las nuevas tecnologías (aunque ya no sean tan nuevas), pero empeñado en mantener los pies sobre el suelo.

2 Comentarios a “Biblioturismo o El riesgo de padecer algunos síndromes

  1. Hola Rafael. Yo soy una de esas que aprovecha los viajes para visitar bibliotecas siempre que puede. Y confieso que me gustan las bibliotecas modernas, o aquellas que se han instalado en edificios antiguos pero con un estilo «siglo XXI». La única decepción que he sentido es cuando, en dos bibliotecas universitarias (En Escocia y Alsacia), no me dejaron entrar a verlas, ni siquiera explicando mi interés profesional. Las bibliotecas que he visitado casi siempre me han aportado algo. Algunas incluso, mucho. Casi nunca me han decepcionado. Me gusta verlas con los usuarios, como si fuera a través de sus ojos; así que me gusta sentirme usuaria, no solo turista. Y por supuesto que siempre habrá problemas, cosas que no se han podido resolver bien, no sé, es difícil algo perfecto y que guste a todo el mundo.
    Llegó un momento en que perdí la cuenta de las que había visto, y pensé que eso no podía ser, y empecé a crear mi propio mapa-álbum: https://drive.google.com/open?id=1QRnlG0RVVy93gcUHtuKQrUJr4yM&usp=sharing ¡Me encanta mi mapa!
    Así que yo… ¡reivindico el turismo bibliotecario, en ciudades y pueblos, en públicas y universitarias, o privadas…!
    Por cierto, algunas de Burgos también han caído…

    1. ¡Magnífica iniciativa la del mapa! Y por supuesto que de todas las bibliotecas que visitas puedes aprender algo, por activa o por padica, para imitar o para no intentarlo siquiera. Lo que quiero es invitar a ponernos en la piel de los bibliotecarios de las bibliotecas que visitamos, no limitarnos a visitar esas bibliotecas como si de simples monumentos se tratasen.
      Por supuesto, ¡viva el biblioturismo!

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