La semana pasada, como cada año, se presentaba una nueva edición del Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España. El informe, realizado por Conecta para la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), bajo el patrocinio de CEDRO y la colaboración del Ministerio de Cultura, muestra cuál es la realidad lectora del país en el 2025. El titular de la noticia en la página del Ministerio de Cultura sintetiza qué datos podemos encontrar en el documento: «La lectura sigue creciendo como actividad de ocio en España, especialmente entre la población más joven».
Pero ¿qué muestran realmente los datos? Veamos algunas lecturas particulares de ciertos aspectos que pueden resultar más interesantes. Para empezar, como en todo buen estudio estadístico hay que indicar que la población base de estudio ha estado formada por un total de 4800 personas a partir de 14 años o más y que, en el caso de los menores de esta edad el número es mucho menor (menores de 6 años, 346; entre 6 y 9 años, 323; y entre 10 y 14 años, 204).
A partir de aquí, el principal resultado del Barómetro es que la gente que lee libros sigue creciendo: el 71,2 % de la población lee, si incluimos tanto la lectura de libros por ocio como las relacionadas con el trabajo y los cómics. Este porcentaje sube hasta el 95,1 % si incluimos otros medios como revistas, periódicos, blogs, etc. A pesar de estos datos tan boyantes a priori, que indican que la lectura crece en todos los tramos de edad —siendo llamativo el 76,9 % de jóvenes entre 14 y 24 años que lee por ocio—, también es preocupante la tendencia de los últimos años en relación con los menores de 14 años.
Desde el 2017, ha descendido más de un 5 % la lectura a los más pequeños (menores de 6 años) por parte de sus familiares, pasando de un 82,7 % en dicho año al 77,2 % de 2025, casi un punto menos que en 2024. Los datos son muy similares cuando se estudia el tramo de edad de los niños entre 6 y 9 años, donde el descenso es aún más llamativo al pasar de un 85,5 % en 2017 al 79,4 % en 2025, y siendo la variación en un año de más de 3 puntos (82,5 % en 2024). En cuanto al grupo comprendido entre los 10 y los 14 años, también hay un ligero descenso, aunque menos pronunciado que en los casos anteriores, al pasar de un 86,2 % en 2019 al 84,9 % en 2025.
Relacionado con esto último —aunque no exclusivamente con las edades mencionadas—están los motivos por los que las personas explican que no leen libros (33,8 % del total de encuestados): falta de tiempo (42 %), preferencia por otras actividades de ocio (32,6 %) y la falta de interés por la lectura (20 %).
Entre los datos que aporta el Barómetro, también es interesante ver cómo la lectura en formato digital crece hasta situarse en el 33,2 %, un 1,5 punto más que el año anterior. Entre los dispositivos utilizados para lectura digital sigue destacando el e-reader (16 %), seguido del móvil (11,8%) y el ordenador (11,1%). En cuanto a los audiolibros, su uso se sitúa en el 9 %, lo que indica que, poco a poco, su uso se consolida entre la población lectora.
Por último, entre los datos más destacados se encuentran los relativos al uso de las bibliotecas. En este caso, continúa la tendencia de los últimos años: la ciudadanía que visita estos centros sigue creciendo, con un 29,8 %, aunque sin alcanzar aún los niveles prepandemia (en 2019, un 32 % de personas visitó una biblioteca). En cuanto a la puntuación que reciben las bibliotecas, siguen siendo instituciones bien valoradas (8,1 sobre 10), pero la nota continúa estancada en relación con los últimos años.

A pesar de estos datos aparentemente buenos en su mayoría —con la salvedad de que una gran parte de la población (menores de 14 años) no tiene el mismo peso en el estudio—, siempre surge alguna voz crítica y disconforme, especialmente en relación con el porcentaje de población que se considera lectora. Entre ellas destaca Fernando Bonete, uno de los principales influencers literarios más reconocido en España por sus contenidos en redes sociales. Para este profesor universitario, las variables de estudio son erróneas. Para demostrarlo, pone algunos ejemplos; entre ellos, que en el estudio se considere que una persona es lectora cuando lee, al menos, una vez a la semana o lee mínimo una vez al trimestre. ¿Se puede considerar lectora a una persona que lee esporádicamente?
Pero las críticas no proceden únicamente de ámbitos como el anterior. Autores de amplia trayectoria, como Jordi Sierra i Fabra, también han mostrado sus reservas respecto a los datos. Durante la entrega de los Premios Leeureka al libro informativo, promovidos por la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación de la Universidad de Salamanca, el escritor fue contundente al responder a una pregunta sobre los índices de lectura juvenil recogidos en el propio Barómetro:
Lo realmente relevante no es cuántos jóvenes leen, sino hasta qué punto comprenden lo que leen.
Como podéis observar, el Barómetro permite infinidad de lecturas —la mía solo ha sido una de ellas con determinados datos—, tanto positivas como negativas, en función de los intereses que se tengan al respecto: echarnos flores o ser críticos y conscientes de la verdadera realidad lectora de nuestro país. Si somos optimistas, podemos decir que son buenos datos, que, salvo excepciones, el número de lectores ha aumentado en los últimos años. Sin embargo, algunos datos son muy preocupantes, especialmente aquellos que muestran la disminución de la lectura en la población más pequeña. Si los niños y las niñas, que son el futuro, cada vez leen menos o se les lee menos ¿no es hora de preocuparse y poner remedio a estos índices de lectura? ¿Por qué, cada año, es menor el número de personas que leen a los más pequeños? ¿Estamos favoreciendo la lectura en edad escolar promoviendo lecturas atractivas para los jóvenes o seguimos imponiendo lecturas que más que ser una puerta de entrada a la literatura, actúan como una barrera? Seguro que estas preguntas, y muchas otras, os suscita la lectura del Barómetro, como me ha ocurrido a mí. Sin duda, es tiempo de reflexionar sobre adónde queremos llegar y cómo; es hora de nuevas políticas culturales que fortalezcan la lectura, y por supuesto la lectura crítica, y en ese proceso las bibliotecas deben tener un papel fundamental. ¿Recogerán algún día el guante que los profesionales de las bibliotecas lanzamos continuamente a los responsables políticos?
