La biblioteca es una fiesta (de la lectura y de la música…)

Ernest Hemingway en sus memorias póstumas “París era una fiesta” (1964), retrata la bohemia parisina de los años 20 y a la «Generación Perdida» y relata su vida allí como una etapa donde, aunque pasaban estrecheces económicas, la ciudad ofrecía un festín inagotable de arte, literatura, camaradería y vitalidad.

Con el título de este post “La biblioteca es una fiesta (de la lectura y de la música…)”, pretendo trasladar la metáfora de Hemingway al espacio bibliotecario moderno. En lugar de limitarse al silencio y almacenamiento de libros, la biblioteca se concibe como un epicentro dinámico, un lugar de encuentro donde se celebra el aprendizaje, la cultura, la música, el cine y hacer comunidad. Ambos títulos comparten la idea de que los espacios deben ser celebrados y aprovechados como entornos vivos, enriquecedores y estimulantes para la mente humana. Al igual que el París de Hemingway, los libros, las películas y las músicas descubiertas en la biblioteca se quedan grabados en las personas, y como, lamentablemente, tampoco nos sobran recursos ni nos faltan estrecheces económicas, trataremos de seguir haciendo de nuestras bibliotecas un festín inagotable de arte, música, cine, literatura y vida.

Pero fuera de tanta generalidad y manida palabrería, a mi me gusta ir a lo concreto, a lo práctico y a lo que podemos hacer realidad desde las bibliotecas. Y como la realidad no tiene por que estar exenta de fiesta, y dado que se acerca el verano y quizá necesitemos alguna actividad extra y hay fiestas por doquier, ¿qué tal si hacemos que nuestras bibliotecas sean una fiesta de las verdad a través de la lectura y la música?.

“Reading parties” o el fenómeno global de las fiestas de lectura

Una reading party, como indica su nombre (y como muy bien describen en el artículo “Leer juntos: el auge de las «reading parties», el fenómeno global de las fiestas de lectura” por Por  Penguin Libros), es una fiesta que se organiza con el propósito de leer. En lugar de encontrar a la gente con copas en la mano y charlando con música de fondo, en estas fiestas sus participantes acuden con un libro en la mano y leen en silencio. Aunque, por supuesto, no es raro que, en ocasiones, los invitados a la fiesta también disfruten de una copa, [o un café] junto a su lectura y haya música de fondo, solo que en este caso sea más bien ambiental. A diferencia de un club de lectura o tertulia literaria al uso, enfocadas más al comentario que a la lectura como tal, el objetivo de estas reading parties es que los participantes puedan dedicar tiempo a leer.

Dinámica

La dinámica habitual, como indica el artículo citado, suele consistir en alternar 20 o 30 minutos de lectura silenciosa con 10 o 15 minutos de charla con quien tengas al lado. Este formato de lectura crea un equilibrio entre disfrutar de la lectura en silencio, obligándote a dejar de lado distracciones como el teléfono móvil, y la conexión social que surge de comentar lo que estáis leyendo o hablar sobre cualquier otro asunto que os resulte relevante en ese momento.

A diferencia de la dinámica de los clubes de lectura, donde normalmente se comentan en profundidad libros previamente leídos estas fiestas de lectura nos permiten conectar, de nuevo, con el placer de leer simplemente por leer y de perdernos entre las páginas de un libro sin mayor pretensión que el mero disfrute de una buena historia. Y, además, nos permite hacerlo en compañía. Porque leer no tiene por qué ser un acto solitario.

¿Qué esperar de una sesión?

Al final del evento suele haber una puesta en común grupal de ideas que cierra el encuentro y permite a los participantes compartir impresiones generales, recomendaciones literarias o simplemente reflexiones que hayan surgido durante el encuentro. Se trata de un espacio en el cual el hábito de lectura pasa de ser algo solitario a convertirse en algo grupal y social, facilitando la conexión con otras personas y experimentándose como una desintoxicación digital y un oasis de calma en mitad del frenesí de la vida urbana.

Y es que, lo que nació en Nueva York como una reunión entre amigos ya se ha convertido en un movimiento de masas. Como señala Mariángeles García en el artículo “Fiestas de lectura: ¿Quedamos para leer?”, a Ben Bradbury, Charlotte Jackson, John Lifrieri y Tom Worcester, los cuatro amigos lectores que siempre iban juntos a todos lados, les gustaba leer, pero nunca encontraban tiempo. También les gustaba quedar y divertirse juntos, pero esa vida social y todo ese montón de estímulos externos (pantallas, redes sociales…) parecía estar reñida con el hábito de leer. ¿Y si pudiéramos hacer las dos cosas a la vez, la fiesta y la lectura?, se plantearon. Así nacieron las reading parties o fiestas de lectura en Nueva York en 2023, la ciudad donde viven los creadores de este proyecto al bautizaron como Reading Rhythms .

Bradbury y Worcester, que eran compañeros de piso, organizaron la primera quedada lectora en la terraza de su edificio. Invitaron a 10 amigos bajo una premisa muy sencilla: que cada uno llevara su libro y compartieran unos minutos de lectura en silencio, con música de fondo relajante. La primera fiesta reunió a 10 personas y ahora sus eventos superan, en ocasiones, los dos mil participantes.

Considerando las cifras de los 10 participantes de las primeras reuniones, en la Biblioteca Pública de Salamanca, donde ya hemos celebrado dos, con poca participación inicial pero en aumento, pensamos que no hay 2 sin 3 y el objetivo está claro, seguir sumando adeptos. Porque además aunque algunas sesiones específicas en cafeterías o lugares privados pueden requerir reserva o el consumo de algún artículo, en nuestro caso la gratuidad está garantizada.

Listening Party o el fenómeno global de las fiesta de escucha

Las quedadas para escuchar un disco completo, también conocidas como listening parties,  “escuchas guiadas” o «escuchas compartidas», son eventos diseñados para disfrutar de la música en un ambiente de alta fidelidad, donde la atención se centra en escuchar el álbum de principio a fin, espacios dedicados a la escucha activa y analítica, congregando a personas con un interés y sensibilidad musical similar, alejados del ruido de los bares convencionales o el bullicio de los macroconciertos.

En una biblioteca es un evento comunitario o un club de escucha donde los asistentes se reúnen para escuchar y analizar música, audiolibros o grabaciones históricas. El formato y la dinámica, suele variar entre grupos de debate y sesiones de escucha silenciosa.

Lola Costa Gálvez en su artículo  ‘Listening parties’ o cómo escuchar música en comunidad y ganar dinero con ello”, considera que “en la era del consumo solitario de música en streaming, las listening parties emergen como espacios físicos para disfrutar de la música de forma colectiva. Un punto de encuentro entre fans y artistas que se ha convertido en una fuente de ingresos“. Cita en su artículo el caso de la artista Aitana que congregó a miles de fans para presentar su disco Cuarto azul o el de Taylor Swift, que hizo lo mismo para presentar su álbum The Life of a Showgirl. El objetivo era el mismo: escuchar su nuevo disco, antes del lanzamiento, previo pago de entrada (16,50 euros, en el caso de Aitana en directo o los 29 euros de Taylor Swift con material grabado). ‘Listening parties’, ayer y hoy

En sus inicios, recuerda Costa Gálvez, las listening parties eran una herramienta promocional para los artistas y, sobre todo, para las discográficas, gasto que debían asumir si querían reunir a los críticos musicales para que escribieran sobre el disco. El concepto empezó en los años 50, cuando los clubes de jazz organizaban sesiones colectivas de discos recién lanzados; por ejemplo, la organizada por la discográfica Blue Note Records que celebró una sesión colectiva para presentar Blue Train de John Coltrane. Sin embargo, la denominación listening party empezó a utilizarse explícitamente en la industria musical británica y estadounidense hacia finales de los años sesenta, coincidiendo con el auge del álbum como forma artística. Discos como Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) de The Beatles o Dark Side of the Moon (1973) de Pink Floyd constituyen un ejemplo de ello. En los 90, encontramos otro ejemplo en la presentación del disco Nevermind de Nirvana en un club de baile de Seattle. Ya en los 2000, las pitchblack playback suponen una derivación curiosa de las listening party: se trataba de escuchar música a oscuras.

Dinámica y formatos más comunes

  • Sesión musical guiada: La persona responsable de este evento en la biblioteca o la invitada especial presenta un género, artista, época o álbum específico. Se proporciona contexto histórico y biográfico, y los asistentes escuchan activamente antes de compartir sus opiniones.
  • Listening Party silenciosa: Inspirada en los clubes de lectura silenciosos, cada asistente trae sus propios auriculares y un audiolibro (o elige de la colección de la biblioteca) y se sienta a escuchar en un ambiente tranquilo y relajado.
  • Muestras de creadores locales: Un espacio donde los jóvenes o artistas locales presentan sus propias creaciones, como mixtapes o grabaciones caseras, a un público más amplio para validar su talento y fomentar la colaboración.
  • Archivos sonoros históricos: Se reproducen colecciones de la propia biblioteca u archivos regionales para explorar tradiciones locales, cultura o historia oral.

¿Qué esperar de una sesión?

  • Experiencia compartida: Aunque a veces es silenciosa, fomenta un sentido de comunidad entre los amantes de los libros y la música.
  • Materiales curatoriales: La biblioteca suele preparar folletos, listas de reproducción, biografías y referencias críticas.
  • Ambiente relajado: Que puede incluir algún aperitivo, café y otras bebidas y rincones artísticos para hacer la experiencia más cómoda.

Ejemplos

Algunos ejemplos para descubrir la programación de este tipo de eventos, se pueden encontrar en la Bethlehem Public Library (Nueva York), en la que cada mes, el bibliotecario Michael Farley presenta a un artista solista, una banda, una época o un estilo. Los temas de debate se introducen con información de contexto, incluyendo datos biográficos y la posición de los artistas en la historia de la música.

O la sesión de escucha en la Biblioteca Lincoln sobre el folclore de Vermont, basándose en el archivo y la investigación de Vermont Folklife para seleccionar clips de audio y organizar sesiones de escucha sobre lugares o temas específicos, arte tradicional o un enfoque regional, colaborando con instituciones locales para incluir materiales de sus propias colecciones que reflejen la vida a nivel local. O el caso de las Noches de Aotearoa en la Biblioteca Nacional de Nueva Zelanda, celebrando el Mes de la Música de Nueva Zelanda (Te Marama Puoro o Aotearoa) con música de la colección de la biblioteca, con el programa ‘Boodle, Boodle, Boodle’ de The Clean.

¿Qué os parecería destacar la idea tan básica como analógica de quedar para escuchar un disco, canción a canción, como se hacía antes de la llegada del streaming? Podría ser un disco de un grupo local, regional, un clásico, un recuerdo, las listas que la biblioteca tenga en Spotify, como por ejemplo la de la Biblioteca Pública de Salamanca (conchasmusic), la música de los grupos o bandas que anualmente actúan en las conciertos puntuales en las biblioteca o ciclos musicales (los de la Biblioteca Pública de Salamanca, p.e.:Más música y Más , Es.Tradición y Con_Ciertos Encuentros), o cualquier otro hilo del que tirar, como proponen los ejemplos que acabamos de citar de las iniciales fiestas de la música, que seguro que forman parte de nuestras, ahora infrautilizadas, colecciones musicales.

No en vano, como constata Costa Gálvez, las listening parties siguen siendo una herramienta de marketing, pero se han convertido en una nueva fuente de ingresos para los artistas.

Y hablando de ingresos, con la SGAE hemos topado… Pero como en las bibliotecas llevamos a gala lo del uso ético y legal de nuestros recursos, cumplimos con nuestro deber y con el refrán y a la SGAE, le damos lo que es de la SGAE. Pero, esto ya es motivo de otro post, más sesudo y menos festivalero, que dejaremos para el otoño…

Felicidad Campal

Codirectora en BiblogTecarios Bibliotecaria que apuesta por el poder formativo, social, integrador e igualador de las bibliotecas. Eterna aprendiz y en fase beta en constante renovación. Coordiné desde su creación en el 2001 el Grupo de Trabajo de Alfabetización Informacional, hasta su reconversión en el 2017 en el Grupo de Trabajo “Banco de recursos ALFIN/AMI” del CCBiblio.

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