¡Ey! ¿Qué tal va?, ¿hemos superado las fiestas navideñas o no? Aquí una que no. Y este “aquí una que no” léelo con toda la desgana que te pueda transmitir. Porque ahora toca enfrentarse a ese momento solemne de recoger todos los adornos, sobras de polvorones, turrón y roscón; y por supuesto, los regalos. Yo no he empezado, no me apetece, ¿le apetece a alguien? A nadie, y si eres de esas personas admirables a las que le apetece, escríbenos en comentarios tu secreto para lograr que tu hogar vuelva a ser el que era antes del 1 de diciembre de manera rápida y eficaz, como un tirón seco: rápido e indoloro. Si comenzaste antes del día 1 con todo el espíritu navideño, te sugiero hacértelo mirar…
Cuando este año me he planteado empezar a recoger todo el aparataje navideño, reparé en un ecosistema propio de acumulación repartido en armarios, bolsos, mochilas, estanterías, mesas o escritorios: el merchandising bibliotecario. Todo tipo de objetos, algunos más útiles que otros, que se erigen como recuerdos de algún curso o congreso, como compras que hicimos en su momento en equis tienda de biblioteca, o regalos de personas que no quieren que te olvides de dónde trabajas.
Y ¡ojo!, porque es un ecosistema de objetos casi tan resistente y ubicuo como los libros. Algunos de los que yo tengo desperdigados por casa serían: botellas de agua reutilizables, linternas, llaveros, imanes de nevera, tazas térmicas, chapas, juegos de mesa, plumieres, marcapáginas, agendas y calendarios, quinientos pendrives, mil bolsas de tela, dos mil libretas y tres mil bolígrafos.
Y yo os pregunto: ¿amor?, ¿odio?, ¿amorodio por estos objetos?, ¿os desesperan?, ¿llega un momento en que os desilusionan estos regalitos o sois buenas personas? Yo es que a veces no sé si rendirles homenaje o mandar un SOS. Y mira que yo, agradecida soy ¡eh!, que mi abuela me enseñó muy bien, pero claro, sobre todo cuando viajas, te viene la maldad de pensar: “Vamos a ver, gente maravillosa de la organización, ¿dónde me va a caber a mí todo este ajuar bibliotecario? Porque en mi minimaleta de no pagar ni un euro extra fuera del lowcost ¡NO!” ¿Cierto o no? Reconócelo aquí, ninguno de ellos te escucha, solamente me estás leyendo tú. Y si eres una de esas personas maravillosas que organiza eventos bibliotecarios, sabemos que hay buena intención así que tienes en ella tu perdón, las personas receptoras siempre agradecidas (guiño-guiño, codazo-codazo).

Mariah Carey lleva diciendo toooooodas las Navidades que “I don´t care about the presents”… pero Mariah, qué mentirijilla, sí que nos importa. Los “kit de bienvenida” generan expectativas que nos ilusionan, así que, como manera de procrastinar un poco más el asunto de recoger del que os hablé al principio, he pensado que podía hacer una especie de ranking de merchandising bibliotecario. Es más que probable que no coincidamos en la clasificación que propongo, pero esta podría ser la mía particular, a ver qué os parece:
- Categoría “Oro molido”: lo que nos entusiasma, lo que nos hace felices.
- Tazas: da igual cuántas tengamos, siempre viene el gato a tirarte alguna y hace falta reponer. Bueno, y quien dice el gato, dice cualquier señora torpe como yo.
- Pendrives: sí, aquí los reivindico, incluso en el 2026. A los que somos vintage, de alguna manera nos gustan: nos dan seguridad, no necesitan contraseña, ni te amenazan previamente con mensajes de capacidad de almacenaje: ellos, si no cabe, no guardan ¡y listo! No necesitan wifi, no necesitan Internet y no se les acaba la batería. Siempre dispuestos.
- Chuches: de consumo rápido, glucosa para seguir manteniendo la atención, y ya solamente ocuparán espacio en tus cartucheras pero no en tus armarios.
- Linternas: un sí rotundo, y más después del apagón. A las personas que se les haya ocurrido esta idea, ¡promoción interna, pero ya! Pero a pilas eh, que para baterías recargables ya tenemos la linterna del teléfono.
- Botellas de agua rellenables: y lo que fardamos con ellas: porque somos gente sostenible, gente bien que tienen gestos con el medio ambiente. Pero que no se pongan mucho de moda, que luego no me llega el mueble bar.
- Cepillos y pasta de dientes de viaje: ¡top!
- Objetos auténticos representativos del encuentro o jornada: véase por ejemplo un bibliobús representativo del congreso de bibliotecas móviles.
- Soportes para dispositivos móviles: nos vienen genial para que no nos dé tortícolis a golpe de videollamadas.
- Pulseras de tela: sí, sí. Que tu muñeca haga confundir a la gente, que parezca que fuiste a mil conciertos, pero que tu muñeca también cuente lo que te gusta asistir a jornadas de formación.
- Las tarjetas identificativas: esas que dicen quienes somos, con las que nos hacemos la foto para el Instagram y que casi nunca llegan al final de las jornadas porque se nos rompe el agujero por donde pasa el colgador. ¿Nos encanta tenerlas de recuerdo? A mí, desde luego, sí.
- Categoría “Ay, ¡mira! Pues no está de más”: susceptibles de formar parte de una versión coleccionista. Lo usamos, es útil, nos gusta, pero puede que ya sin un entusiasmo fogoso (¿será por repetición o porque quizás, forman parte de lo esperado?).
- Bolígrafos.
- Libretas.
- Marcapáginas.
- Bolsas de tela.
¿Qué opinas?
- Categoría “Ni fu ni fa”: diversión o sufrimiento, una ya no sabe.
- Chapas y pins: me gustan, pero ese agujerear de las telas yo lo llevo regulinchi, y algunos de ellos oxidan. La verdad es que no sé qué pensar.
- Gorras y paraguas: los meto en el mismo saco como métodos de previsión meteorológica los dos, y aunque también tienen utilidad, pues a mí personalmente no me entusiasman mucho…
- Libros conmemorativos tamaño 50×50 de esos que le sobran a todo el mundo en todas partes y nos los endiñan para quitárselos de encima.
Al menos en esto último, dime que coincides conmigo…
Me vienen a la mente sugerencias para regalitos, que a mí por lo menos no me han llegado, y que creo que podrían formar parte de la categoría “Oro molido”:
- Crema de manos: a la gente de las bibliotecas la celulosa siempre nos anda haciendo de las suyas, y luego, en vez de acariciar, arañamos.
- Semillas: de plantas, de flores, de árboles… del tipo que sea, pero seguro que encontramos alguna maceta o terreno donde sembrar.
- Cupones descuento: del tipo que sea también, pero si es de comercios locales, mejor que mejor.
- Participaciones de lotería: nos vale cualquiera, no hacemos remilgos: los Euromillones, la Bonoloto, la Primitiva, la Lotería Nacional, la de Navidad o la rifa para un fin de semana en Benidorm.
- Velas de olor: a libro nuevo, a libro usado, a “me voy de vacaciones”.
- Vasos de chupitos: si se regalan tazas, ¿por qué no vasos de chupitos? (¡¡Advertencia!! no estoy animando a nadie a alcoholizarse).
- Posavasos personalizado para el evento: y puede ir en pack con el vaso de chupito.
- Stickers bibliotecarios: planchas con pegatinas para nuestros ordenadores, tablets, libretas, etc.
- Cinta métrica: nunca se sabe en qué momento puede hacer falta contabilizar los metros lineales con los que contamos, o el diámetro de nuestro cerebro.
- Postales: sí, todavía hay personas que escribimos postales y somos fan de la correspondencia.
- Figurita de LEGO de bibliotecaria: yo por pedir, pido.
Os animo a que compartáis en comentarios los objetos más curiosos que tengáis, que hayáis comprado, que os hayan regalado en un evento o formación o que os gustaría recibir para la próxima. Al final, todo este merchandising tan entrañable también forma parte de nuestra fauna profesional y no queramos dejar a nadie atrás, ni siquiera a las chapas.
Pd: sí, la botella de vino Rioja que se ve en la foto también fue regalo de un congreso, no es un error. 😉
