Ahora soy militante cultural

El asociacionismo GLAM desde dentro

Hasta hace pocos meses yo era socia párvula de BAMAD Galicia (Asociación de Profesionais dos Arquivos, Bibliotecas, Museos e Centros de Documentación de Galicia) y recibía felizmente mis notificaciones sobre convocatorias, asambleas, descuentos en cursos de formación, invitaciones a jornadas, etc. Eso sí, sabida de pertenecer a una entidad que ofrece un apoyo profesional si algún día llegaran a querer quemar la biblioteca donde trabajo, por poner un ejemplo. Y no nos escandalicéis, que ya casi cualquier cosa es posible hoy en día…

Era consciente de la necesidad de formar parte de este tipo de entidad, pero desde la comodidad y ventaja de hacerlo “desde fuera”, como receptora de beneficios principalmente. De igual modo, también era absolutamente inconsciente de todo el trabajo que hay detrás del complejo tejido asociativo.

Como es de suponer, no nací ayer, una sabe que las memorias anuales no se redactan solas, o que organizar un evento profesional no se resuelve con hacer tres llamaditas para fijar unas fechas, reservar un espacio, publicar el calling for papers (convocatoria de ponencias, para quien se muestre reticente con los anglicismos), pedir presupuestos y buscar el mejor catering y kit de bienvenida posible (estos anglicismos, permitídmelos, que están ya aceptados por el diccionario de la RAE).

Una sabía, pero no sabía qué montante, diría mi abuela. Ahora sé, y valoro muchísimo más todo el entramado de quehaceres que lleva consigo el universo asociativo. Esto es así porque ahora formo parte de BAMAD Galicia, no solamente como socia numeraria, también como vocal de su junta directiva. Y vengo aquí a reivindicarnos y a recordar que nuestro colectivo no habría llegado a ser el que es sin el soporte de las asociaciones profesionales, un soporte que no sólo cubre lo laboral, sino también lo humano: se establecen nuevas alianzas y amistades, se favorece un estímulo personal, nos reconocemos, admiramos y tratamos de replicar dinámicas de otros profesionales, y podríamos decir que se fortalece la confianza de una red colectiva que nos recoja cuando no haya quien lo haga.

He encontrado algo casi mágico en el asociacionismo del sector GLAM (Galerías, Bibliotecas, Archivos y Museos). Y no, no tiene que ver con crecer un 200% anualmente en personas socias numerarias, ni tampoco con conseguir una inyección económica suficiente como para poder cotizar en bolsa. Tiene que ver con personas. Personas que, en la mayoría de los casos, después de su jornada laboral (o durante, con cierto espíritu de multitarea heroica), siguen trabajando, pero esta vez por algo que no figura en su nómina: el bien común.

Porque sí, el asociacionismo GLAM funciona gracias a una red invisible de profesionales que hacen mucho más de lo que “les toca”. Y lo hacen sin focos, sin titulares y, en bastantes ocasiones, sin que nadie se lo pida expresamente.

Sobre el papel, todo encaja perfectamente. Las asociaciones sirven para compartir conocimiento, defender intereses comunes, generar redes de apoyo y, en definitiva, fortalecer un sector que, como bien sabemos, casi nunca juega en primera división presupuestaria. También son espacios donde se impulsa la formación continua, se diseñan proyectos innovadores y se defiende algo tan básico —y tan poco garantizado a veces— como el acceso equitativo a la información y la cultura.

Dicho así, suena casi institucional, pero la realidad diaria de una asociación es bastante más humana. Y como tal, también puede llegar a ser caótica.

El asociacionismo GLAM se construye con reuniones que empiezan a su hora… o no, con cadenas de correos donde te puedes construir tu propio laberinto, con documentos compartidos que se llaman “definitivo_final_ahora_sí_v6”, con grupos de mensajería donde alguien pregunta algo y, milagrosamente, suele haber otra persona que sabe responder. Pero, sobre todo, se construye con una idea muy clara de fondo: si no lo hacemos quienes lo hacemos, entonces, ¿quién?

Esa sensación —mezcla de responsabilidad, compromiso y cierto punto de rebeldía profesional— creo que es la que empuja a muchas personas a implicarse, a organizar jornadas, redactar informes, negociar convenios, crear publicaciones, diseñar herramientas o levantar proyectos que luego benefician a todo el sector. Y todo esto, insisto, sin una contraprestación directa. O, al menos, no una que se pueda medir en euros.

Muchas de las mejoras que vemos en nuestro ámbito —avances en formación, mayor visibilidad profesional, defensa de derechos laborales, dinámicas colaborativas— tienen detrás el trabajo de asociaciones. Un trabajo que rara vez se percibe en toda su dimensión. Porque cuando algo funciona, parece que simplemente… funciona. Pero no. Hay horas, debates, desacuerdos, consensos y mucho esfuerzo colectivo detrás.

A pesar de todo esto, todavía hay profesionales que no forman parte de ninguna asociación. Y es comprensible: sobresaturación, falta de tiempo, desconocimiento, sensación de que “no sirve para tanto” o simplemente, la vida, que ya viene bastante completa de serie. También puede que, dicho todo esto, haya quien se vea abrumado por todo el trabajo e implicación que conlleva formar parte de la junta directiva de una asociación, y si tenía intenciones de involucrarse en el asociacionismo de forma activa, se esfumen sus ganas. Yo misma me vi sobrepasada, y eso que simplemente ejerzo como vocal, pero también es necesario hacerlo visible y decir a toda voz GRACIAS. Gracias, a todas las personas que conformáis la parte más viva y diligente del asociacionismo GLAM.

Por esto mismo, si no pertenecéis ninguna asociación profesional, yo os animo a que forméis parte de este nuestro armazón, bien como personas socias numerarias, o más activamente como integrantes de las juntas directivas. Son de esas pertenencias en las que ambas partes salen ganando.

Y es que el asociacionismo no es sólo una herramienta profesional. Es también una forma de construir comunidad, de sentirse parte de algo más amplio, de no enfrentarse en solitario a los retos —que no son pocos— del sector. Porque si algo ha demostrado el ámbito GLAM es que los desafíos (precariedad, desinformación, cambios tecnológicos…) no se resuelven mejor en solitario.

Al final, más allá de estructuras, siglas y proyectos, el verdadero valor del asociacionismo GLAM está en las personas que lo hacen posible. Personas que creen en lo que hacen. Que dedican tiempo, energía y conocimiento a mejorar su profesión y, de paso, la sociedad en la que viven. Personas que entienden que defender la cultura, la información y el acceso al conocimiento no es solo parte de su trabajo: es también una responsabilidad colectiva.

Y quizá ahí esté la clave de todo.

Porque en un mundo que tiende a lo individual, el asociacionismo sigue apostando por lo común. Y eso, además de necesario, tiene bastante mérito. Tomando unos versos del poema de Luis García Montero, Figura sin paisaje, podríamos decir que somos algo así como:

Un realista que vive el mundo de los sueños,

un soñador que quiere vivir la realidad.

El asociacionismo GLAM no es perfecto. Es complejo, a veces desordenado y siempre exigente. Pero también es una de las herramientas más potentes que tiene el sector para avanzar, adaptarse y hacerse oír.

Y, sobre todo, es un recordatorio constante de que, cuando las personas se organizan alrededor de un propósito compartido, suceden cosas.

A veces pequeñas. A veces invisibles.

Pero, en conjunto, transformadoras.

Así que sí, ahora yo también soy militante cultural.

Fátima Canosa

Colaboradora en BiblogTecarios. Diplomada en Biblioteconomía y Licenciada en Documentación por la Universidade da Coruña (UDC). Desde el año 2016 coordino el servicio de bibliotecas municipales de Narón. He trabajado en bibliotecas públicas y de centros educativos desde hace casi 20 años. También en bibliotecas especializadas de museos y como digitalizadora.

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