«Duermo en la calle»: una reseña que remueve… y que interpela a las bibliotecas

El libro del que vengo a hablaros hoy es la segunda entrega de una colección de una editorial que me gusta especialmente por todo lo que hace y por cómo lo hace, Akiara Books. La colección se llama AKIVIDA, historias para cambiar de mirada, y creo que el nombre no puede ser más acertado, pues precisamente eso es lo que consigue, hacernos mirar la realidad desde otro lugar, con otros ojos.

La primera entrega fue Obligados a partir (2024), un libro que recogía seis entrevistas a jóvenes migrantes y que venía a romper muchos de los falsos mitos que tenemos en torno a la migración: por qué la gente se ve obligada a marcharse, qué hay realmente detrás de esas historias, qué situaciones tan complicadas viven. Un libro que ha recibido importantes reconocimientos.

En esta segunda entrega la editorial cuenta nuevamente con la autoría de Laia de Ahumada y las ilustraciones de Cinta Fosch. Si el primer libro removía conciencias, este segundo golpea directamente en el alma, al menos así lo he sentido yo.

Ya desde pequeño ver a personas en situación de calle me generaba muchas preguntas y sentimientos encontrados, más aún cuando se trataba de personas mayores. Ese es uno de los motivos por los que esta lectura ha sido muy reveladora para mí.

Duermo en la calle. Seis testimonios de personas sin hogar / Laia de Ahumada ; Cinta Fosch (il.). Akiara Books, 2026.

Una realidad que vemos… pero no conocemos

Duermo en la calle es un libro duro. Ya el propio título lo es en sí mismo.

Un libro que muestra una cruda realidad, sin filtros, a través de la propia voz y vivencias de las personas protagonistas. Una realidad que vemos todos los días en nuestras calles, especialmente en las grandes ciudades, pero que, en el fondo, desconocemos profundamente.

Al igual que en Obligados a partir, el libro recoge seis testimonios —cuatro hombres y dos mujeres— de personas que, en este caso, están viviendo en la calle o han estado en ella recientemente.

Personas que en su día tenían una familia, un hogar, unas amistades, una vida aparentemente normal… y que, por diferentes motivos, rompieron ese círculo que nos sostiene a todos y a todas y acabaron en la calle.

Cuando ese círculo se rompe, cuando se desmorona, el golpe puede ser brutal e inesperado. En este sentido, los testimonios que contienen este libro dejan claro que nadie está completamente a salvo de verse en esa situación; cualquiera de nosotros, en un momento dado, podría verse ahí.

Voces que cuentan desde dentro

Como os decía, el formato usado por la autora es la entrevista.

Con un enfoque muy humano, Laia persigue darles voz a estas personas sin caer en el morbo ni el dramatismo fácil. Son conversaciones muy cercanas y  respetuosas, donde se aprecia claramente como sabe qué tecla tocar en cada momento.

A través de preguntas sensibles y bien dirigidas, logra que afloren respuestas que, aunque a veces sean breves, vienen cargadas de dolor, soledad, violencia y pérdida de autoestima y dignidad.

Impacta mucho la forma en que las personas protagonistas describen la vida en la calle. No solo por la dureza del día a día, sino por el peso de la noche, donde el miedo, la inseguridad y la vulnerabilidad se intensifican.

Este libro habla de personas invisibles,
de personas a las que vemos todos los días… pero no miramos.
Están ahí, pero no están. Son invisibles a plena vista.
Forman parte del paisaje urbano, como si fueran un elemento más.

También aparece con fuerza la idea del abandono social, de cómo la sociedad, en general, les da la espalda, contribuyendo aún más a esa invisibilidad.

Aun así, entre tanto dolor, sigue habiendo espacio para la esperanza, para la ilusión… y, sobre todo, para la humanidad y generosidad. Algunas de las personas entrevistadas ayudan a otras que están en su misma situación.

Duermo en la calle 3  / Akiara Books

Extracto de la entrevista de Montse Teixes / No le deseo a nadie lo que yo he pasado. Duermo en la calle. Akiara Books, 2026

Cuando vivir en la calle lo cambia todo

Una de las cosas que se repite en todos los testimonios es cómo cambian las prioridades cuando estás en situación de calle.

La vida se vive al día y lo que para nosotros es básico, para ellos y ellas se convierte en una lucha diaria:

¿Dónde voy a dormir esta noche? ¿Será un sitio seguro? ¿Me van a robar? ¿Me van a agredir? ¿Dónde puedo asearme? ¿Dónde puedo hacer algo tan básico como ir al baño? ¿Dónde guardo lo poco que tengo? ¿Dónde puedo comer hoy?

Especialmente duro es todo lo que tiene que ver con la noche.

Hablan de robos, de agresiones, de actos vandálicos… y no siempre por parte de personas que están en su misma situación, sino muchas veces por gente que simplemente no quiere verlos en sus calles, en sus barrios, en sus plazas.

Lamentablemente estamos viviendo un auge de ideologías extremas que deshumanizan, y en ese contexto, desgraciadamente, las personas sin hogar se convierten en un blanco fácil.

Historias que desmontan prejuicios

Las historias de Montse, Juan, Ignacio, Anabel, Andrés y Pedro vienen a desmontar muchos de los prejuicios que tenemos.

Esa idea de que “si están en la calle es porque algo habrán hecho”, que “no quieren salir de ahí” o que “se les dan oportunidades pero no las aprovechan”… todo eso se cae cuando lees sus historias. Estar en situación de calle no implica que estas personas tengan que perder su dignidad.

Porque lo que aparece es abandono, problemas familiares, malas decisiones, soledad, enfermedad, violencia en contextos familiares, discapacidad, problemas de salud mental, adicciones

Hasta que no se conocen los casos particulares, las vivencias de cada cual, no sabemos qué fue antes… si el huevo o la gallina.

No hay respuestas simples.

Lo que sí está claro es que juzgar desde fuera, desde la comodidad, es muy sencillo. Y que muchos de estos problemas se agravan aún más en situación de calle.

Duermo en la calle 1 / Akiara Books

Ilustración que acompaña a la entrevista de Pedro Cuesta / Lo peor de estar en la calle es la soledad. Duermo en la calle. Akiara Books, 2026. 

Hablar de esto en casa

En mi caso, además de por esas inquietudes que ya tenía desde pequeño, este libro ha tenido un impacto muy concreto en casa.

Mi hija, de 9 años, es una niña bastante miedosa y, con las personas en situación de calle, lo pasa realmente mal. Desde su inocencia, y el ideario que nos han inculcado por diferentes medios, tiende a pensar que si alguien está en la calle es porque ha hecho algo malo o que puede hacerle daño.

Muchas veces, cuando nos cruzamos con alguien en esta situación, ella se agarra fuerte a mi mano. Cuando pasa la situación, intento explicarle que esa persona no tiene por qué darle miedo, que seguramente detrás haya una historia muy dura, y que lo que necesita no es rechazo, sino empatía.

Hay libros que no solo se leen,
hay libros que te ayudan a acompañar, a explicar y
a educar la mirada de quienes vienen detrás.

Recuerdo una situación muy concreta que vivimos estas Navidades en Berlín. Nos pilló un temporal de nieve importante y, en el tren hacia el aeropuerto, se subió un hombre claramente en situación de calle, desabrigado y prácticamente con los pies descalzos. Se sentó a mi lado y comenzó a hablarme en alemán. Noah se tensó, como siempre. Sin embargo, lo que observó en mí fue una mirada y sonrisa cómplice hacia ese hombre con la que intentaba decirle que no lo entendía.

Ahí te das cuenta de lo importante que es tener a mano herramientas que te permitan hablar de este tipo de cosas.

Así que, cuando llegó este libro a casa, vi la oportunidad perfecta para trabajar el tema. Le hablé de Montse, de su historia, de lo que había vivido… y automáticamente despertó en ella la curiosidad por conocer estos testimonios.

Ahora mismo está leyendo Obligados a partir y Duermo en la calle lo tiene previsto como su próxima lectura.

Historias que duelen

Cada testimonio tiene algo que te golpea y se te queda dentro.

Montse, que dice que no le desea a nadie lo que ha vivido, y que aun teniendo ahora un techo sigue sufriendo el rechazo y la exclusión dentro de esa vivienda.

Juan, que lleva en la calle desde los 14 años.

Ignacio, que habla de aprender lo que la calle te da, porque no te queda otra.

Anabel, que reconoce haber hecho todo para sobrevivir.

Pedro, que señala la soledad como lo peor de todo.

Y esa soledad tiene que ser devastadora. Estar rodeado de gente y sentirte completamente fuera. Ver la vida pasar delante de ti como si fuera una película a la que ya no perteneces.

Ponte en su lugar por un momento.

El valor de los pequeños detalles: las ilustraciones que también cuentan

Las ilustraciones de Cinta Fosch merecen una mención especial.

Son ilustraciones con una estética muy concreta, cargada de simbolismo, y una paleta de colores reducida donde predominan el negro y los tonos azules. El estilo recuerda al diseño gráfico más clásico.

Es muy fácil dejarse arrastrar por los testimonios —porque te atrapan—, pero merece la pena parar, levantar la mirada y observar con calma los detalles dibujados por Cinta.

Porque las ilustraciones no están ahí solo para acompañar, están contando cosas; añaden una capa más de significado que no debes perderte.

Duermo en la calle 2  / Akiara Books

Extracto de la entrevista a Andrés / La biblioteca es mi lugar. Duermo en la calle. Akiara Books, 2026.

Andrés y la biblioteca como refugio

De todas las historias, por deformación profesional y por el contexto de este blog del que soy redactor, me he querido detener especialmente en la de Andrés.

Un chico colombiano, migrante, en situación irregular que vive en la calle, aunque intenta evitarla por las noches durmiendo en el aeropuerto porque siente que es más seguro.

Para Andrés, la biblioteca es su lugar.

Es donde va todos los días después de ducharse y de pasar por el comedor social. Allí carga su móvil, busca empleo, lee, se entretiene escuchando música o viendo películas, se organiza… y utiliza los recursos que tiene a su alcance.

Es su refugio, un salvavidas. Un espacio seguro, tranquilo, donde puede, de alguna manera, recomponerse.

En el momento de la entrevista está leyendo Kafka en la orilla, de Haruki Murakami.

Después de leer esto, es inevitable hacerse una pregunta.

¿Qué pueden hacer las bibliotecas para ayudar/acompañar a personas sin hogar?

Dentro del ámbito bibliotecario, este tema no es nuevo. De hecho en BiblogTecarios, por ejemplo, ya hablaron sobre ello en varias entradas. En 2021 tuvimos una firma invitada desde Francia, Alizé Dinh, que bajo el título “Pensar bibliotecas inclusivas: el caso de las personas sin hogar” nos hablaba de la necesidad de pensar las bibliotecas como espacios realmente inclusivos, poniendo el foco en las barreras —muchas veces invisibles— que encuentran las personas sin hogar para acceder a ellas.

Antes aún, en 2016, nuestro compañero Luis Miguel Cencerrado en su post “La biblioteca, un techo para las personas que viven en la calle” nos presentaba a las bibliotecas no solo como espacios de acceso a la información, sino como lugares de acogida, donde estas personas pueden encontrar algo tan básico como un entorno seguro, tranquilo y digno.

Las bibliotecas deben ser espacios para todo el mundo.
Para todo el mundo de verdad.

Esta realidad está más presente que nunca. En un reportaje reciente publicado por El País (25 de noviembre de 2025), titulado “Las bibliotecas se convierten en el último refugio de las personas sin hogar de Washington”, se muestra de forma muy clara cómo, en determinados contextos, las bibliotecas están siendo lugares donde no solo pueden estar, sino donde pueden acceder a recursos básicos, orientación e incluso apoyo emocional.

En las bibliotecas públicas de la ciudad, las personas sin hogar pueden usar ordenadores para buscar trabajo, comunicarse, formarse o simplemente entretenerse. Pero además, existen programas específicos que ofrecen apoyo a la salud psicoemocional, orientación para acceder a vivienda, ayuda con documentación o incluso donaciones de ropa.

Duermo en la calle 5 / Akiara books

Extracto de la entrevista de Juan Blaya / Estoy en la calle desde los catorce años. Duermo en la calle. Akiara books, 2026.

Para seguir reflexionando sobre todo esto, he querido traer a colación un documento desarrollado por la IFLA en el que merece la pena pararse unos minutos. Me estoy refiriendo a las «IFLA Guidelines for Library Services to People Experiencing Homelessnes» (2017)   

Como hemos visto en los testimonios, las personas sin hogar se ven obligadas a vivir su vida privada en público. Y en ese contexto, las bibliotecas pueden ofrecer algo tan importante como un espacio seguro, acogedor y con cierta privacidad.

Más allá de que esta guía sea un documento técnico, lo interesante es que viene a decir algo que parece muy sencillo, pero que no siempre llevamos a la práctica y es que las bibliotecas deben ser espacios para todo el mundo. Para todo el mundo de verdad.

Además, como también lo hace el libro reseñado en sus páginas finales, el documento de la IFLA amplía la mirada y deja claro que hablar de personas sin hogar no es hablar solo de quien duerme en la calle. Sino también de personas en albergues, en situaciones temporales, en viviendas inestables… una realidad mucho más compleja de lo que solemos imaginar.

Teniendo este contexto presente, las directrices presentan una serie de barreras que pasan desapercibidas en el día a día de una biblioteca como pedir una dirección fija para hacerse el carné, sanciones económicas, normas demasiado rígidas, horarios poco accesibles… o incluso la propia mirada con la que atendemos. Todo eso excluye a estas personas.

En concreto, se invita a revisar las normas, entender a quién y cómo afectan y flexibilizarlas en la medida de lo posible.

Muchas veces el problema no es entrar. Es poder quedarse y usar la biblioteca en igualdad de condiciones.

Por eso la IFLA insiste en la dignidad y habla de respeto, de no discriminación, de romper estereotipos y de crear espacios donde estas personas se sientan bienvenidas. La biblioteca puede servir de apoyo para muchas cosas, como ya comenta Andrés en su testimonio… pero también, puede ser simplemente, un lugar donde estar sin ser expulsado.

Por otro lado, el documento hace mención a que esto no se puede hacer en solitario. La biblioteca tiene que trabajar en red, con servicios sociales, con ONG, con otros profesionales…

Así que no basta con la buena voluntad. Los y las profesionales de las bibliotecas deben ser formados y formadas para saber cómo actuar, cómo comunicarse, cómo acompañar.

No estamos hablando de hacer un favor a nadie, estamos hablando del derecho a la información, a la cultura,… a estar. Y las bibliotecas, como instituciones públicas, tienen entre sus responsabilidades garantizar eso.

Duermo en la calle 4  / Akiara Books

Extracto de la entrevista de Anabel Fernández / He hecho todo para sobrevivir. Duermo en la calle. Akiara books, 2026.

Buscando ejemplos de buenas prácticas me he topado con uno muy claro, el de la Biblioteca Pública de San Francisco, que fue pionera en atender a las personas sin hogar, con conciencia y empatía, incorporando a su equipo a un trabajador social a tiempo completo para atenderlas. Por lo que he podido leer, con el tiempo, este modelo no solo sigue activo, sino que se ha ampliado incorporando también a personal especializado en salud y apoyo social, algunos de ellos con experiencia directa en haber vivido esa misma situación.

En España, sinceramente, no he localizado experiencias tan claras o tan estructuradas en este sentido. Quizá las haya —ojalá que sí—, pero al menos yo no he dado con ellas. Así que si alguien que me esté leyendo conoce algún caso, estaría genial que lo compartiera en los comentarios de esta entrada. 

Además de estas directrices, la IFLA ha ido publicando otros documentos complementarios. Por ejemplo, la checklist práctica “Libraries and Community Homelessness” (2020) o más recientemente, las “Guidelines for Libraries Supporting Displaced Persons” (2024), centradas en personas desplazadas (refugiados, migrantes, etc.) 

Las directrices sobre personas sin hogar publicadas en 2017 hasta lo que yo he podido averiguar, siguen estando vigentes, lo que da que pensar y nos invita a seguir reflexionando, porque significa que todo lo que plantean sigue siendo necesario a día de hoy. No es algo superado, ni mucho menos.

Un libro que se queda contigo

Duermo en la calle es un libro necesario, que te remueve.

Porque nos enfrenta a una realidad incómoda que vemos todos los días pero que muchas veces preferimos ignorar.

Porque desmonta prejuicios.

Porque nos obliga a cuestionarnos.

Y porque, sobre todo, nos invita a mirar con más empatía y a recordar que detrás de cada persona sin hogar, hay una historia que merece ser contada, escuchada… o leída como en este caso.

Es uno de esos libros que, cuando lo terminas, sientes la necesidad de compartir. De pasárselo a alguien. De hablar sobre él. De regalarlo.

Porque las historias de esas personas —jóvenes, mayores, mujeres especialmente vulnerables— no se acaban cuando cierras el libro.

 

 

 

David Gómez

Gestor del conocimiento en el Observatorio de la Infancia en Andalucía. Me interesa la evaluación científica y la literatura infantil. Disfruto, día a día, de los pequeños momentos en familia.

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