¡Hasta siempre, abuelos!

Si el que escribe acumula ya años en su faltriquera, cuenta con no pocas historias vividas que le permiten ilustrar el relato de su experiencia. Y éste es el caso, pues en los últimos tiempos me viene a la memoria de manera recurrente un asiduo usuario del punto de servicio bibliotecario —humilde biblioteca en una zona de expansión urbana de la ciudad en que vivo— en que trabajaba hace ya casi tres décadas.

Anciano leyendoEra un venerable anciano, antaño maestro y ya jubilado, que consumía sus muchas horas de ocio en el rincón más luminoso de la sala de lectura, donde el sol atravesaba la amplia cristalera proporcionándole algo de calor añadido y una luminosidad con la que paliar sus dificultades de visión, que trataba de superar con enormes lentes en sus anteojos y una lupa. Todas las mañanas leía con sumo detenimiento las páginas del diario de su predilección. Pero su afán por la lectura iba aún más allá.

La pequeña colección libraria de aquella modesta biblioteca se encontraba dispuesta en una serie de estanterías que, vueltas sobre sí mismas, constituían nuestro cubículo de trabajo cara al público, al tiempo que separaban aquella sala de la dedicada a los lectores más pequeños.  Obviamente, los libros estaban ordenados por numero currens y no eran de acceso libre, de modo que los usuarios debían consultar previamente el catálogo manual —cuyas fichas duplicábamos con una máquina de escribir eléctrica, tal era el nivel tecnológico con el que desempeñábamos entonces nuestra labor— y rellenar los pertinentes formularios para solicitar los libros que desearan consultar. O fiarse directamente de nuestras prescripciones. Pero, en su caso, ni rellenaba hoja alguna ni esperaba nuestra propuesta. Una terminaba su lectura del periódico, se acercaba al mostrador y nos pedía el libro cuya lectura dejó interrumpida el día anterior y, cuando terminaba con él, simplemente nos lo entregaba y nos susurraba: «El siguiente». Le daba igual si era una novela rosa o un tratado de mecánica cuántica. Lo único que le interesaba era leer, como si en ello le fuera la vida misma.

Así fue su rutina durante varios años, solamente interrumpida brevemente durante las navidades y, por un periodo más extenso, durante el verano, en que suponemos que viajaba con algún familiar a su pueblo u otros lugares vacacionales. Pero, tras un verano, no regresó. Cuando las hojas de los árboles comenzaron a cubrir las aceras cercanas a la biblioteca comprendimos que nunca más volveríamos a verle. Poco después, alguien nos informó que había fallecido durante el estío. Nos invadió entonces una cierta tristeza que, con el tiempo, se ha teñido de amable nostalgia.

Transcurrido el tiempo, ni siquiera recuerdo su nombre. Pero aún conservo una vívida imagen de su silueta inclinada sobre el papel, con la nariz pegada de tal forma a las páginas como si tratase de percibir el aroma de las palabras impresas, vistiendo un traje gris que tuvo mejores épocas y cubriéndose su escaso cabello cano con un fieltro a juego.

Ahora que llevamos varias semanas experimentando la maldita nueva normalidad en la biblioteca heredera de aquella otra, muchísimo más amplia, con varias plantas y espacios diferenciados para distintos servicios, no puedo evitar que su efigie ocupe de vez en cuando mi mente. Con la hemeroteca vacía, sin que sus butacas acojan a los ancianos —perdón, usuarios de la tercera edad— que devoraban la prensa diaria en el relativo silencio propio de su calma, acaso solamente roto por breves discusiones provocadas por el incumplimiento de esas reglas jamás escritas sobre turnos y reservas de lectura con volúmenes justificados por la natural dureza de oído, echo de menos su presencia y me pregunto cuántos de ellos regresarán algún día cuando finalmente recuperemos los servicios hoy suspendidos, cuántos no podrán recuperar aquella rutina lectora que les permitía socializar siquiera levemente con otros compañeros de fatigas. O cuántos nos han dejado definitivamente huérfanos de su compañía a nosotros, a sus amigos y a sus familiares. No volveremos a verlos en nuestra biblioteca. Con fortuna, otros los reemplazarán y darán sentido a nuestros servicios, pagándonos con su presencia y compañía. Sin embargo, los que se marcharon para no volver… Esos abuelos, al menos, tendrán un rincón en nuestra memoria para cobijarse mientras pasan las páginas de la eternidad.

Rafael Ibáñez Hernández

Colaborador en BiblogTecarios Bibliotecario en la Biblioteca Municipal. Curioso de las nuevas tecnologías (aunque ya no sean tan nuevas), pero empeñado en mantener los pies sobre el suelo.

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