Biblioteca pública: mientras llega el futuro

Biblioteca pública: mientras llega el futuro - CubiertaA pesar de las limitaciones presupuestarias, las bibliotecas públicas son entornos flexibles y autosuficientes donde las tecnologías de la información son accesibles y las pequeñas imperfecciones en la implantación de nuevos servicios, perdonables. Además cuentan con un recurso al alza en la sociedad del conocimiento: el factor humano. Este libro es una invitación a reflexionar sobre el papel que deben asumir los profesionales para mantener activa la biblioteca pública mientras llega ese futuro del que tanto hablamos. No se pretende divagar sobre lo que habría que hacer una vez llegado ese momento, sino el modo en que lo alcanzamos.

En sus primeras líneas ya advierte el autor que no se trata este libro de un manual al uso, sino más bien una serie de “puntos de vista subjetivos y discutibles sobre la importancia de las personas en el día a día de la biblioteca pública” (p. 15). Por esa misma razón, a pesar de haber sido publicado hace ya algunos años, su lectura continúa siendo sumamente útil y necesaria, tanto para quienes lo toman en sus manos por vez primera como para aquellos que ya lo leyeron entonces. Porque si cada vez que leemos un libro descubrimos en él algo nuevo, algo distinto, en este caso se trata de un libro de relectura obligatoria.

Son dos las cuestiones clave en torno a las cuales pivotan las reflexiones que componen este libro. A sabes: en las bibliotecas públicas:

  • ¿prestamos libros o suministramos lecturas?
  • ¿es el libro (producto) o la lectura (servicio) la piedra angular?

Buenas preguntas, sin duda, cuya respuesta deberá formular el lector a la vista de lo expuesto, pero también de su propia experiencia (como bibliotecario y/o usuario de biblioteca). En cualquier caso, apunta el autor que “en la sociedad de la información tener en cuenta a las personas y pedir su ayuda es fundamental, se llama colaboración y, en las bibliotecas, será la base de todos los servicios” (p. 48-49), idea que me atrevo a matizar: todas las personas, no sólo los que se quejan, los que protestan o exigen; ni siquiera sólo los usuarios, sino también —y casi me atrevería a añadir con mayor interés— los que no acuden a la biblioteca, todos usuarios potenciales.

Que el mundo está en permanente cambio resulta innegable, como lo es que el ámbito bibliotecario lo está acusando con fuerza. Fueran o no utilizadas, las bibliotecas fueron durante mucho tiempo percibidas como depósitos de tesoros (informativos, formativos y de entretenimiento) de valor incalculable de los que podía disfrutarse con un esfuerzo muy pequeño. La globalización y, sobre todo, la mercantilización generalizada de bienes y disfrutes ha resquebrajado tal consideración. Tal vez sean las dedicadas a los valores añadidos en mercados saturados de productos con precios sin competencia las páginas más demoledoras de este libro, pues nos sitúan ante un panorama sumamente retador. Si el lector buscaba en la biblioteca incrementar el valor de su experiencia de lectura mediante la intermediación del profesional bibliotecario, la participación en clubes de lectura u otras actividades enriquecedoras, hoy son las empresas (y no sólo las editoriales) las que —haciendo uso de la tecnología más avanzada— se están apropiando de estas oportunidades: clubes de lectura virtuales, experiencias transmedia, técnicas de fidelización…

Si cabe señalar una conclusión de estas tan breves como densas páginas, no puede ser otra que la identificación del verdadero cambio que se está efectuando en la biblioteca pública, donde estamos dejando de pensar en el objeto (libro, en cualquiera de sus formas) y empezamos a valorar la importancia del acceso al contenido (lectura). Una conclusión muy valiente, por otra parte, porque se atreve por fin a afirmar que no debemos centrarnos en el usuario —que es, además, otras cosas— si no queremos correr el riesgo de dejar de ser biblioteca. No significa eso que debamos obviar al usuario. De lo que se trata es de poner el centro de nuestra atención en la lectura, ofreciéndole cuanto más y mejores posibilidades sean posibles para gozar de su experiencia, apostando incluso por aquellas herramientas que le permitan gestionar su tiempo de relación con la biblioteca como mejor le convenga. Y para ello —valga esta afirmación como corolario— será necesario que entendamos de una vez por todas Internet como una renovación de los servicios, nunca como un simple complemento de lo que ofrecemos. Obviamente, los bibliotecarios debemos asumir cada día nuevas competencias, sin sobrevalorar las informáticas frente a las informacionales, pero al mismo tiempo huyendo del postureo informacional.

Al hilo de todo lo dicho —y de lo leído en el libro—, ¿significa lo dicho que la veteranía ya no es un grado? Aunque la tentación de aceptar tal afimación sea muy fuerte, la verdad es que lo sigue siendo. Los conocimientos tradicionales ya no son insuficientes para afrontar nuestra tarea en la biblioteca pública, pero continúan siendo necesarios. Es más: la veteranía en el cambio permite afrontar mucho mejor la aceleración del cambio que estamos viviendo.

En definitiva, un libro que nos ayuda —nos obliga amablemente— a poner los pies sobre la tierra al tiempo que nos invita —con cordial insistencia— a pensar sobre el papel de la biblioteca pública y los bibliotecarios. Recomiendo su lectura a todos cuantos afrontan ahora su primer curso de estudios en Información y Documentación y les emplazo a su relectura dentro de cuatro años, cuando se gradúen.

Hablando con el autor

Con su amabilidad habitual, Fernando Juárez responde a las preguntas que le planteamos sobre este libro, con tres años de perspectiva

  • En los años transcurridos desde su publicación, ¿qué crees que ha cambiado en el presente de la biblioteca pública? ¿Escribirías hoy un libro diferente?

¿Un libro diferente? En las bibliotecas, al igual que nos sucede con las personas, los pequeños cambios que son imperceptibles a diario se manifiestan evidentes (y relevantes) con la distancia, cuando nos (auto)analizamos cada cierto tiempo. No ha pasado tanto desde la publicación del libro y cuando miro la biblioteca la veo como siempre; pero estoy seguro de que lo que escriba sobre ella (escribir supone alejar el punto de vista, tomar un poco de distancia y fijar un momento) será, a la fuerza, diferente. Si no es así, tengo un problema 🙂

Cuando estaba redactando el libro, un colega al que pedí consejo me comentó que no era tiempo de escribir manuales sino un recetario sobre la biblioteca ante el desafío del cambio, porque todo lo que está pasando era, es, sencillamente, el cambio. Estamos viviendo un antes y un después en las relaciones interpersonales, en los espacios de socialización, en el acceso a la información; tres ámbitos que repercuten de lleno en las bibliotecas públicas. Sobre este último punto, hablamos mucho de lo digital; pero nuestros modelos de gestión siguen anclados en un estadio pre-red que nos creará tensiones… y en este presente esas tensiones ya son muy evidentes.

Dos ejemplos: los canales de compra y la gestión de los contenidos digitales. Mira, hace poco localicé en internet un libro descatalogado sobre Muskiz; era una edición antigua, agotada, de venta en segunda mano. Eran 10€, una cantidad asumible en nuestros presupuestos, pero carecía del cauce para realizar la compra así que utilicé mi cuenta de Paypal para comprarlo y lo doné a la biblioteca. Es evidente que necesitamos habilitar métodos de adquisición y pago adecuados a la economía digital para poder acceder a todo aquello que deba ser tramitado/pagado en línea. Y ahora que todas las bibliotecas ofrecemos lectura mirando el modelo Amazon (eBiblio, Eliburutegia…) y empezamos a embarcarnos en el streaming para adaptarnos a la netflixización que se nos avecina son necesarias soluciones imaginativas para que Burgos o Muskiz puedan “incrustar” sus “alquileres” en las plataformas que compartimos con el resto de bibliotecas de la red a la que pertenecemos. Con el modelo actual, tal y como están planteadas las plataformas de distribución de contenidos, nuestras bibliotecas carecen de la escala mínima necesaria para asumir el coste. No hablo de nada que no esté ya inventado: consorcios bibliotecarios pero adaptados a los nuevos tiempos.

  • ¿Corremos el riesgo los bibliotecarios de esconder tras la tecnología nuestras debilidades?

No hablaría tanto de esconder como de intentar disimular 😉

¿Recuerdas cuando tener la Espasa y una fotocopiadora era sinónimo de gran servicio de referencia? La mera posesión de lo inalcanzable para la mayoría nos hacía atractivos y necesarios. Hace tiempo que exhibir tecnología ha dejado de ser identificado con calidad de servicio para convertirse en una necesidad. En las bibliotecas, poseer tecnología no es un factor diferencial. Ya no impresionamos por la cantidad de pantallas o impresoras sino por los servicios asociados a ellas que ofrecemos. Necesitamos proponer y realizar cosas, y creo que para conseguirlo la tecnología es una aliada… pero no la única.

  • ¿De qué manera han cambiado Muskiz y sus vecinos desde que te incorporaste a su biblioteca? ¿Qué papel ha jugado la biblioteca en ese cambio?

Hombre, teniendo en cuenta que empecé en 1988, en plena fase de reconversión industrial (cierre de grandes empresas como Altos Hornos, la Babcock & Wilcox, la General) que transformó toda la margen izquierda de la ría del Nervión, los cambios han sido muchos y muy significativos. El tránsito desde la sociedad industrial hacia la sociedad de la información fue traumático y alteró todo el tejido socioeconómico.

Sobre el papel de la biblioteca en este periodo, creo que el más importante ha sido el del surgimiento de la propia biblioteca (junio de 1987), que actualmente complementa la oferta sociocultural del municipio. Creo que prestamos un servicio cercano y amable a la comunidad que, como el agua del grifo, no se echa en falta hasta que se corta por avería.

  • ¿Crees que podrán las bibliotecas públicas liberarse de la tiranía de los mercaderes del libro electrónico? ¿De qué manera?

La lectura digital que ofrecemos desde las bibliotecas afronta un triple reto: el técnico, el económico y el legal. Aunque estamos minimizando el problema técnico (que incide en la experiencia de lectura), nos encontramos con ciertas limitaciones por las cuestiones legales (derechos de autor) y económicas (gestión de esos derechos). Con el modelo de lectura digital actual perdemos todos: la oferta (fragmentada, cara e insuficiente) penaliza la experiencia de lectura (drms agresivos), limita la elección de dispositivos (Kindle) y no ayuda a encauzar lectores hacia un modelo respetuoso con los derechos de autor.

¿Es posible el equilibrio entre lectura – derechos de autor – beneficio económico? Antes apuntaba que necesitamos adaptar nuestras estructuras para poder usar con garantías una tecnología que sea respetuosa con los derechos de autor sin que ello signifique un estrangulamiento económico para las bibliotecas. Seamos optimistas: si con el papel se consiguió, también se podrá lograr con los bites. Supongo que necesitamos unas decisiones políticas que modifiquen la legislación sobre los derechos de autor.

Y mientras llega ese futuro podemos explotar a fondo nuestras grandes colecciones en papel. En las bibliotecas el mayor beneficiado de la lectura en digital es el libro impreso: la mayoría de las bibliotecas públicas ofertamos en nuestras baldas más, mejor… y más barato que en cualquiera de nuestras plataformas.

  • ¿Cómo te gustaría que te recordasen los vecinos de Muskiz cuando te jubiles?

La verdad, no creo que me echen en falta. Me conformaría con que siguiesen acudiendo a la biblioteca.

Referencia bibliográfica

Juárez-Urquijo, Fernando. Bibliotecas públicas : mientras llega el futuro. Barcelona : UOC, 2015. 159 p. ISBN 978-84-9064-666-3

Para más información

Rafael Ibáñez Hernández

Colaborador en BiblogTecarios Bibliotecario en la Biblioteca Municipal. Curioso de las nuevas tecnologías (aunque ya no sean tan nuevas), pero empeñado en mantener los pies sobre el suelo.

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