El infinito en un junco

He de confesar que cuando a través de un servicio de mensajería la editorial Siruela me hizo llegar un ejemplar de la obra a la biblioteca en la que trabajo, sentí unas inmensas ganas de zambullirme de lleno en sus páginas pero también me rondaba un cierto temor de que su lectura no cubriera las altas expectativas que en mi habían despertado las numerosas y fervientes recomendaciones recibidas por esta obra. Y ya leída y disfrutada, de cuál ha sido la impresión que en mi causó este texto tras su lectura doy cuenta en esta nota.

La obra tiene como subtítulo “La invención de los libros en el mundo antiguo”, lo que concuerda con lo que de ella se dice en los paratextos, donde se presenta como un libro sobre la historia de los libros. Aunque las reseñas de la contracubierta abren más el espectro al categorizarla también como libro de viajes y calificarla como fabulosa aventura colectiva. Es, por otro lado, notable el impacto que su lanzamiento tuvo en la crítica no pudo tener mejor acogida; fue recibida con un aluvión de inmejorables parabienes por parte de las voces y plumas más reconocidas del país. Igualmente pareja ha sido la recepción de los lectores a tenor del éxito de ventas que ha registrado este ensayo. Galardones tampoco le han faltado, y al Premio el Ojo Crítico de Narrativa 2019 se le unió en 2020 el Premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción.

¿De qué tipo de obra se trata?  

Se trata de un ensayo, pero no al uso sino urdido con unas particulares mimbres y dotado de un tono muy personal. Es, en cierto modo, una pieza inclasificable, una de esas obras que al personal bibliotecario podría darnos algún que otro quebradero de cabeza a la hora de determinar dónde ubicarla ya que podría, por derecho propio, reclamar espacio y lugar en diversas categorías.

En este sentido se manifiesta la propia autora, que justifica las razones de la elección del género expresando que el ensayo la hace sentir libre dada la flexibilidad y holgura que admite. De ahí que en esta obra Irene Vallejo se permita llevar a cabo, de forma desenvuelta, un ejercicio acrobático de escritura. De tal manera que tan pronto ejerce de narradora como de cronista de la historia, su voz se hace más personal y autobiográfica en algunos párrafos, adquiere tintes de crónica de viajes en determinados episodios o se aproxima a la escritura periodística en otros.

 No es una obra, por otro lado, que resulte ni pretenda ser erudita, aunque está perfectamente fundamentada y contiene mucha y rica información. Ante todo, destaca por la frescura y el ritmo que la autora imprime al discurso y la soltura con la que hilvana el relato. Vallejo manifiesta que se enfrentó a la obra con una actitud de pleno disfrute, sin condicionantes respecto a un determinado lector. Es algo que se hace notar en el resultado y que acerca el texto al lector curioso sin causar por ello un desapego del especialista, abriéndose así a un amplio espectro de lectores con ganas de saber, de conocer, de indagar y de disfrutar de la lectura.

Una obra matrioska con la escritura y el libro como hilo conductor

Otro aspecto que caracteriza la obra es su estructura, que traza un aparente orden cronológico que la autora esquiva a discreción, dando como resultado, en sus propias palabras un “desorden ordenado con saltos y meandros pero sin dejar que nunca se desborde el río”. Ciertamente, es una calculada estructura de cuento de cuentos perfectamente medida y controlada que aporta dinamismo al texto entre la que el lector se desenvuelve a la perfección.

Plantea la invención de la escritura como la primera gran revolución tecnológica de la historia y sigue sus pasos en la historia, centrándose en la época helenística y romana pero con evocaciones tanto hacia épocas anteriores como posteriores. Es también una historia de los soportes, las tabletas, el papiro, el pergamino, la vitela y el papel ligada a los usos y costumbres del acto de escribir y de leer, así como a los espacios en los que se ejercían estas capacidades y a las personas que las ejecutaban.

La biblioteca de Alejandría tiene un gran peso en la obra, tanto como empresa soñada por Alejandro Magno y materializada por la dinastía de los Ptolomeos como en lo que representa en cuento paradigma del ideal y afán de posesión y reunión de conocimientos y saberes a lo largo de la historia de la Humanidad. En el devenir histórico, con saltos y asociaciones hacia adelante y hacia atrás, se inserta el testimonio de los cambios que experimentan la escritura y la lectura. Así mismo se da cuenta de la evolución del propio objeto donde se escribe y se lee, los cambios de soporte, de cómo el libro va tomando forma e incorporando innovaciones que lo hacen más versátil y facilitan el acceso a su contenido. Y en ese relato se ensartan episodios épicos, reflexivos y peripecias o crisis de carácter personal que amalgaman y dan mayor cuerpo a la obra.

Una particular mirada del tiempo

Bajo este epígrafe quiero destacar otros dos aspectos que me resultan especialmente significativos en la obra y, aunque de diferente carácter, están unidos por la línea del tiempo. Uno es la forma en la que la autora se relaciona con los autores clásicos, y otro la relación que establece entre distintas épocas, las particulares conexiones y asociaciones temporales que salpican la obra.

La atracción por los clásicos le viene de lejos a la autora, como muestra cuando habla de una de sus obras preferidas: “La Odisea, que mi padre me contaba por entregas a la orilla de la cama”. De ahí quizás la familiaridad con los clásicos griegos y romanos, frente a la reverencia con la que comúnmente les tratamos, hayamos o no leído sus obras, el resto. Por el contrario, Irene Vallejo los baja del pedestal y establece con ellos una relación de tú a tú, mira a los clásicos cara a cara. Incluso llega a adoptar una perspectiva un tanto heterodoxa que busca, según declaraciones, romper con la ortodoxia que aleja a los clásicos y descubrir lo que posiblemente en su época supusieron, en su contexto de vida y de creación. Un punto de vista que, sin duda, aporta frescura y desempolva este legado desechando la idea de presentar las obras clásicas como ejemplarizantes en favor de una mirada revitalizante, de un diálogo más fluido y directo entre el pasado y el presente.

La ligazón entre el pasado y el presente es precisamente otro de los atractivos que presenta la obra. La autora plantea a lo largo del texto conexiones entre épocas pretéritas y futuras que suponen constantes toques de atención para la reflexión sobre un determinado acontecimiento del presente a la luz del pasado; verbigracia, el rechazo de la negativa a escribir de Sócrates y su relación con la discusión actual ante las pantallas o la queja de Marcial sobre lo difícil que en Roma resultaba vivir de la cultura. Ante ello la autora nos platea una cuestión: ¿no tiene algo de esto que ver con el presente?

Esa particularidad de las asociaciones que se plantean en la obra, lejos de romper el ritmo del discurso lo activa, sorprende al lector y apela a su pensamiento crítico. Responde también a la intención manifiesta de presentar la herencia de Grecia y Roma con sus claroscuros, de dar cuenta de sus avances y aportes de progreso pero sin ocultar sus contradicciones. De igual modo, supone una invitación a mirarnos en el espejo del pasado pues como la autora declara “hay una continua corriente entre el pasado y el presente, el pasado está constantemente transformando el futuro.”

La atracción por las bibliotecas y las librerías

Dejo para el final este aspecto que atañe más directamente con la profesión bibliotecaria para con él cerrar estas notas de lectura. Porque si bien esta obra es un relato de cómo los textos en sus cambiantes soportes han sobrevivido a saqueos, guerras o inundaciones supone también un palpable testimonio del papel que los espacios y las personas ligadas al libro han jugado en su difusión y preservación ante azares y amenazas múltiples.

Constituye pues, un homenaje a las bibliotecas y las librerías, espacios a los que la autora confiesa sentirse muy próxima. Una relación de cercanía cultivada desde la infancia, como Vallejo manifiesta en alguna entrevista al evocar la biblioteca del parque que solía frecuentar en verano: “una casita de madera con tejado a dos aguas que parecía ella misma extraída de un cuento.”

Ligados a estos espacios de lectura la escritora hace una reivindicación de los personajes que las pueblan y sostienen desde la antigüedad. En su afán está rescatar del olvido y dar voz a copistas, traductores, libreros, bibliotecarios y otras figuras anónimas que aseguraron la transmisión de la escritura, la evolución del libro. Son todos ellos «secundarios» de la Historia que a menudo ni aparecen en los créditos, a la sombra siempre de reyes, emperadores, escritores u otras figuras que sí alcanzaron protagonismo. Así la autora hace justicia a un diverso plantel de actores de reparto, en el que había esclavos al servicio de los poderosos, viajeros, aventureros, monjas o monjes que actuando en segundo plano jugaron un papel fundamental en la evolución del libro y en su permanencia frente a «las tormentas del tiempo».

En este mismo sentido, llamo la atención sobre el epílogo que la autora dedica a glosar las hazañas de las aguerridas bibliotecarias de Kentucky que a caballo se aventuraban “cada día por las resbaladizas pendientes y quebradas de los montes Apalaches con las alforjas cargadas de libros” para acercarlos a las poblaciones más aisladas allá por los años treinta del pasado siglo. De esa parte final de la obra extraigo este párrafo que condensa y justifica todo este afán conocer y hacer acopio del saber que late en este libro:

«Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños.»

En primera persona 

Irene Vallejo Moreu nace en Zaragoza en 1979, estudia Filología Clásica y obtiene el Doctorado Europeo por las universidades de Zaragoza y Florencia. Apasionada en el mundo antiguo, investiga y divulga la obra de los autores clásicos. Compagina su vertiente investigadora con la de escritora de artículos periodísticos, ensayos, novelas y obras de literatura infantil.

Y os dejo con esta entrevista para tomar contacto más directo con ella:

 

Referencia bibliográfica:

Vallejo Moreu, Irene. El infinito en un junco. Madrid: Siruela, 2020. 450 p.

ISBN:978-84-17860-79-0

Ficha editorial: https://www.siruela.com/catalogo.php?id_libro=3948

Luis Miguel Cencerrado

Coordinador de reseñas en BiblogTecarios Bibliotecario, formador, asesor y apptekario navegando en los mares de la lectura analógica y digital, su promoción, las bibliotecas públicas, infantiles y escolares.

2 Comentarios a “El infinito en un junco

  1. Un ensayo dialogado, culto, no erudito, intimista a veces. Siempre interesante y fluido. Hacia tiempo que no me sentia tan comodo, agradecido, leyendo.

    1. Coincidimos en las apreciaciones, Javier, mi experiencia de lectura fue también muy grata y enriquecedora, la disfruté realmente. Un saludo

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