Bibliotecari*s hasta el coñ*

The Great Resignation es uno de los acontecimientos históricos que están sucediendo en la “nueva normalidad” de Estados Unidos después de los meses más duros de la pandemia del Covid y que, como millennial y generación de cristal  que soy, estoy viviendo con más fascinación.Desde que comenzó esta “Gran Dimisión” o “Gran Renuncia” los escaparates del país se han llenado de carteles donde los negocios buscan empleados.

Sólo en el mes de septiembre, más de 4,4 millones de trabajadores renunciaron a sus trabajos voluntariamente

Como siempre, analizar cualquier tema que suceda en Estados Unidos es complejo, porque las condiciones de este país son muy únicas, aunque podemos intuir cómo los derechos del trabajo brillan por su ausencia y cómo impacta el capitalismo extremo en la vida de las personas, entre otras cosas, porque en Europa vamos tomando nota.

Igualmente, leyendo alguno de los análisis de los medios, encontramos varios factores para explicar por qué podría estar sucediendo esta renuncia a gran escala: la precariedad y la falta de seguridad personal frente al COVID en algunos trabajos, las dificultades para conciliar (gran parte de las renuncias son de mujeres), los ahorros acumulados durante los últimos meses (los estímulos del gobierno, el ahorro del teletrabajo, así como la cultura de invertir en bolsa) o, sobre todo, el hartazgo. Hartazgo de la precariedad, del sentimiento de tener trabajo basura o de mierda (bullshit jobs o shitty jobs) y, por supuesto, después de probar las mieles del trabajo remoto también hay mucho hartazgo de la cultura presidencialista de ir a la oficina. Os recomiendo esta conversación con Azahara Palomeque:

La Gran Dimisión

Podemos llegar a la conclusión de que la pandemia del COVID ha provocado un cambio de paradigma en los empleados que sienten una desafección al trabajo, que ya no aguantan más y que renuncian, sin ese remordimiento al que estábamos acostumbrados. Se ve que se nos ha acabado la ambición, la paciencia o el servilismo. Ya no aguantamos la precariedad ni cualquier tipo de condiciones. ¡Abajo el trabajo! 

“The Great Resignation” también llega a las bibliotecas de Estados Unidos

Si es cierto que los primeros afectados fueron los negocios relacionados con la hostelería, la industria del ocio, el comercio minorista, la fabricación y los servicios sanitarios, desde hace un tiempo también los currantes de oficinas y otras profesiones –¡como la bibliotecaria!– también están dejando sus trabajos. 

Algunas de las causas que he ido detectando en los mares de Internet son el burnout, ambientes tóxicos (explotación, precariedad o la falta de políticas de inclusión reales), el aumento del fascismo y también algunos peligros que han venido con el COVID.

Ambiente tóxico laboral

Comencemos por este artículo de The Insider, donde podemos leer la historia de una bibliotecaria de 40 años que renunció a su trabajo en una biblioteca pública en el medio oeste por considerarlo un ambiente tóxico, plagado de rotación, con pocas oportunidades de progreso y con políticas deficientes para la conciliación en la crianza.

La gota que colmó el vaso fue que su empleador no le permitía trabajar de forma remota, como lo había hecho anteriormente durante la pandemia, y a pesar de que existía una política de la ciudad que permitía el trabajo remoto de forma temporal.

Burnout

En la charla The Librarians Are Not Okay que dio la escritora Anne Helen Peters recientemente en Conference on Academic Library Management tocó varios puntos de los que voy a traer dos, pero que podéis leer entero aquí:

  • El peligro de trabajar en un entorno “apasionante” y cómo los trabajos apasionantes son ideales para la explotación. Lo que contaba Remedios Zafra en su ensayo “El entusiasmo” también sucede en muchas bibliotecas. Bibliotecarias vocacionales que se desviven y sobre-compensan los fallos sistemáticos relacionados con la falta de inversión, personal, etc. por y para sus usuarios.
  • Las bibliotecas, además, son trabajos feminizados y, por extensión, devaluados. Lo mismo que sucede en trabajos de cuidados, educación, artísticos o sociales, sin ánimo de lucro. Por supuesto, la situación se agrava cuando las personas que ascienden a puestos de dirección o de liderazgo son hombres.

Dentro del síndrome del trabajador quemado, quería traer también este completo artículo en Library Journal, donde recalca la presión que las bibliotecas de Estados Unidos sufren al soportar la falta de recursos que encontramos en educación y sanidad:

“Existe la percepción de que las bibliotecas deberían hacer todo”, dice Kelly Jensen, quien trabajó en bibliotecas públicas y ahora es editora en BookRiot. Durante años, las bibliotecas han sido un refugio y apoyo para sus comunidades, e incluso antes de la pandemia, los bibliotecarios expresaron su preocupación por la expectativa de que hagan un trabajo más adecuado para trabajadores sociales capacitados además del trabajo bibliotecario tradicional. El personal que se sintió atraído por la profesión debido al deseo de ayudar a los demás puede sentirse abrumado, culpable y sobrepasado por las demandas cada vez mayores por parte de la sociedad.

Bibliotecas diversas pero no inclusivas

Por parte del staff bibliotecario racializado, encontramos un gran hartazgo por no hallar un ambiente realmente inclusivo. Por aquí ya sabemos cómo las bibliotecas han sido instituciones tradicionalmente blancas en su contenido y en su gestión. Y no basta con que haya diversidad, si una biblioteca no está deconstruida, no respeta a los trabajadores racializados, o no genera un ambiente realmente inclusivo que celebre y proteja la diversidad. 

Recomendable leer este artículo en el que Sanhita SinhaRoy analiza por qué las políticas DEI (Diversity, equity, and inclusion), es decir, aquellas que se esfuerzan en que exista una diversidad, igualdad e inclusión, muchas veces, no funcionan en la práctica.

Backlash fascista

Como siempre que sucede cuando se logra un avance en movimientos sociales como el feminismo, el antirracismo o el apoyo a comunidades LGTBIQ+ desde las instituciones viene ese retroceso conservador, que también impacta a las bibliotecas públicas, llegando a recibir amenazas de criminalizar la distribución de lo que consideran libros “pornográficos”: 

En esta columna del New York Times, Jessica Grose recoge declaraciones que bibliotecarias escolares de Texas se jubilaron antes de lo planeado debido a estas amenazas. “Salí porque tenía miedo de hacer frente a los ataques. No quería quedar atrapado en la trampa de alguien. ¿Quién quiere ser acusado de pedófilo o denunciado a la policía por poner un libro en la mano de un niño?”.

Como escuchamos, entre risas y temor porque todo esto nos suena mucho al pin parental, las declaraciones de Heidi St. John, candidata republicana al congreso dónde decía que las bibliotecas públicas y la ALA son “organizaciones demoníacas»:

Seguridad y peligros COVID

Cuando las bibliotecas recién abrieron, fue llamativo los peligros de los usuarios negacionistas que se negaban a usar mascarillas y que generaban situaciones así de violentas: 

Como es lógico, mucho personal de biblioteca sentía que su trabajo les hacía peligrar su integridad física y psicológica ante el miedo al COVID y a este tipo de situaciones.


Si a todas estas razones, le sumamos la falta de un sueldo alto en muchas ocasiones, vemos cómo los super librarians están colgando su capa y moviéndose a otros sectores donde encuentran más tranquilidad, estabilidad y reconocimiento. Una pena este fallo del sistema porque en estos casos, creo que se van las personas más imprescindibles.

Y tú, queride, querida, querido, ¿cómo estás? ¿qué te mantiene en tu día a día? ¿estás hasta el mismísimo coñ*?

 

 

Irene Blanco

Irene Blanco es documentalista, especialista en transformación digital y activista bibliotecaria. Escribe desde 2010 en Biblogtecarios sobre bibliotecas, comunidades e Internet. Además, es responsable de la Analítica y Coordinación Web en BiblogTecarios.

3 respuestas a «Bibliotecari*s hasta el coñ*»

  1. En España el problema que se nos presenta a los bibliotecarios por vocación que llevamos como yo 20 años formando nos (diplomática en Biblioteconomia, licenciatura en Documentacio y un sin fin de cursos complementarios) y que trabajamos con contratos temporales, en la categoría más baja, a media jornada y cobrando en base al salario mínimo es el intrusismo profesional porque en las distintas administristraciones públicas, sobre todo en la administración local no se pone en valor nuestro trabajo.
    Hay pocas plazas de bibliotecarios y las cubren en su mayoría con personal no cualificado porque es extensible la idea e que ‘cualquiera puede trabajar en una biblioteca’.
    Así por lo general son auxiliares administrativos o personas con ESO los que ocupan estas plazas en bibliotecas dejando al personal biblitecario por derecho fuera o cubriendo plazas con condiciones precarias.
    En mi caso sigo formándome haciendo ciclos formativos de administrativo para opositar en este campo y conseguir estabilidad sacrificando todos los años de esfuerzo por ser bibliotecaria y tener unas condiciones laborales dignas.
    Opositar para puestos en bibliotecas es un absurdo, pocas plazas, requisitos mínimos a los que puede acceder cualquiera, y demasiados ‘enchufes’.

  2. Ui, cómo me suena todo esto!!!! A mí me dijeron varias veces que el club de lectura de la biblioteca era una SECTA.

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