¿Viajeros de sillón?

Muchos lugares cuentan con las bibliotecas más espectaculares del mundo, a veces, mucho más hermosas  y atractivas que los documentos que albergan. Otras no cuentan con esa belleza pero los seguimos considerando lugares seguros, que atesoran el conocimiento que deseas, desarrollan la imaginación que creías aletargada o te proporcionan horas de placer ininterrumpido. A las bibliotecas viajas o las bibliotecas te hacen viajar. 

Abrir un libro significa abrirse a otras culturas, ideas y pensamientos. A veces, esa apertura nos lleva a nuevos mundos y alimenta de una manera inconsciente y sana las ganas de viajar y cambiar físicamente de aires. Por tanto, se podría decir que las bibliotecas son grandes factorías de viajeros. Y para elegir viaje, definitivamente hay que acercarse a una biblioteca. El viaje siempre está ligado a la literatura. Hay siempre alguien con ganas de viajar, entre ellos alguno con ganas de contarlo y, entre medias, gente dispuesta a escuchar.

¿Cuántos viajes no han comenzado con un libro? Cada vez son más los viajeros que emprenden un viaje para visitar los lugares en los que vivieron sus escritores favoritos o se desarrollaron las tramas de sus novelas fetiche. No es algo novedoso de nuestra época.

En 1890, Nellie Bly siguió los pasos de Phileas Fogg para probarse que era capaz de dar la vuelta al mundo en ochenta días. En 1905, Azorín hizo a pie la ruta de Alonso Quijano. Federico García Lorca estando de gira con la Barraca por tierras gallegas visitó en Padrón la casa en la que había muerto Rosalía de Castro. Los entusiastas de James Bond que visitan Londres terminan su noche en el mítico Dukes Bar, lugar en el que Ian Fleming acuñó el famoso “agitado pero no revuelto”;  o en verano, el tranquilo municipio de Ystad (Suecia) se llena de admiradores de Henning Mankell buscando por los rincones a Kurt Wallander.

Sin embargo, no todos tenemos autores o novelas favoritas y necesitamos un empujoncito más para movernos del sillón o sentarnos en él con una tacita de té.  Así que, ¿Y si rizamos el rizo? ¿Y si además de acercarnos a una biblioteca nos dirigimos a la sección dedicada a viajes?  

En un primer momento la tarea puede resultarnos abrumadora o titánica. Hay tantos libros por leer como viajes por hacer. ¿Qué época? ¿Qué continente? ¿Quién viaja? ¿Cómo viaja? ¿A qué se dedica o presta atención? Por ello he seleccionado una serie de obras definidas por los expertos como imprescindibles de la literatura de viajes.

  • Cartas desde Estambul, Mary Wortley Montagu, 1763: una mujer rebelde, moderna, con una vida tan escandalosa que su hija trató de impedir la publicación de la obra, nos narra la vida en Estambul a través de las cartas que dirigió a sus familiares y amigos.
  • Guía para viajeros inocentes, Mark Twain, 1869: cuenta el viaje que realizó el escritor, siendo un desconocido todavía, desde Nueva York a Tierra Santa en lo que se podría denominar uno de los primero cruceros. Es irreverente, divertidísimo, sarcástico, no deja títere con cabeza. Un año lleno de aventuras y aprendizajes.
  • El cielo protector, Paul Bowles, 1949: no es propiamente un libro de viajes pero está ambientado en uno de los lugares que más impactó al escritor, recrea como pocos la atmósfera del desierto del Sahara y llama a sentirse viajero y no turista.
  • En el camino, Jack Kerouac, 1957: la biblia de la generación beat. Carreteras, jazz, poesía, juventud y locura. ¿Quién da más?
  • Venecia, Jan Morris, 1960: con una prosa exquisita una mujer excepcional nos describe una ciudad singular glosada por miles de admiradores. Una evocación de lo que ya no podremos encontrar.
  • Cinco viajes al infierno, Marta Gellhorn, 1978: la corresponsal de guerra que fue testigo de gran parte los conflictos bélicos del siglo XX (hasta los años ochenta) nos describe sus mejores y sus peores viajes. Alguien que pensaba que nada mejor para la autoestima que la supervivencia y que su próximo destino podía ser aún peor nunca puede ser aburrido.
  • El camino más corto, Manuel Leguineche, 1979: una vuelta al mundo que duró más de dos años realizada por un joven periodista que llegaría a ser mítico. Según Enric González es el libro que todo estudiante de periodismo debería leer. Es un clásico de la literatura de viajes española que estuvo descatalogado muchísimos años. Disfrútenlo ahora que vuelve a estar disponible.
  • En las antípodas, Bill Bryson, 2000: ingenioso, culto, ameno, con un humor fino y sutil que provoca carcajadas (recomendación: no leer en el transporte público). Bill Bryson consigue que, aún presentando a Australia como el país con los animales más peligrosos del mundo, quieras ir… y quedarte.
  • Viajes con Heródoto, Ryszard Kapuściński, 2004: este homenaje al historiador griego, que acompaño constantemente en su vida al autor, sirve para mostrarnos uno de los elementos más importantes de un gran viajero: saber mirar. Son dos viajes, dos autores, dos épocas. «El pasado» y el pasado de Ryszard. Aprendemos, nos asombramos y descubrimos la metodología del autor como periodista y como viajero.
  • El tao del viajero, Paul Theroux, 2011: el autor reflexiona o recoge observaciones de otros sobre el hecho de viajar. Un compendio de anécdotas, consejos, deliberaciones filosóficas y extractos de obras de autores que lo formaron como lector y viajero. Sabio, irónico y tremendamente observador.

Los viajes y la literatura no dejan de ser manifestaciones de un espíritu curioso y del placer del conocimiento. Cada libro es un destino y cada viaje una búsqueda, o viceversa. Lo importante es no quedarse con la incógnita. Viaja, da igual que sea con los pies o la imaginación, por uno mismo o a través de otros, pero siempre con la mente abierta.

Os dejo viajando. Nos encontraremos en las bibliotecas o buscando el Jardín de Calisto y Melibea en Salamanca, por ejemplo.

 

 

Inma Herrero

Documentalista, lectora voraz, curiosa empedernida. Intento aprender algo nuevo cada día y me encantan los retos. Mis áreas de interés crecen porque no hay nada que me guste más que el mundo en el que habito.

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