Pensar en estos tiempos

Nassim Nicholas Taleb en su libro El cisne negro explicaba que nuestro mundo está dominado por lo extremo, lo desconocido y lo muy improbable. Cuando lo leí me pareció interesantísima la teoría de los cisnes negros (sucesos raros, de impacto extremo y de predictibilidad retrospectiva). Sin embargo, nunca pensé que se diera este fenómeno con una magnitud tan grande que afectara a nivel mundial y de forma multisectorial dejándonos a todos en estado de shock y pillándonos sin plan A, B o C. A todos los niveles y en todos los niveles.  Por eso cada uno ha intentado entender o sobreponerse de maneras distintas.

Un claro ejemplo ha sido nuestro blog colaborativo. Nuestra compañera Felicidad Campal nos hablaba del desasosiego a nivel personal que produce la incertidumbre de estos días y cómo combatirlo. Desde el punto de vista profesional, Rafael Ibáñez se preguntaba y reflexionaba sobre cómo será la situación a la que se enfrenten nuestras amadas bibliotecas una vez volvamos a la “nueva normalidad” y Eva Jiménez recogía el guante y nos contaba qué estaban fraguando las mentes de los profesionales .

No obstante, en todo ejercicio de análisis, la mente humana padece tres trastornos:

  • la ilusión de comprender: pensamos que sabemos lo que pasa en un mundo que es más complicado o aleatorio de lo que creemos. Simplificamos.
  • la distorsión retrospectiva: todo nos parece más claro y evidente después de los hechos. Consideramos que se podía haber evitado.
  • la valoración exagerada de la información factual (más fácil que se produzca en las personas eruditas y con autoridad). Como decía Soledad Puértolas “las historias no funcionan con esquemas, también hay sorpresas”. La historia es opaca, sólo se ve lo que aparece, no el guion que produce los sucesos, el generador de la historia.

Además nuestras reacciones, nuestro modo de pensar o nuestras intuiciones dependen del contexto en el que se presenta la materia. Es decir, que reaccionamos ante una información no por su lógica impecable sino fundamentándonos en la estructura en la que se inserta o cómo se inscribe dentro de nuestro sistema de valores, entorno social y estado emocional. Todos tenemos diferentes orígenes, intereses, expectativas y prioridades que diseñan nuestro marco cognitivo para comprender el mundo exterior. Como decía la cita atribuida a Anaïs Nin: We don’t see the things as they are, we see the things as we are.

Por otro lado, cuanta más información se nos da, más hipótesis formulamos en el proceso y peores serán. Esto se debe a que las ideas son pegajosas. Una vez que formulamos una teoría, somos reacios a cambiarla. Tenemos dificultades para interpretar la nueva información que se nos presenta, a no considerarla si contradice nuestro pensamiento (incluso si esta es claramente mucho más exacta). Es el mecanismo que se denomina sesgo de confirmación junto con el de perseverancia en la creencia.

Para contrarrestar esta tendencia natural a la corroboración se puede usar la técnica de la falsación consistente en demostrar que se está equivocado y poder afirmar con total certeza que se está equivocado. Para ello se utilizan las conjeturas y las refutaciones. Primero se formula una conjetura y a partir de ahí se empieza a buscar la observación que demuestre que estamos en un error.

Otro problema que se da con mucha frecuencia en nuestro modo de pensar es la predilección por las historias compactas sobre las verdades desnudas, lo que distorsiona profundamente nuestra representación mental del mundo. Las metáforas y las historias tienen muchísima más fuerza que las ideas, son más fáciles de recordar y muchísimo más divertidas de leer. Es decir, las ideas van y vienen, las historias permanecen. Esto se debe a nuestra escasa capacidad para fijarnos en secuencias de hechos sin tejer una explicación, sin forjar un vínculo lógico o sin establecer una relación entre ellos. Las explicaciones atan los hechos y ayudan a que tengan mucho más sentido. Por eso hay que tener presente que la mera ausencia de sinsentido no basta para que algo no sea verdad (una de mis amigas mantiene que cuanto más absurda, ridícula o extraña sea una excusa más probabilidades tiene de ser verdad).

Philip Zimbardo y John Boyd señalan en La paradoja del tiempo que el ser humano es un “ávaro cognitivo”. Ante decisiones rutinarias de la vida diaria recurrimos a reglas simples y prácticas que aprendimos por ensayo y error. Así ahorramos ciclos de pensamiento y tiempo para la toma de otras decisiones, entre ellas, las de futuro. Para nuestra desgracia, lo que ha funcionado en el pasado puede que ya no sirva para el presente más inmediato y que nuestros éxitos pasados no garanticen que se vayan a reproducir en el futuro por mucho que lo deseemos.

Hay muchísimos más factores que influyen en cómo pensamos y en nuestra toma de decisiones. Evelio Martínez los describió muy bien en Infoveganismo y en El problema no es la infoxicación.

También resulta de gran utilidad el post en el que Felicidad Campal ya le daba vueltas al repensar nuestra profesión.

Fuera de las leyes de la física no hay constantes universales por lo que separar lo predecible de lo impredecible es muy difícil. La teoría del caos expone que en los sistemas no lineales, incluso cambios mínimos de las condiciones iniciales pueden generar efectos de proporciones enormes. Por ello la predictibilidad tiene límites; y, lo previsible y lo imprevisible coexisten incómodamente.

El grado de predictibilidad de algo depende de:

  • lo que intentamos predecir
  • la lejanía en el futuro de lo que intentamos predecir
  • las circunstancias en las que predecimos

A la hora de afrontar el “nuevo” futuro tenemos tres modos:

  • El pesimista: se parte desde una posición de miedo
  • El optimista: se ve como una oportunidad
  • El transformador: se parte de la esperanza de que lo nuevo que venga será una renovación hacia algo mejor.

Tenemos un camino por delante en el que sería conveniente elegir la adaptación en vez del fundamentalismo.

Inma Herrero

Documentalista, lectora voraz, curiosa empedernida. Intento aprender algo nuevo cada día y me encantan los retos. Mis áreas de interés crecen porque no hay nada que me guste más que el mundo en el que habito.

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