Cómo leer un libro

La complejidad social  a la que nos enfrentamos hoy en día requiere profesionales con visión de conjunto y capacidad de integrar múltiples disciplinas. Sin embargo, en términos relativos sabemos menos. Según el antropólogo y etnólogo Marc Augé “la ciencia avanza con tal rapidez que hoy seríamos incapaces de describir cuál será el estado de nuestros conocimientos de aquí a unos cincuenta años, cosa que, sin embargo, no es sino una ínfima parcela de tiempo en la escala histórica”. No obstante, este conocimiento es un factor de desigualdad pues no todo el mundo ni tendrá acceso a él ni lo habrá adquirido aun siendo accesible pues la toma de contacto con él se realizará de una forma pasiva. De este modo se propicia una ilusión de conocimiento que es más perjudicial que el hecho de no saber.

Y lo que es más, con muchísima frecuencia no sabemos integrar bien lo aprendido. Leer en tiempos del digitalismo (caracterizado por la velocidad, la interconexión y el pragmatismo) empobrece nuestra habilidad para leer entre líneas y de explorar e indagar en los textos pues se reduce la capacidad para la lectura profunda y el análisis crítico. Con el añadido de no propiciar la empatía.

Leer no es cómodo cuando se lee para hacernos preguntas, no para responderlas. Las lecturas más provechosas son aquellas que nos estremecen, inquietan y dan la vuelta a las ideas o creencias que más arraigadas están en nuestro ser. Para Kafka “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”.

La gran mayoría de la gente no se ha preguntado nunca cómo lee. Sin embargo, el modo de leer tiene gran importancia para la adquisición de conocimiento. Por otro lado, la lectura atenta, la que trata de desentrañar los entresijos de un texto nos permite olvidarnos de nuestras vidas para sumergirnos en otras. No como forma de huida del mundo en el que vives sino para comprenderlo mejor a partir de otros puntos de vista diferentes al nuestro. También se lee para entender en profundidad a los demás. Para Italo Calvino leer “es ir la encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe qué será”.

Según el historiador Roger Chartier a partir del siglo XVIII se pasó de la lectura que lee y relee, del aprendizaje memorístico y a través del recitado de textos a la saturación de lecturas (más y más materiales) convirtiendo el acto de leer en una práctica trivial sin análisis e inmersión en el contenido. Leer libros pasó de ser un medio para empaparnos de pensamiento a un fin.

Hay diferencia entre leer para informarse y leer para comprender. Aprender algo de forma comprensiva requiere trabajo. Para ello es mucho mejor leer textos que estén por encima del nivel de conocimiento sobre el tema en el que te encuentras pues de este modo propicias que se estreche la brecha existente entre el autor y tú.

La meta que persigas será la que determine la manera en la que vas a leer y las destrezas que tendrás que emplear para sacar el máximo provecho de la lectura. La lectura de un libro debería ser una conversación entre el autor y el lector. Eso requiere hacer una lectura activa en el que el lector no sólo hace preguntas al autor sino también a sí mismo.

Es importante entender que para hacer una lectura reflexiva, esta tiene que ser deliberada y consciente y que para ello hay que desarrollar unas estrategias de cómo afrontar la actividad. No sólo conocer qué actividades  se pueden realizar (subrayar  y anotar en los márgenes – sí, sacrilegio para muchos-, esquematizar, resumir, sintetizar, parafrasear,…) sino cómo, cuándo,  por qué y para qué se deben hacer. La lectura estratégica exige planificar qué voy a hacer, qué finalidad persigo y cómo lo voy a hacer. Así la lectura será un “pensar antes”, “pensar durante” y “pensar después”.

Así antes de empezar a leer un texto académico hay que conocer cómo y qué se piensa mientras se lee: ¿qué hago antes de empezar? ¿por qué? ¿Qué voy a considerar importante o cómo voy a saber que lo es? ¿cómo puedo relacionar la información seleccionada?

Todo libro contiene opiniones, teorías, hipótesis, afirmaciones o especulaciones expuestas de una forma más o menos explícita siguiendo una estructura.

Hoy en día, lo más difícil es ponerse  leer un libro. El día a día nos impide abstraernos en el placer de la lectura y mucho más si esa lectura nos va a resultar ardua o poco atractiva a priori.

Un primer paso para evitar postergar estos momentos es elegir bien el libro. Francis Bacon dijo “some books are to be tasted, others to be swallowed, and some few to be chewed and digested”.

Cuando no hemos leído una reseña o hemos recibido una recomendación sino que nos hemos topado con el libro hojear y ojear sistemáticamente lo que cae en nuestras manos permite hacerse una idea general del contenido del libro a través de la lectura de las cubiertas del libro, el prefacio, la consulta del índice o tabla de contenidos y las conclusiones. De esta manera se puede adquirir una imagen de las intenciones del autor y sus argumentaciones. Con ello podemos tomar la decisión de leer o no el texto.

Una vez tengamos el libro en nuestro poder pero no estemos seguros de que merezca una gran inversión de tiempo se puede hacer una lectura superficial sin buscar aquellos términos que no se entienden o sin realizar resúmenes o anotaciones para aclarar y afianzar las ideas adquiridas.

Si estamos seguros de que la lectura nos va a aportar podemos comenzar siguiendo el método Parrish denominado “el folio en blanco”. Antes de comenzar a leer hay que escribir en un folio en blanco todo lo que sepamos sobre un tema o las preguntas que nos surjan a priori sobre el mismo. Después mientras se lee con un bolígrafo de color distinto se van anotando las ideas nuevas relacionándolas con las ya existentes.

Por otro lado, para realizar una lectura analítica de un texto es necesario hacer una lectura comparada que permita sintetizar el conocimiento disponible en una materia determinada en ese momento. Conlleva mayor esfuerzo pues hay que contrastar vocabulario, ideas y argumentos. Para ello hay que identificar los párrafos más importantes, las palabras clave y cómo son usadas por cada autor, estructurar y ordenar las preguntas que necesitan ser respondidas (no centrarse en los problemas que el autor quiere resolver sino en las preguntas propias). En este caso la meta no es leer un libro en concreto sino alcanzar el conocimiento profundo en una materia mediante la confrontación de ideas y el establecimiento de relaciones entre ellas que nos permitan entender las múltiples perspectivas existentes dentro de un área específica del conocimiento. De esta forma adquiriremos UNA OPINIÓN INFORMADA.

Para afianzar o aclarar lo que se está leyendo es muy útil realizar esquemas, resúmenes, mapas mentales, diagramas y tomar apuntes; ilustrar la información y los datos con un dibujo. El uso de lápiz y papel crea un vínculo cognitivo más fuerte que anotar en un ordenador.

Otro de los trucos para no olvidar lo leído es dedicar una parte del tiempo a asimilar y retener la información y luego, una vez procesada, aplicar o compartir o enseñar lo aprendido pues no sólo al repetirlo muchas veces se hace un hueco en tu cerebro y la otra persona te puede ayudar a identificar las lagunas en dicho conocimiento.

Por último, si lo más difícil es dedicar un tiempo todos los días o semanas a leer se puede utilizar el “método Seinfeld”. El comediante se dio cuenta de que para hacer buenos chistes no solo era necesario ser ingenioso sino también escribir mucho (para que la inspiración le pillase a uno trabajando). Como lo difícil era crear el hábito ponía un calendario enorme en el que aparecían todos los días del año que ocupaba la pared de una habitación. Cada día que escribía ponía una cruz roja en el día. A los pocos días tenía una cadena de cruces y pasado un tiempo su única preocupación era no romper esa cadena.

Inma Herrero

Documentalista, lectora voraz, curiosa empedernida. Intento aprender algo nuevo cada día y me encantan los retos. Mis áreas de interés crecen porque no hay nada que me guste más que el mundo en el que habito.

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