Bibliotecas, libros y lectura contra la guerra

                               «Tristes armas si no son las palabras». Miguel Hernández

El bárbaro ataque de la Federación Rusa contra Ucrania va en contra de los principios básicos de una sociedad sostenible, democrática y equitativa.

En respuesta al llamamiento lanzado por la Asociación de Bibliotecarios de Ucrania , EBLIDANAPLE y Public Libraries 2030 insta a las bibliotecas de toda Europa a movilizarse a favor de la difusión de información precisa sobre el conflicto como medio para apoyar la democracia y la libertad de expresión. También se insta a las bibliotecas a apoyar a los refugiados ucranianos, en colaboración con organizaciones gubernamentales y no gubernamentales (por ejemplo, ciudades santuario, comunidad de Sant’Egidio, etc.). Debemos estar listos para encontrar soluciones prácticas y estar preparados para brindar a los ucranianos asistencia y servicios según sea necesario.

Dada la situación este es el último “episodio” de como las bibliotecas, los libros y la lectura en definitiva, ayudan a salir de situaciones extremas como las guerras, aunque, como estamos viendo, leer y conocer la historia no evita que se vuelva a repetir…

Lamentablemente este es un tema recurrentemente tratado por diferentes compañeros y desde diferentes puntos de vista. No pretendo por ello ser ni innovadora con el tema, ni oportunista por el momento, solo quiero con este post ofrecer un breve recopilatorio recordatorio de bibliotecas destruidas por la guerra, bibliotecas salvadas de la guerra, bibliotecas salvadoras contra la guerra y bibliotecas constructoras de paz.

Bibliotecas destruidas por la guerra

Hay numerosos casos, más de los que deberían de bibliotecas que son víctimas en las guerras como relató en su post de Biblogtecarios la compañera Inma Herrero, en el que hacía un recorrido histórico de bibliotecas que, como instrumentos garantes del conocimiento, custodios de la memoria, la diversidad y la identidad cultural de los pueblos y facilitadoras del pensamiento crítico, han sufrido ataques importantes a pesar de que en la Convención para la Protección de los Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado y Reglamento para la aplicación de la Convención de la Haya (1954). Como la Biblioteca de Alejandría, destruida en un incendio en el año 48 a.C. durante la guerra civil por la sucesión del trono de Egipto;  la Biblioteca Nacional de Bagdad bombardeada durante la guerra de Irak de 2003 tanto por el ejército británico como el estadounidense o el icónico caso de los ciudadanos de Sarajevo que se expusieron a los francotiradores para salvar lo que quedaba de la Biblioteca Nacional de Bosnia-Herzegovina en Sarajevo tras ser bombardeada en 1992 durante el conflicto de Yugolavia.

En esta línea en la que ver arder estos lugares que albergan los pensamientos de aquellos que nos precedieron es probablemente uno de los hechos más tristes que se pueden presenciar, es necesario destacar el artículo “Condenadas al olvido: bibliotecas destruidas a lo largo de la historia” en la que Ada Nuño nos recuerda que decía Heinrich Heine que “allí donde se queman libros se acaban quemando seres humanos”. Desde Alejandría a Sarajevo, la guerra no suele sacar en general lo mejor de las personas sino más bien al contrario. El caos y la barbarie no se llevan bien con el conocimiento, y ver arder una biblioteca, que alberga los pensamientos y las ideas de millones de personas que nos precedieron es probablemente uno de los hechos más tristes que alguien puede presenciar. Desgraciadamente, se ha repetido demasiado a lo largo del tiempo, citando también el caso de la Biblioteca de Alejandría, la Biblioteca de Asurbanipal,la Biblioteca Imperial de Constantinopla, la Biblioteca Nacional de Perú, la Biblioteca de Sarajevo o la Biblioteca de Bagdad.

Susan Orlean en su libro «La biblioteca en llamas» afirma que,  «La guerra es el principal enemigo de las bibliotecas. Habitualmente bibliotecas se encuentran en el centro de pueblos y ciudades, así que cuando una poblacion es atacada resultan dañadas. En otras ocasiones sin embargo, las Bibliotecas se convierten en objetivos específicos. En la Segunda Guerra Mundial se destruyeron más libros y bibliotecas que en cualquier otro momento de la humanidad. Sólo los nazis destruyeron unos 100 millones de libros durante los 12 años que estuviera en el poder. La quema de libros fue, como indicó George Orwell, una de las actividades nazis «más características»…

Bibliotecas salvadas de la guerra

En este apartado, es inevitable citar el libro “Biblioteca en guerra” coordinado por Blanca Calvo Alonso-Cortés y Ramón Salaberria Lizarazu que es catálogo de la exposición celebrada en la Biblioteca Nacional en el que se muestra el papel jugado por un grupo de personas excepcionales, todos ellos bibliotecarios, que trabajaron incansablemente por difundir la cultura y los libros entre los sectores populares, y su esfuerzo por conservar y proteger los fondos de la Biblioteca Nacional de la amenaza de la destrucción durante la Guerra Civil.

Merece mención especial dentro del libro el capítulo “Libros que salvan vidas, libros que son salvados: la Biblioteca Universitaria en la Batalla de Madrid” de Marta Torres Santo Domingo, que recoge los testimonios de los brigadistas atrincherados en la Facultad de Filosofía y Letras, sobre la utilización de los libros de la biblioteca como parapeto. Paralelamente se realizaron campañas de salvamento de estos libros, entre los que estaban los mayores tesoros del patrimonio bibliográfico de la Universidad Complutense. Se recogen los testimonios de los bibliotecarios que participaron en ellas. Así mismo, se recogen también los testimonios sobre el salvamento de la biblioteca de la Escuela de Arquitectura, también especialmente rica, que quedó en el lado de los sublevados.

Bibliotecas salvadoras contra la guerra

Como el recogido por Mike Thomson en su artículo “Lectura para escapar de la guerra: así es la biblioteca secreta subterránea de Siria”, también contado por Inma Herrero en Bibliogtecarios, que nos muestra como “La biblioteca secreta de Darayya”, en Damasco, capital de Siria es un ejemplo de cómo en tiempos de guerra, el ser humano es capaz de encontrar un momento de paz y de esperanza sumergiéndose en las páginas de un libro. La existencia de esta biblioteca con más de 14.000 fondos, enterrada en los subterráneos de un edificio bombardeado de Daraya, un suburbio de la capital siria y que estuvo un lustro bajo control de los rebeldes, le dio una lección al mundo. En la localidad –bombardeada todos los días, incluso con napalm–, algunos jóvenes de la resistencia hallaron un tesoro: miles de libros abandonados. Se impusieron la tarea de protegerlos a toda costa… y así nació la biblioteca secreta, la que no sólo conservó ese tesoro durante años, sino que se dio el lujo de organizar conferencias y debates –vía satelital– y de imprimir una revista bimestral con consejos prácticos para sobrevivir al asedio. Pero el paraíso se acabó en septiembre de 2016, cuando las tropas del gobierno tomaron la plaza. Ahora los volúmenes de la biblioteca secreta se malbaratan en los mercadillos de Damasco.

O la biblioteca clandestina para escapar del infierno de Mauthausen. En medio del infierno de Mauthausen una biblioteca clandestina permitió soñar con la libertad y ayudó a resistir la brutal realidad de ese campo de concentración nazi en el que murieron alrededor de 100.000 personas. Un breve apunte sobre esa biblioteca se recoge en el libro del historiador estadounidense David W. Pike titulado «Españoles en el Holocausto», y en algunas referencias en alemán se cita como su promotor al prisionero catalán Joan Tarragó.

«El libro era un símbolo de libertad, una manera de escaparse del infierno», explica su hijo, Llibert Tarragó, de 67 años y que ha indagado en la historia de esa biblioteca clandestina. Además del testimonio de su padre, que murió en 1979, ha podido hablar con otros supervivientes que, asegura, le transmitieron lo importante que fue lograr un pequeño espacio de libertad con la lectura en medio del horror más absoluto.

A finales de 1942 o principios de 1943, relata Llibert Tarragó, comenzó a llegar un gran número de franceses, y en menor medida italianos, que pertenecían a la resistencia a la ocupación nazi en sus países, y nada más llegar a Mauthausen los SS les despojaban de todo. Aquello que no fuera de valor era incinerado. Cuando Joan Tarragó supo que entre lo que acababa en las llamas había libros, propuso a la dirección de resistencia española en el campo rescatarlos y montar con ellos una pequeña biblioteca.

En total lograron reunir alrededor de 200 libros, la mayoría de ellos escritos en francés, como novelas de Émile Zola, de Víctor Hugo, de Fiodor Dostoievski, y una de las que más éxito lector tuvo fue «La madre» de Maxim Gorki.

«Si los hubiesen descubierto los hubiesen o matado o dado una paliza como las que solían dar» los fanáticos SS, recuerda Llibert Tarragó, que afirma que para los prisioneros leer un libro era como escapar durante un tiempo de Mauthausen. “Al principio, como se puede entender, la gente no tenía la fuerza de leer, pero a medida que las condiciones en el año 43 mejoraron algo, si se puede decir así, porque el infierno es el infierno, la biblioteca se usó más», rememora.

Otros español, de apellido Picot, se encargaba de arreglar los libros porque solían llegar en muy mal estado por las penalidades que pasaban sus dueños, y los volúmenes se escondieron en un armario del barracón 13 del campo.

Un año después, cuando Joan Tarragó comenzó a trabajar en la cocina de suboficiales de las SS fue otro prisionero, «un tal Juanco Sánchez» quien continuó con la biblioteca con la ayuda del mismo Picot.

la historia de Abdel Kader Haidara, un bibliotecario de Tombuctú que gracias a su valentía y su perseverancia salvó casi 400.000 manuscritos, algunos de ellos piezas de la literatura medieval únicas en el mundo que estaban en peligro a causa de Al Qaeda.

Bibliotecas constructoras de paz y esperanza

Y sí, las bibliotecas también construyen la paz y reconstruyen sociedades, como es el caso de “LIBROS EN LUGAR DE ARMAS»: BIBLIOTECAS PÚBLICAS COMO ESPACIOS DE PAZ EN COLOMBIA», también contado por aquí en Biblogtecarios por el compañero Roberto Soto.

No hay ninguna duda que el papel de las bibliotecas como fuerza activa de cambio y transformación social en Colombia. Un gran número de bibliotecarios colombianos, al ejercer su propia profesión, se convierten a su vez, en activistas culturales que están ayudando de forma activa a revertir una realidad social y política que ha lastrado y sigue lastrando el desarrollo de todo Colombia.

Hay innumerables proyectos locales, iniciativas e incluso simples reuniones, donde diariamente bibliotecarios colombianos buscan la fuerza común para articular soluciones a problemas que pertenecen a todo el país. Algunos de esos proyectos colombianos están obteniendo una gran resonancia fuera de sus fronteras ya que están ayudando también a otros países latinoamericanos y europeos a lanzar sus propias iniciativas. Proyectos como el movimiento #BibliotecariosAlSenado que desde febrero del 2017 promueven en Colombia el acceso democrático a la información–un movimiento que está «prendiendo» con furor en otros países de Latinoamericana; o el del Centro de la Memoria Histórica de la ciudad de Medellín que está contribuyendo a convertir a la que fue considerada la capital mundial de la violencia en un auténtico faro de la cultura colombiana.

Uno de eso proyectos con gran resonancia internacional se cristalizó a principios del 2017 con el nombre de Bibliotecas para la Paz, coordinado por la Biblioteca Nacional de Colombia, se ha convertido en un referente mundial de cómo las bibliotecas pueden intervenir de forma eficaz para paliar o mitigar los efectos de la violencia en una sociedad en conflicto como la colombiana, gracias a una propuesta puramente humanística.

Por ahora, por estas latitudes aún no estamos en guerra, y para finalizar como suelo, la pregunta es, ¿qué podemos hacer desde nuestras, hasta el momento, pacíficas bibliotecas, para garantizar la difusión de información veraz sobre el conflicto, el acceso democrático a la información y la libertad de expresión?…

Felicidad Campal

Colaboradora en BiblogTecarios Bibliotecaria que apuesta por el poder formativo, social, integrador e igualador de las bibliotecas. Eterna aprendiz y en fase beta en constante renovación. Coordiné desde su creación en el 2001 el Grupo de Trabajo de Alfabetización Informacional, hasta su reconversión en el 2017 en el Grupo de Trabajo “Banco de recursos ALFIN/AMI” del CCBiblio.

Una respuesta a «Bibliotecas, libros y lectura contra la guerra»

  1. Magnífico post, Felicidad. Valientes palabras, que me interpelan como ciudadana y además como bibliotecaria: ¿qué puedo hacer desde mi biblioteca para construir una sociedad en paz? Gracias por plantear esta cuestión, por removernos para que sigamos trabajando en, por y para la paz.

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