La lectura también es cuestión de genética

El Día del Libro (23 de abril) es una fecha que se presta a hacer reflexiones de todo tipo en torno a los libros y la lectura. Una de las que más me llamó la atención fue un artículo firmado por Francesco Rodella en El País, que lleva por título Leer mucho o poco también depende de los genes.

Rodella reseñaba un estudio realizado por unos psicólogos holandeses en torno al efecto de la genética sobre la competencia lectora. Los investigadores analizaron una muestra de “más de 6.000 parejas de gemelos y mellizos de siete años de media”, un total de 11.000 niños de entre siete y ocho años de edad (una muestra más que considerable, por tanto). Los datos recopilados a lo largo de diez años estaban basados en cuestionarios “a los padres acerca de los hábitos de lectura de los hijos y a los profesores sobre sus capacidades como lectores”.

Como explica Rodella, utilizar gemelos y mellizos en este tipo de estudios es una práctica habitual, porque a diferencia de los mellizos los llamados gemelos monocigóticos poseen exactamente los mismos genes.

¿El resultado? Podríamos resumirlo así: en la lectura, la genética importa, y mucho. Los gemelos mostraron entre ellos la misma predisposición hacia la lectura a diferencia de lo que sucedía con los mellizos, entre los que se hallaron más diferencias.

El estudio tiene una implicación más que destacable para un dilema clásico en torno a la lectura. Los niños que leen mucho típicamente también son buenos lectores, pero ¿su habilidad lectora es consecuencia de lo mucho que practican, o simplemente es que los buenos lectores disfrutan de la lectura, y por eso leen más?

Los resultados apuntarían a la segunda posibilidad: la habilidad lectora, que estaría influenciada por la genética, a su vez influye sobre cuánto se lee, y no a la inversa.

La autora principal del artículo, Elsje van Bergen, puntualiza que otros factores también son importantes, entre ellos la motivación que transmitan los padres y profesores (lee la reseña completa de Francesco Rodella para El País). Pero la influencia genética está ahí.

Y no es cuestión de un estudio aislado. Hay más trabajos cuyas conclusiones van en esa misma dirección. Sin ningún ánimo de ser exhaustivo, mencionaré tres que me parecen que cuanto menos dan que pensar:

Un estudio quiso analizar la relación entre genética y lectura añadiendo una variante destacable: la calidad de la enseñanza recibida en el colegio. Aunque el estudio tiene unos años (2010) sus conclusiones siguen siendo dignas de mención. En concreto, según los autores la calidad del profesorado ayuda a los escolares a alcanzar su potencial lector… pero sólo hasta el límite que la influencia genética tiene sobre dicha capacidad.

En el trabajo se utilizó el método de comparar el desarrollo lector en gemelos. El resumen del artículo es elocuente:

El logro lector de los niños está influenciado tanto por la genética como por los ambientes de la familia y la escuela. Pero se desconoce la importancia sobre el logro lector que causa la calidad del profesorado, entendida como una influencia ambiental específica en el entorno de la escuela. Analizamos a estudiantes de primer y segundo grado de escuelas de diversos ambientes de Florida. La comparación de gemelos mono y dicigóticos, que poseen semejanzas genéticas del 100 y del 50% (respectivamente), proporcionaron una estimación de la varianza genética en el logro lector. La calidad de la enseñanza se midió en función de la ganancia lectora que consiguieron los compañeros de clase no-gemelos. La magnitud de la influencia genética asociada con la fluidez de la lectura oral en los gemelos incrementó al incrementar la calidad de los profesores. En las circunstancias en las que todos los profesores eran excelentes, la variabilidad en el logro lector de los estudiantes parecía ser debida en gran medida a la genética. De todas maneras, la enseñanza de poca calidad impide a los niños el alcanzar su potencial.

Es el típico resultado que es propicio a que cada cual ponga el énfasis allí donde se sienta más interpelado, una situación de aquellas de vaso medio lleno o medio vacío: aquellas personas que creen que el ambiente es fundamental para el desarrollo humano dirán que lo importante en realidad es la calidad de la enseñanza; en cambio, otras personas quizá den más importancia al peso fundamental que juegan las capacidades innatas de cada cual.

A mi entender, en realidad ésta es una situación de aquellas en las que la ciencia muestra que el vaso está siempre lleno, algo que podemos resumir así: haríamos bien en no subestimar la importancia de cómo el entorno nos afecta, sin que por ello caigamos en ese discurso que dice que si lo intentamos con suficiente empeño podemos conseguir lo que nos propongamos.

En consonancia con los resultados anteriores, un estudio de 2016 afirmaba que las habilidades de los niños para la lectura pueden florecer de manera natural en una escuela de excelente calidad, pero esas mismas habilidades son mucho más difíciles de desplegar en escuelas de peor calidad. El estudio mostró que los factores genéticos tienen una mayor influencia en las habilidades pre-lectoras en aquellos estudiantes que asistían en escuelas consideradas excelentes que en aquellas otros que asistían a escuelas con peores cualificaciones.

Dando una vuelta de tuerca adicional a esos resultados, un reciente estudio de este 2018 mostró que en realidad la supuesta diferencia en calidad entre las escuelas que imponen pruebas de acceso y aquellas que no en Reino Unido no tiene prácticamente efecto en el resultado académico de los alumnos. ¿El factor determinante en el éxito escolar?: la genética.

Mencionaré sólo un trabajo más, de 2014, que también me parece revelador. En este caso, los hallazgos mostraron que los genes que determinan la habilidad para leer también influencian la habilidad matemática. Además, esos genes explicarían casi la mitad de la habilidad global de las personas para esas materias.

Robert Plomin, uno de los investigadores del estudio (y toda una institución en cuanto a genética de la personalidad) hacía unas declaraciones sobre el trabajo en un artículo para L.A. Times del que vale la pena extraer unos párrafos:

“Para los padres que creen que sus hijos son un pedazo de plastilina que pueden moldear para ser lo que ellos quieran que sean, espero que estos datos – y hay toneladas de otros datos como éstos – les convenza para reconocer y respetar las diferencias individuales que son debidas a la genética”.

[Plomin] Ve un paralelismo con la obesidad: las personas no pueden controlar una predisposición genética que les suponga un mayor esfuerzo con la aritmética más de lo que pueden controlar una tendencia a ganar peso. Eso no significa que no se pueda hacer nada con esos estudiantes – sólo que será necesario más esfuerzo.

Plomin sugiere que los estilos de educación personalizados, en los que los estudiantes aprenden a diferentes ritmos usando diferentes técnicas, podrían ser de ayuda. […]

“De la misma manera que no culpamos a las madres por la esquizofrenia, deberíamos ser más humildes a la hora de culpar a las escuelas y a los padres porque no todos los niños aprendan tan rápido como desearíamos”, dice Plomin. “Las implicaciones, creo, son que los niños realmente se diferencian en niveles muy profundos por cómo de fácil pueden aprender”.

Al hilo de las declaraciones de Plomin, dos reflexiones en lo que respecta a las bibliotecas:

La primera, es que sería interesante poder estudiar la contribución de otros entornos culturales al progreso lector de los más pequeños, y está claro que estoy pensando en las bibliotecas. Y cuando digo “estudiar” me refiero a estudios con una metodología científica seria. No descarto que existan dichos estudios, puesto que no he hecho ninguna búsqueda formal al respecto. Así que si conoces alguno/s, encantado de comentarlo contigo…

La segunda reflexión. Dice Plomin que no deberíamos ser tan duros con las escuelas y los profesores por el hecho de que los niños no aprendan todo lo rápido que nos gustaría, puesto que ese ritmo de aprendizaje bien puede ser muy diferente para cada cual en función de nuestras predisposiciones genéticas. Forzando un poco esta idea, y sólo con el ánimo de provocar un poco: ¿cuán de duros deberíamos ser con las bibliotecas por no “contagiar” la pasión por la lectura con la fuerza con la que nos gustaría? Ahí lo dejo…

La pura casualidad quiso que cuando ya tenía pensado escribir esta entrada, la profesora de investigación del Instituto de Filosofía del CSIC María Jesús Santesmases publicara un artículo también en El País criticando duramente el trabajo reseñado por Rodella. Así que creo conveniente dedicar unas reflexiones finales a la polémica.

Vale la pena extraer algunos párrafos del artículo de Santesmases para captar el tono general:

De entre todos los frentes que las informaciones equívocas sobre las ciencias generan, apenas es posible reaccionar a unos pocos. Que la estructura y las normas neoliberales de estos tiempos invadan pues el conocimiento experto y ofrezcan datos calificados de científicos sobre el determinismo genético es coherente con esas derivas culturales. Al asignar al nacimiento habilidades innatas y necesarias para salir adelante en la vida, quedan justificados los recortes en educación, cultura y deportes, no digamos en sanidad, pues cómo iba la autoridad política y sus gestiones a hacerse cargo de quien nace sin cualidades cuando el aborto por razones terapéuticas está más que aceptado. En ese aparente mundo de valientes con también aparentes nacimientos a la carta, se dirime el derecho a la vida una vez se está en el mundo, derechos que recortan, precisamente, quienes niegan el de decidir sobre si llevar adelante un embarazo o interrumpirlo.

Así, para Santesmases la lógica neoliberal (signifique eso lo que signifique) está infiltrada en el conocimiento científico, y eso hace que los resultados de la ciencia sean una justificación para ciertas dinámicas sociales. En concreto, la supuesta existencia de habilidades innatas justificaría la injusticia social, el sálvese quien pueda, el recorte de derechos.

Ese párrafo de Santesmases es un ejemplo perfecto de una vetusta falacia que siempre sale a relucir en este tipo de debates, la falacia naturalista. En esencia, la falacia establece que de un es no se puede deducir un debe ser. Es decir, que de un hecho no se pueden deducir necesariamente obligaciones sobre cómo deben ser las cosas.

Los estudios sobre diferencias genéticas dicen lo que dicen: que no todos los individuos tenemos las mismas habilidades, o que no todas las habilidades posibles (leer, o la que sea) se llegan a dominar con una simple cuestión de práctica. Las diferencias individuales cuentan, y mucho. Pero de ahí no se deduce nada más: ni ninguna política social o educativa en concreto, ni ningún juicio moral en particular. Las implicaciones que se quieran extraer de esos hechos son responsabilidad de cada cual, no de los datos.

Otro párrafo representativo del escrito de Santesmases:

Pero es muy difícil reconocer que se nace con capacidades lectoras innatas […], impulsos fisiológicos hacia la letra impresa, hacia el olor que tanto amamos de la tinta en el buen papel encuadernado de los textos que más puedan hacernos disfrutar. Cuando estamos ya discutiendo que apenas se nace chica o chico, que el entorno mira las gónadas primero –y a continuación se cuentan los dedos de manos y pies en una preocupación por lo congénito que parece antigua-, y pone nombre después a las criaturas recién paridas, que luego verán por su vida cómo se sienten y cómo se visten y qué nombre deciden tener, si somos capaces de pensar en todas esas posibilidades y en la escasa certeza de la biología sobre la identidad personal, es difícil aceptar las capacidades innatas para la lectura.

Pasemos por alto la afirmación de que “estamos ya discutiendo que apenas se nace chica o chico”. Es cierto, se está discutiendo, pero no porque todos los datos apunten a que el sexo sea una construcción social, o que no haya diferencias entre sexos. Lo cierto es que hay una nutrida literatura que niega esas dos ideas, por lo que la discusión no está en “que apenas se nace chica o chico”, sino en la interpretación, la validación e incluso la aceptación de los resultados que refutan esa afirmación. Pero ésa no es una polémica en la que tengamos que entrar ahora.

Lo que sí me interesa resaltar es la idea de que “es muy difícil reconocer que se nace con capacidades lectoras innatas”, porque es el auténtico meollo del asunto. Sí, puede ser muy difícil reconocerlo, pero ése no es ningún tipo de argumento sólido para negar la posible existencia de capacidades innatas. Nuestra incapacidad para aceptar algo no niega la existencia de ese algo.

Lo cierto es que esa no aceptación tiene más que ver con el miedo de que los resultados de la investigación se utilicen para justificar desigualdades sociales. Pero como ya he comentado, ese no es un problema de la investigación en sí ni de sus resultados.

Como ejemplo, tomemos el caso de la investigación sobre la inteligencia. A pesar de su mala fama lo cierto es que el hecho de que existe la inteligencia, de que es medible y de su influencia genética está cada vez más claro. Lo que se deba hacer con ese conocimiento en campos en ámbitos como el educativo es materia de discusión entre educadores, científicos y políticos. El divulgador Philip Ball resumía el estado de la cuestión en un excelente artículo para New Statesman. Ball escribe unas líneas que son perfectamente aplicables a cualquier tipo de investigación sobre la genética de la personalidad, incluida la habilidad lectora:

Si la investigación sobre genes e inteligencia ayuda a reducir las injusticias del entorno y a desarrollar el pleno potencial de cada niño, entonces daré la bienvenida a sus consecuencias. Pero no hay certeza de que vaya a hacer ninguna de las dos cosas; un posible resultado es que la investigación se convierta en una distracción no deseada que nos impida abordar problemas inmediatos y solucionables en educación, y que pueda exacerbar la desigualdad. No obstante, creo que colectivamente podemos y debemos decidir qué consecuencias queremos – y el primer paso es atender sin prejuicios a los hechos.

 

 

Evelio Martínez Cañadas

Bibliotecario en Biblioteques de Barcelona. Me interesan (sin ningún orden en particular): bibliotecas públicas, content curation, ciencia y racionalidad, psicología de la información, lectura, sociedad de la información,... y unas cuantas cosas más.

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