Una teoría sobre la esencia de la biblioteca pública

computer-901857_640

En noviembre de 2017 José Pablo Gallo León publicaba en Iwetel un artículo importante para entender el actual contexto en que se encuentran las bibliotecas.

El texto de Gallo León, titulado Bibliotecidad: una discusión sobre la esencia de la biblioteca en momentos de cambio, comentaba de manera sucinta algunas de las polémicas en las que está inmerso el mundo bibliotecario. Algunas reflexiones de Gallo merecen atención. Entre ellas, la idea de que…

Buena parte del conflicto parece provenir del confuso bagaje teórico y filosófico de la biblioteconomía/logía.  De esta forma, la misión de las bibliotecas no llega a estar definida de la forma suficientemente precisa que nos otorgaría unos límites claros de hasta dónde llegar.

Relacionada con lo anterior, tenemos la mención al concepto que da título a su artículo:

Si no tenemos claro lo que es y debe ser la biblioteca, debemos ante todo definirlo, pero una biblioteca ha sido tal siempre, sea mesopotámica, helenística, renacentista o una pública del siglo XIX, siendo totalmente diferentes entre ellas. Hay que buscar el hilo conductor, el espíritu que hace que todas ellas sean definidas y reconocidas como bibliotecas, a pesar de las disparidades. Captar esta esencia, esa bibliotecidad, nos permitirá definir el modelo de biblioteca del futuro.

Esta entrada es mi intento de captar esa bibliotecidad. Como dice Gallo en los párrafos mencionados, el teorizar sobre este aspecto no es algo gratuito. De lo que consideremos que es la esencia de la biblioteca dependen un buen número de cosas, como los proyectos a los que se da prioridad, el tipo de servicios que se cree que vale la pena poner en marcha e incluso la función y el perfil del bibliotecario.

Podríamos considerar que la bibliotecidad ya está más que captada en los diferentes manuales y normativas existentes. Es cierto que esos documentos son una referencia, pero también es cierto que si fueran la última palabra sería difícil entender el porqué de las polémicas actuales.

Mi intento de definir la esencia bibliotecaria se enfocará únicamente en las bibliotecas públicas, puesto que son los centros en los que actualmente me desempeño como profesional y cuyas problemáticas conozco con algo más de fundamento.

Por supuesto no espero zanjar las muchas y variadas discusiones en torno a las bibliotecas públicas. Mi propuesta tiene otras finalidades más modestas, pero que considero relevantes:

En primer lugar, ofrecer un marco general que dé sentido al mismo tiempo a algunas de las polémicas y discusiones actuales. Creo que es necesario ganar un poco de perspectiva, un poco de altura, para no perderse en detalles que pueden ser relevantes pero menores, y ver cómo encajan todos los discursos entre sí (si es que pueden hacerlo).

En segundo lugar, espero que mi teoría nos pueda servir como una guía (de entre otras posibles) para navegar por los cambios y en especial para entender las consecuencias de los mismos en lo que hace a la idea de la esencia bibliotecaria. Demasiadas veces podemos leer aquello de “lo que diferencia a una biblioteca de X es que…”, donde X suele ser otra institución como bien un centro cívico, un ateneo,… Quizá, como dice Gallo, tener clara la bibliotecidad nos permita ofrecer una mayor fundamento a esas polémicas, alejándonos de tópicos o de argumentos un tanto forzados.

Y en tercer lugar, hacer una reflexión de cómo podría evolucionar la biblioteca pública del futuro sin dejar de ser una biblioteca pública.

Los elementos con los que jugaré tienen poco de nuevo, pero es que los elementos fundamentales de la biblioteconomía tampoco lo son. A diferencia de otras ciencias duras, en las que es posible que se produzcan novedades destacables, la biblioteconomía juega con una serie de conceptos bastante estable y limitado.

Pero aunque los elementos individuales sean poco novedosos, sí que espero que el conjunto aporte algo de novedad. Además, aunque sea una teoría propia, tentativa y mejorable sí que me propongo que esté bien fundada, y que esos fundamentos se puedan encontrar tanto en las normas y directrices como en la evolución histórica de las bibliotecas públicas.

Antes de entrar en materia bibliotecaria, vamos a hacer una breve excursión por la biología evolutiva. A pesar de las simplificaciones y del abuso que el marketing o la gestión de las organizaciones hace de ciertos conceptos de la evolución, puede ser interesante explorar la metáfora de las organizaciones que evolucionan como si de especies naturales se trataran, y ver hasta dónde nos lleva.

Empezaremos pues por la pregunta: ¿qué es una especie?

——————————————————

A pesar de que el concepto es central en la biología, lo cierto es que no hay una definición aceptada por todo el mundo de lo que deberíamos considerar una especie. Para entender por qué, utilicemos un ejemplo del biólogo y divulgador Richard Dawkins. (Lo que sigue es sólo un ejemplo a nivel divulgativo: está claro que los problemas en torno al concepto de especie son mucho más complejos y técnicos de lo que el ejemplo da a entender).

En su obra La magia de la realidad Dawkins nos invita a que nos preguntemos: ¿quién fue la primera persona? La respuesta de Dawkins:

Puede que esto te sorprenda, pero nunca hubo una primera persona, porque todas las personas tienen que tener padres, y dichos padres ¡también tienen que ser personas! Lo mismo ocurre con los conejos. Nunca hubo un primer conejo; nunca hubo un primer cocodrilo; nunca, una primera libélula. Todas las criaturas que alguna vez han nacido pertenecían a la misma especie que sus padres […]. Esto significa que todas las criaturas que han nacido alguna vez pertenecían a la misma especie que sus abuelos. Y sus bisabuelos. Y sus tatarabuelos. Y así sucesivamente. (p. 38)

Las palabras de Dawkins son una consecuencia de la manera en que funciona la evolución. Como ya propuso Darwin los cambios en las especies se producen de manera gradual, poco a poco, por lo que pueden parecer imperceptibles. A lo largo de las generaciones los cambios pueden ser enormes, pero sólo nos damos cuenta de la magnitud de los cambios cuando tenemos en cuenta un gran número de generaciones. En cualquier punto concreto, el cambio de una especie a otra puede ser prácticamente imperceptible. Es por eso que Dawkins comenta que nunca hubo una primera persona, un primer conejo,…

Otra manera de considerar lo mismo es pensar en lo que nos pasa como personas a lo largo de nuestra trayectoria vital:

Hemos ido sufriendo cambios graduales, que pasito a pasito, uno detrás de otro, han generado un gran cambio. Tú fuiste una vez un bebé y ahora ya no lo eres. Cuando seas mayor volverás a ser distinto. Pero cada día de tu vida, cuando te levantas, eres la misma persona que se fue a la cama la noche anterior. Un bebé se convierte en un niño, después en un adolescente, después en un joven, después en un hombre de mediana edad y después en un anciano. Y el cambio ocurre de forma tan gradual que nunca hay un día que puedas decir “esta persona acaba de pasar de ser un bebé a ser un niño”. Y del mismo modo nunca podrás decir “esta persona ha dejado de ser un niño y se ha convertido en un adolescente”, como tampoco habrá un día en el que puedas decir “ayer este hombre era de mediana edad: hoy es un anciano”. (p. 40)

En resumen, no hay un punto determinado en el tiempo en el que podamos hacer un corte y decir: esta especie ya no es la especie X; ahora es la especie Y.

No obstante, que no haya un punto de corte determinado no implica que el concepto de especia sea inútil o no tenga sentido. Es por eso que diferentes teóricos evolutivos han propuesto diferentes definiciones y modelos de lo que deberíamos entender por especie. (Para un excelente análisis de esas concepciones puede leerse el artículo La proliferación de los conceptos de especie en la biología evolucionista, de Roberto Torretti)

Para lo que aquí nos interesa sólo vamos a atender, y de una manera muy simplificada, a una de esas teorías: el concepto cohesivo de especie, desarrollado en su día por Alan R. Templeton.

La denominación de la teoría da una pista de su carácter. En lugar de intentar definir a priori qué es una especie, la teoría se fija en qué hace que una especie se mantenga como tal a lo largo del tiempo, qué hace que se mantenga “cohesionada” impidiendo o al menos dificultando la transición hacia otra especie diferente.

Como dice Templeton en el artículo en el que definió su teoría:

[…] el concepto de cohesión define a las especies en términos de los mecanismos que producen la cohesión más que de la manifestación de la cohesión en el tiempo evolutivo.

Según Templeton, los mecanismos que producen esa cohesión son, a su vez, una expresión de lo que Templeton denomina unas “fuerzas”. Esas fuerzas son reales, y son piezas básicas que la biología y la genética evolutiva utilizan para explicar la evolución. Sólo por mencionarlas, Templeton identifica tres fuerzas: el flujo génico, la deriva genética y la selección natural. Cada una de ellas tiene asociado unos mecanismos que le son propios, tal y como han sido descritos por la investigación empírica. (Para los detalles científicos, véase el artículo de Templeton mencionado; a un nivel más divulgativo, puede consultarse el artículo de Antoni Fontdevila La especie: ¿misterio indefinible o quimera real?).

Las fuerzas, y su expresión como mecanismos biológicos, actúan sobre el material base que conforma las especies: los genes. Es mediante esa contribución de fuerzas y mecanismos cómo las especies pueden mantenerse cohesionadas en el tiempo al mantener su esencia genética más o menos estable. Y a la inversa: cuando, por diversas circunstancias, la presión de esas fuerzas disminuye, la especie pierde su cohesión, y puede evolucionar hacia otros lugares, aunque sea de manera lenta y en apariencia imperceptible.

Varias implicaciones de la teoría de Templeton merecen ser tenidas en cuenta, y todas ellas están relacionadas de manera lógica.

En primer lugar, las fuerzas y los mecanismos que contribuyen a la cohesión se determinan mediante la investigación. No son, pues, un grupo cerrado a priori: podría ser que futuras investigaciones mostraran la influencia de otras fuerzas y otros mecanismos en la cohesión de las especies.

En segundo lugar, y como he apuntado, la especiación (el proceso por el que las especies divergen o se diversifican en otras especies) resulta de una disrupción, de un debilitamiento de la cohesión.

En tercer lugar, la cohesión podrá ser más o menos fuerte tanto para las diferentes fuerzas / mecanismos como en momentos concretos. Por ello, en cada caso la cohesión no es un concepto absoluto, sino una cuestión de grado.

Y, en cuarto lugar, si la cohesión es una cuestión de grado entonces lo esperable es que encontremos casos intermedios que puedan ser difíciles de clasificar de una manera certera en una especie determinada.

Es difícil transmitir cuestiones complejas como la idea de especie o la dinámica de la evolución biológica y hacerlo de una manera comprensible y al mismo tiempo ajustada a la realidad. Espero haber conseguido ambas cosas, puesto que a continuación veremos qué tiene todo esto que ver con las bibliotecas.

——————————————————

En un artículo para el blog de Infobibliotecas, Vicente Funes escribía:

Las bibliotecas no tienen genes pero eso no les impide “cruzarse” con otras instituciones, servicios públicos o conceptos.

Me parece que es una idea sugerente y un buen lugar por el que comenzar a reflexionar. Es obvio que no podemos hablar de genes de biblioteca, pero sí que podemos utilizar un concepto relacionado: el meme.

Aunque hoy en día asociamos la palabra meme a todo tipo de imágenes y de videos divertidos, en su sentido original el meme era una idea relacionada con la biología evolutiva. Fue propuesto por Richard Dawkins en su obra El gen egoísta, creando un paralelismo entre lo que sucede con los genes y el mundo de las ideas.

Meme es un neologismo  que resulta de la abreviatura de la palabra griega “imitación”. Según Dawkins, de la misma manera que los genes tienen la capacidad de crear copias de sí mismos y de transmitirse a otras generaciones, las ideas podrían hacer lo propio. Así cualquier elemento de la cultura puede ser un meme que se reproduce y se transmite de cerebro a cerebro, de persona a persona: una técnica, un eslogan, una canción,… o, por qué no, el concepto de lo que es una biblioteca.

El meme que es el concepto de biblioteca es, en mi opinión, el hilo conductor, el espíritu que mencionaba Gallo en su artículo que hace que centros tan dispares como una biblioteca “mesopotámica, helenística, renacentista o una pública del siglo XIX” puedan, aún siendo tan diferentes, ser reconocidas como bibliotecas.

Gallo propone que si no tenemos claro qué es una biblioteca debemos definir esa bibliotecidad. Yo creo que es poco probable que lleguemos  a una definición satisfactoria de lo que es una biblioteca, y de hecho las polémicas y controversias en torno al futuro de las bibliotecas públicas son la consecuencia de esa imposibilidad de definir, y no la causa de la indefinición del modelo bibliotecario a seguir.

Por ejemplo: para Gallo, el límite a las necesidades y demandas de los usuarios…

[…] debe ser el ético; el de nuestro servicio social y cultural a las necesidades de la comunidad que nos acoge y sustenta. De esta forma, nuestro futuro se debe seguir articulando en torno a la transmisión de la información y la generación de conocimiento.

Pero siempre podemos reinterpretar lo que es la información y la generación de conocimiento de manera que esas definiciones cuadren con las supuestas “necesidades” y “demandas”.

Así que, tal y como hizo Alan Templeton con las especies biológicas, en lugar de definir qué es una biblioteca creo que una estrategia mejor es intentar identificar las fuerzas y los mecanismos que hace que el meme bibliotecario se mantenga cohesionado con el tiempo, permitiendo que centros que pueden ser muy diferentes se puedan seguir identificando como una biblioteca pública. Con ello, también podríamos tener una manera de identificar cuándo la especie “biblioteca pública” empieza a perder su cohesión y, por tanto, cuando empieza a dejar de ser lo que es.

Comencemos pues pensando en qué fuerzas y en qué mecanismos podrían ser los que mantuvieran constante en el tiempo la bibliotecidad, esa idea que a pesar de los cambios en el tiempo hace que podamos identificar una biblioteca pública como tal.

Como en el caso de las especies biológicas, también aquí las fuerzas y los mecanismos que contribuyan a la cohesión se deberían determinar mediante la investigación, o al menos en este caso mediante cierta reflexión histórica. Por ello, la lista de posibles fuerzas y mecanismos podría modificarse, aumentar o disminuir.

Yo voy a proponer tres fuerzas básicas que mantienen la cohesión del meme bibliotecario, de la bibliotecidad. Creo que son fuerzas que se pueden deducir de la historia de las bibliotecas públicas, pero como digo puede ser algo sujeto a discusión. Si estamos hablando de fuerzas que mantienen cohesionado el meme biblioteca, es esperable que sean fuerzas que tengan que ver con el plano intelectual, es decir, que las fuerzas sean ideas mismas. Mencionaré las fuerzas y después haré algún análisis extra.

Las fuerzas que propongo son:

  • El “culturalismo”: a falta de un término mejor, denominaré “culturalismo” a la idea de que la cultura es valiosa, ya sea por sí misma o como un medio para conseguir una finalidad superior
  • Intermediación del conocimiento: llamaré de una manera genérica “intermediación del conocimiento” a la idea de que el conocimiento puede y debe ser gestionado, facilitado y transmitido, y de que esas acciones pueden llevarse a cabo por personas con la suficiente preparación y expertise.
  • El bien común: a grandes rasgos, podemos utilizar una definición popular que se recoge, de entre otros lugares, en la Wikipedia: aquello que es compartido por y de beneficio para todos los miembros de una comunidad en un sentido general, y no sólo físico.

En mi opinión, esas tres fuerzas actuando conjuntas han contribuido a mantener el meme biblioteca tal y como lo conocemos hoy día, y a pesar de los cambios históricos por los que ha atravesado la biblioteca pública. Y es que la manifestación de esas tres fuerzas da a las bibliotecas públicas sus características:

El culturalismo se plasma en la creación de grandes y variadas colecciones de documentos puestos a disposición del público, en la creencia de que la cultura es algo valioso; esa colección de documentos es gestionada por los bibliotecarios, según la idea de que la intermediación del conocimiento es posible y necesaria; finalmente, la noción del bien común sostiene a las bibliotecas públicas como centros abiertos, dado que se considera que aquello que las bibliotecas ofrecen debería redundar en todos los miembros de la comunidad.

Conviene hacer algunos comentarios breves con respecto a las fuerzas, y a cómo cohesionan el meme biblioteca.

La noción de “cultura” es problemática, puesto que pueden existir diferentes concepciones de lo que es la cultura. A mi entender, en el caso de las bibliotecas es útil considerar la cultura en dos de las acepciones que el crítico Terry Eagleton examina en su obra Cultura:

  • La cultura como un cuerpo de obras artísticas e intelectuales
  • La cultura como un proceso de desarrollo espiritual e intelectual

El motivo para defender estas dos acepciones es que cuadra con la deriva histórica de las bibliotecas públicas, y ésa era justo una de las condiciones de la teoría que estoy desplegando: que las fuerzas reflejaran tendencias reales, y no sólo una entelequia posible. De todas formas, no se puede descartar que haya otras definiciones de cultura que puedan ser aplicables al caso de las bibliotecas. Tocaremos este punto más abajo.

He elegido la expresión “intermediación del conocimiento” a propósito, puesto que también creo que tiene su justificación en la historia de las bibliotecas. Desde hace unos años, nos hemos acostumbrado a decir que los bibliotecarios y las bibliotecas son intermediarios de la información, pero ésa es una verdad a medias. Se puede argumentar que la misión de la biblioteca está más dedicada al conocimiento, a su difusión y a fomentar la enseñanza y el aprendizaje, que a la información.

Por último, la noción de “bien común” también es problemática y admite varios sentidos y acepciones, pero creo que la definición que he propuesto capta el mínimo común que de alguna manera tienen todas esas acepciones. Aun así, la existencia de diferentes acepciones implica que puede haber conflicto a la hora de entender el bien común, algo que también veremos más abajo.

Hace un momento he escrito que la manifestación de las tres fuerzas da a las bibliotecas públicas sus características. Pero, ¿cómo se manifiestan esas fuerzas?

A pesar de que el lenguaje puede parecer muy abstracto, la manifestación de las fuerzas no es más que las diversas maneras en que esas tres grandes ideas se llevan a la práctica. Siguiendo el paralelismo con las especies biológicas, estaríamos hablando de lo que Templeton llama mecanismos.

El objetivo sería entonces describir esos mecanismos, esas prácticas que ponen en marcha las fuerzas. No puedo pretender hacer una lista exhaustiva, así que sólo voy a mencionar algunos pocos ejemplos de mecanismos ideales (y recalco lo de ideales):

Culturalismo:

  • Desarrollo equilibrado de colecciones
  • Pautas de desarrollo de colección que contemplen criterios claros de calidad, objetividad, pertinencia,…

Intermediación del conocimiento:

  • Iniciativas de prescripción activa
  • Explotación de la colección
  • Curación de contenidos del ámbito digital

Bien común:

  • Desarrollo de proyectos de refuerzo del bien común (en sus diferentes sentidos)
  • Consideración de las necesidades de los diferentes grupos a los que se dirige la biblioteca (de todos, no sólo los más necesitados o minoritarios)

——————————————————

Más importante que el ejercicio de describir unas fuerzas concretas, es mostrar aquello que la teoría nos puede decir sobre el momento actual de las bibliotecas públicas y sobre su futuro inmediato. Creo que pensar en la esencia bibliotecaria como el producto de unas fuerzas puede ayudarnos a tres cosas:

En primer lugar, a situar de una manera global las diversas polémicas en torno a las bibliotecas públicas que están teniendo lugar.

En segundo lugar, dar respuesta a un par de preguntas importantes en estos tiempos en los que se proponen la incorporación de nuevos servicios o funciones: ¿cuándo una biblioteca pública dejar de ser una biblioteca pública?; ¿qué diferencia hay entre una biblioteca pública y otras instituciones que incorporen nuevos servicios similares a los propuestos?

Y en tercer lugar, una de las preguntas por las que Gallo defendía en su artículo sobre la bibliotecidad la necesidad de captar la esencia de la biblioteca: ¿hacia dónde se dirige la biblioteca pública?

Comencemos por la primera cuestión, la de enmarcar las polémicas actuales de una manera coherente.

En buena parte las polémicas están movidas por un deseo de negociar los significados de algunos de los conceptos que son propios del mundo bibliotecario. Quizá el caso actual más claro sea la renegociación de lo que habríamos que entender como bien común aplicado al caso bibliotecario.

Durante décadas se ha estado dando por sentado que fundamentalmente aquello que las bibliotecas pueden aportar como un bien a la sociedad es la educación, la alfabetización y el acceso a la cultura. En función de los países y las circunstancias de cada comunidad también se han propuesto otras aportaciones, pero las fundamentales seguían teniendo que ver con la lectura.

Pero no todo el mundo coincide en lo que es el bien común, o en qué tendría prioridad a la hora de ser considerado como bien común y en el mundo bibliotecario esta diferencia de concepto es algo que podemos observar en la popularización de la biblioteca social.

Los defensores de la biblioteca social defienden que las bibliotecas pueden y deben llevar a cabo diferentes proyectos en colaboración con el tercer sector y dirigidos a los más vulnerables, proyectos que no necesariamente tienen que ver con las funciones más tradicionales de las bibliotecas de ser custodias del libro y la cultura. Así, aquello que la biblioteca puede aportar de valioso a la sociedad no pasaría sólo por el libro y la lectura, sino por un conjunto más amplio de actividades y de proyectos: información a la comunidad sobre ayudas sociales, ayuda en la búsqueda de empleo, acciones de apoyo a los sin-techo,…

Un proceso parecido de negociación de significados está sucediendo con el concepto de conocimiento. El filósofo y documentalista Mario Pérez-Montoro ha escrito en varias publicaciones sobre aquello que en el campo de la documentación y de la gestión del conocimiento podemos entender como conocimiento.

[…] aparece como ese objeto material donde se puede representar y materializar esos estados mentales que residen exclusivamente en la cabeza de las personas. […] esta representación y materialización permite explicar la transmisión y el almacenamiento de conocimiento (explícito) a partir de la transmisión y almacenamiento de documentos.

Una de las grandes funciones de las bibliotecas ha sido transmitir conocimiento gracias a la transmisión de documentos. Pero dado que el conocimiento son estados mentales, el documento no es la única manera de transmitir conocimiento. Ése es el argumento de fondo para defender la presencia de makerspaces en bibliotecas: argumentar que los bibliolabs también responden a la misión de las bibliotecas porque son una manera más de fomentar la educación y el conocimiento, y en definitiva la cultura.

Si lo que hemos de entender por conocimiento está en disputa, también lo está el papel de los bibliotecarios como intermediarios del conocimiento. Debido al lento pero continuado descenso en el número de préstamos, en la competencia que supone Internet, a la piratería cultural,… muchos se preguntan si no ha llegado la hora de poner más énfasis en otras áreas, precisamente las relacionadas con la redefinición del bien común y el conocimiento: proyectos sociales, fomento de las relaciones con la comunidad, acompañantes y tutores para bibliolabs y makerspaces,…

Pasemos a considerar aquellas dos preguntas recurrentes en relación a los nuevos servicios: ¿cuándo una biblioteca pública dejar de ser una biblioteca pública?; ¿qué diferencia hay entre una biblioteca pública y otras instituciones que incorporen nuevos servicios similares a los propuestos? Para intentar responderlas, utilicemos los casos de los bibliolabs y de la biblioteca social.

La iniciativa de incorporar tecnologías de fabricación a las bibliotecas ha sido recibida con entusiasmo pero también con críticas y miedos. Y es que se pregunta qué tiene que ver, por ejemplo, una impresora 3D y una máquina de coser con lo que se supone que es una biblioteca pública.

Como hemos visto, la estrategia en ocasiones pasa por defender que los bibliolabs también responden a la misión de las bibliotecas si se maneja una concepción más amplia de lo que es el conocimiento. En ese sentido los bibliolabs tienen un perfecto encaje en la biblioteca pública.

Pero puesto que hay otras instituciones como los centros cívicos y los ateneos que también están apostando por los makerspaces, la cuestión suele ser: ¿qué diferencia, entonces, a una biblioteca cuyo modelo es el de los makerspaces de un centro cívico?

Consideremos también el caso de la “biblioteca social”. ¿Dónde está el límite de los servicios dedicados a los más vulnerables?; ¿en qué punto una biblioteca pública deja de ser tal y pasa a parecerse más a unos servicios sociales que a una institución dedicada a la cultura y a la lectura?

Como vemos, los dos casos (makerspaces y biblioteca social) tienen una estructura parecida y despiertan parecidos interrogantes. Y creo que parte de la respuesta a esos interrogantes es considerar la cohesión de la idea de biblioteca.

Tal y como he propuesto, una biblioteca pública deja de ser tal cuando se rompe la cohesión del meme bibliotecario porque las fuerzas que lo mantienen cohesionado se debilitan. Es decir, cuando se debilitan las fuerzas del culturalismo, de la intermediación del conocimiento y del bien público estaríamos legitimados a decir que una biblioteca pública ha pasado a ser otra institución diferente.

Una biblioteca es una institución conformada por el culturalismo, la intermediación del conocimiento y la noción de bien común. Esas tres fuerzas pueden expresarse mediante algunos mecanismos que ya hemos comentado (formación de una colección organizada y fiable de documentos, prescripción cultural activa, creación de proyectos que refuerzan el bien común en sus diferentes vertientes,…). Sólo cuando esos mecanismos dejan de llevarse a cabo las fuerzas de cohesión se debilitan, y las bibliotecas comienzan a convertirse en otra cosa.

Retomemos el caso de los makerspaces. Una biblioteca pública cuyo modelo sean los makerspaces se diferencia de un centro cívico o de un ateneo que también incorpore makerspaces no en base a un sólo motivo. Podríamos decir, por ejemplo, que las bibliotecas tienen la misión de transmitir el conocimiento pero eso es algo que también se puede hacer en un centro cívico.

Algo parecido sucede con el caso de la biblioteca social: una biblioteca centrada en lo social pasa a parecerse cada vez más a servicios sociales en la medida en que el culturalismo y la intermediación del conocimiento se debiliten y se reconfiguren para amoldarse a cierta noción del bien común como aquel trabajo que llevan los servicios sociales y el tercer sector.

No obstante, es obvio que como en el caso de las especies no hay un punto en el que podamos decir que una biblioteca pública ha dejado de ser tal. Por ello,  y también como en el caso de las especies, en un futuro inmediato vamos a encontrarnos casos intermedios difíciles de clasificar.

La cuestión entonces no será si una biblioteca en particular ha llegado al punto en que ya no es una biblioteca, porque es posible que ese punto sea difícil de detectar. Más bien, y siguiendo lo aquí dicho, lo que puede detectarse es una tendencia que puede llevar a una biblioteca pública a perder cada vez más su esencia por pérdida de su cohesión. Una tendencia que, repitamos, vendrá dada por los mecanismos por los que una biblioteca pública se mantiene como tal.

Es en ese plano, y no en el de la definición, donde debería llevarse a cabo el análisis de lo que la biblioteca es o será en el futuro: la voluntad y la posibilidad de bibliotecarios y responsables de bibliotecas de reforzar y de seguir llevando a cabo los mecanismos propios de las bibliotecas públicas, al tiempo que se piensa en cómo incorporar otros nuevos.

——————————————————

Ha sido un camino largo, un camino en el que me he dejado cosas en el tintero para no alargar más aún la travesía, pero en mi opinión el tema sin duda vale el esfuerzo. A las bibliotecas públicas (y a las bibliotecas en general) les esperan importantes retos en el futuro inmediato, además de los retos a los que ya se enfrentan.

Aunque la de bibliotecario es una profesión eminentemente práctica, es un momento en el que deberíamos apostar por reforzar su aspecto teórico y redoblar los esfuerzos por examinar los supuestos sobre los que se asientan las bibliotecas. De ello puede depender que la nota con la que superemos el examen de los próximos retos.

 

Evelio Martínez Cañadas

Bibliotecario en Biblioteques de Barcelona. Me interesan (sin ningún orden en particular): bibliotecas públicas, content curation, ciencia y racionalidad, psicología de la información, lectura, sociedad de la información,... y unas cuantas cosas más.

2 Comentarios a “Una teoría sobre la esencia de la biblioteca pública

  1. Como siempre Evelio un texto muy enriquecedor, razonado y basándote en argumentos de peso necesarios para seguir generando un debate teórico necesario para el momento que están viviendo las bibliotecas. Muy de acuerdo con las tres fuerzas que sirven para dar cohesión a la idea de biblioteca. Son un estupendo punto de partida para la reflexión. Enhorabuena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *