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Nuevas narrativas

El debate sobre las nuevas formas de lectura está a la orden del día. Mientras unos hacen una defensa a ultranza del soporte tradicional —el papel—, otros se muestran claramente partidarios del libro electrónico (véase la controversia que mantuvimos Joaquín Hierro y yo mismo en este espacio). Razones hay que apoyan ambas tendencias —nuestro querido amigo Julián Marquina las recopiló en sendos decálogos—, aunque en realidad cada vez son más quienes abandonan posturas maniqueas para sostener que cada soporte tiene su momento (antes de dormir, el papel, por ejemplo) o su tipo de lectura concreta. Mientras algunos sostienen que los ebooks ayudan a que los niños aprendan antes a leer, no falta quien afirma que la lectura en papel es más profunda que en un dispositivo electrónico. Otros, en fin, hablan de nuevos y diferentes hábitos a partir de las nuevas posibilidades de lectura y hasta hay quienes refrendan la tesis de McLuhan, según la cual “el medio es el mensaje”.

Lo que resulta evidente es que las nuevas tecnologías de la comunicación y la información han revolucionado la lectura y en ella ya nada volverá a ser como antes: lectura compartida, lectura enriquecida… Pero esto es sólo una cara de la moneda, porque también estas tecnologías han convulsionado la escritura. Y no me refiero exclusivamente a los nuevos procedimientos técnicos para la generación de textos, algo que ya se aplica en el periodismo, pero que incluso se han adentrado en el mundo de la literatura para experimentar con la creación de novelas robotizadas.

Antes de que se universalizase la autoedición gracias a la globalización tecnológica de Internet, los blogs fueron las primeras plataformas que permitieron difundir textos literarios a quienes no lograban traspasar la batería editorial. Pero en realidad esto poco difiere de la literatura tradicional, más allá del canal de difusión empleado. Han sido las nuevas herramientas sociales las que han roto moldes al crear nuevas narrativas.

Leyendo en un móvilEl carácter social de estas herramientas ha hecho proliferar la experimentación en el ámbito de la novela colaborativa. Ya en 2011 —hace una eternidad— la Editorial Roca y el Instituto Cervantes apostaron por la redacción de una novela colaborativa a través de la web, cuyo resultado se publicó finalmente bajo el título Voces para un blues negro. Surgieron varias plataformas para la redacción literaria colaborativa como Novlet o Protagonize, pero la mayoría se han reconvertido en sitios de autopublicación —aunque ScoopBook mantiene la idea original como una sección más de su web— o, simplemente, han desaparecido.

Pero lo realmente novedoso son esas narrativas basadas estrictamente en las posibilidades que ofrecen esas herramientas de comunicación que ya forman parte de nuestro universo cotidiano. De todas ellas, sin duda la más explotada es Twitter, que ha recuperado la popularidad de la preexistente narrativa hiperbreve para convertir los nanorelatos en tuit-relatos, tal vez la narración en su más mínima expresión posible. Surge así el término “tuiteratura”, cuya definición aún no se ha concretado de manera definitiva salvo en la limitación de los 140 caracteres. Así, algunos autores lo aplican a la mera reducción de los argumentos, lo que exige gran maestría en el arte de la concreción y cierta dosis de humor:

Para otros autores, identifica un género en el que el relato se va desgranando en brevísimos capítulos, como Serial Chicken, la primera tuit-novela española, obra de Jordi Cervera, que siguió en muy poco tiempo a la primigenia Gatubellísima que Luis Alejandro Ordoñez escribió para su perfil @laosven. Pero en realidad es más propio de aquellos tuits que integran en sus caracteres relatos con todo su sentido:

Obviamente, las características de la propia plataforma permitieron muy pronto la exploración de la creación colectiva, surgiendo muy pronto iniciativas como la que dio lugar a Heart, Keys and Puppetry —un audiolibro editado por BBC a partir de una iniciativa de Neil Gaiman— o la Novela Ñ impulsada del el argentino Clarín.

A medida que la imagen ha ido ganando terreno en las herramientas sociales a través de Internet, ha ido también adueñándose de esta nueva literatura. No es por eso de extrañar que Instagram sea el lugar natural en que la escritora y fotógrafa Rachel Hulin desarrolla su novela epistolar gráfica Hey Harry Hey Matilda. Mucho más radical es la propuesta de Dennis Cooper, autor de la novela visual de terror Zac Haunted House, elaborada íntegramente a base de gifs. Pero no parece necesario prescindir del laconismo para estas nuevas narrativas, como demuestran otros autores que aúnan la hiperbrevedad con la imagen, como ocurre en el caso de la Narrativa hiperbreve de DelaGranja, desarrollada a base de post en Tlumbr.

El boom de la mensajería instantánea móvil también ha propiciado otra fórmula literaria. Ya antes de que alguien se preguntase si es posible hacer una novela con mensajes de WhatsApp, Javier Ruescas y Francesc Miralles experimentaron en la ficción con Pulsaciones —una novela para público juvenil que se plasma en forma de mensajes entrecruzados a través de HeartBits, una supuesta plataforma muy similar—, mientras Alban Orsini recopiló supuestas conversaciones con su madre para elaborar un hilarante —y no menos real— libro publicado por el sello Grijalbo y Nuria Coll ideó Tots els llocs em recorden a tu. Mientras alguien finalmente se decide a concretar esta posibilidad, la app Hooked ofrece “historias de ficción originales y escritas específicamente para este medio y, como tal, construidas en forma de diálogo que ronda las 1.000 palabras”, según nos cuentan en dosdoce.com, mientras que Tiny Books convierte una conversación de WhatsApp en un libro tradicional por un relativamente módico precio.

A todo esto… ¿qué papel jugarán las bibliotecas en la preservación y difusión de esas nuevas narrativas?

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Como inmigrante digital, en ocasiones siento cierto vértigo ante las aportaciones de los colegas que se hallan a años luz de mi experiencia (y de otros muchos bibliotecarios) en el ámbito de las nuevas TIC. Creo que será bueno tomar, de vez en cuando, algún respiro y poner los pies en el suelo, proporcionando un toque de la realidad cotidiana de muchos de nosotros a las valiosísimas aportaciones de nuestros inquietos y afortunados compañeros. Será nuestro grano de arena para luchar contra la creciente brecha digital que se está abriendo entre los bibliotecarios.

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