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Literatura acompasada

La relación entre literatura y la música no es nada nuevo, sino que forma parte del origen mismo de la cultura. No en balde, muchos de los grandes clásicos operísticos no son sino versiones musicales de textos literarios preexistentes. Ya Claudio Monteverdi utilizó La Odisea de Homero para escribir Il ritorno d’Ulisse in patria y Antonio Vivaldi musicó el poema épico Orlando furioso de Ludovico Ariosto. Muchas piezas teatrales de William Shakespare se han convertido en óperas clásicas, como el Otello de Gioacchino Rossini y no son pocas las obras que han dado pie a diferentes versiones operísticas, como las Scenes de la vie en bohème de Henri Murger en las que se basan tanto La bohème de Giacomo Puccini como la de Ruggero Leoncavallo. Algunos compositores se han inclinado por libretos basados en obras de éxito; tal es el caso de Giuseppe Verdi, que firmó óperas como Rigoletto (basada en la comedia Le roi s’amuse de Victor Hugo), La traviata (basada en la narración de La dame aux camélias de Alexandre Dumas, hijo) o La forza del destino (cuyo argumento está extraído de Don Álvaro o La fuerza del sino del Duque de Rivas. Carmen da título a una obra de Prosper Mérimée, pero también a la ópera homónima de Georges Bizet, mientras el libreto de la Salomé de Richard Strauss es una traducción literal a la lengua alemana de la obra de Oscar Wilde. Ruslán i Liudmila de Mijaíl Glinka es una versión de un cuento de hadas de Aleksandr Pushkin, como Voiná i mir de Serguei Prokófiev lo es de la gran novela bélica de Lev Tolstoi. La gran ópera afroamericana Porgy and Bess de George Gershwin está basada en la novela Porgy de DuBose Heyward. Antônio Carlos Gomes compuso en Italia la partitura de Il Guarany para un libreto basado en O Guarani de José Martiniano Alencar, mientras que Heitor Villa-Lobos escribió su Yerma sobre el drama lorquiano. Ya entre las óperas más recientes encontramos la de Íñigo Casalí sobre El Lazarillo de Tormes. Hasta un gran clásico como El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes inspiró el último gran éxito de Jules Massenet.

HimnarioPero, con ser importante, no es éste el tipo de vinculación que ahora nos interesa, pues existen otras tanto o más atractivas aún. Por ejemplo, algunos grandes relatos giran en torno a una pieza musical —una obra clásica la mayor parte de las veces— cuya audición permite profundizar aún más en su lectura. En ocasiones, la relación entre ambas obras resulta muy evidente, como ocurre con la Sonata a Kreutzer de Ludwig van Beethoven, que da título a un relato de Lev Tolstoi; o su Sinfonía n. 3 en mi bemol mayor, op. 55, Eroica, cuya duración marca el tiempo de vida que le resta al protagonista de El acoso de Alejo Carpentier y lo que —teóricamente— ha de tardarse en leer. Del mismo compositor será el Quinteto de cuerdas en do menor op. 104, Una música constante que obsesiona al protagonista del relato de Vikram Seth, mientras que escuchar las Goldberg-Variationen, BWV 988 de Johann Sebastian Bach acabará frustrando a El malogrado de Thomas Bernhard.

De hecho, son abundantes las obras literarias trufadas de continuas referencias musicales, un efectivo recurso de la técnica narrativa, hasta el punto de que se llega a hablar de novelas con banda sonora. Como en el cine, esta música cumple funciones rítmicas, dramáticas y líricas, envolviendo al lector en la atmósfera en que se desarrolla la acción o ayudándole a percibir los sentimientos de los personajes. Es lo que ocurre, por ejemplo, en las novelas de José Ángel Mañas Sonko 95, una de cuyas tramas tiene como escenario un bar con música de fondo, e Historias del Kronen, en la que el hardrock, el punk o el bakalao de los 90 incrementan la intensidad del relato. Aunque no siempre estas referencias adoptan la forma de citas musicales, sino que se limitan a aludir a una estética apropiada o una parafernalia determinada, especialmente en textos dirigidos a un público juvenil como Sylvia de Jill Hathaway:

Samantha mira mi camiseta de Oasis con aire despectivo.

Miro las paredes, los pósters de Nine Inch Nails y Green Day que cuelgan sobre mi cama.

Lleva unos vaqueros rasgados y una camiseta de Alice in Chains.

El melómano británico Nick Hornby, por su parte, ha sido mucho más directo en su novela High Fidelity —lógicamente llena de referencias—, en la que incluye algunas relaciones a modo de listas que denotan claramente sus gustos musicales:

  • Las cinco mejores caras A de single de todos los tiempos:

o   Janie Jones, de Clash.

o   Thunder Road, de Bruce Springsteen.

o   Smells Like Teen Spirit, de Nirvana.

o   Let’s Get It On, de Marvin Gaye.

o   Return of the Grievous Angel, de Gram Parsons.

  • Primeros cinco grupos o músicos que habría que matar a tiros cuando llegue la revolución musical:

o   Simple Minds.

o   Michael Bolton.

o   U2.

o   Bryan Adams.

o   Génesis.

Sin embargo, a veces es la lectura la que sugiere un programa musical determinado. Es lo que le ocurrió a Jordi Savall, que en 2005 editó un libro-disco con su lectura musical del Quijote a base de piezas musicales contemporáneas de Cervantes, “un sueño que tenía desde hace muchos años”.

Determinados escritores parecen sentir una especial atracción por la música, llenando sus obras de referencias. Es el caso de Haruki Murakami, autor de obras como Tokio Blues (Norwegian Wood), 1Q84, Kafka en la orilla, After Dark, Baila, baila, baila o El descolorido Tsukuru Tazaki y sus años de peregrinación, cuyo conjunto supone un magnifico compendio de cultura musical en el que Beethoven, Janácêk, Liszt y Bach comparten espacio con The Beatles, Radiohead, Pet Shop Boys o Bob Dylan, por sólo citar algunos casos. Otros, en cambio, hacen alarde de su capacidad artística componiendo ellos mismos la banda sonora de sus novelas. Es el caso de Carlos Ruiz Zafón, que ha escrito las partituras de las piezas musicales que complementan los textos de su serie El cementerio de los libros olvidados. Tal vez sea éste el autor más conocido, pero no es desde luego el único. Hace apenas unos meses se publicó en España la novela de Elliott Murphy Justicia poética en una edición que incluye un disco compacto con tres canciones compuestas e interpretadas especialmente por el autor para esta ocasión. Esta combinación de papeles —escritores-músicos, músicos-escritores— no es algo que en definitiva deba sorprendernos porque, como dice el propio Ruiz Zafón, “al fin y al cabo, tanto el escritor como el músico buscan colores, armonías y sentido del ritmo para evocar atmósferas y narrar historias”.

Por otra parte, las nuevas tecnologías abren nuevas posibilidades a este maridaje literario-musical. El mismo Ruiz Zafón ofrece la descarga libre —¡sin DRM ni otras imitaciones!— las piezas musicales de la citada serie. Al lanzar la última novela del afamado Lorenzo Silva, la editorial Destino ha generado en Spotify una lista de reproducción con 21 referencias musicales de Música para feos, siguiendo así la estela del burgalés Leandro Pérez, quien no sólo ha publicado en la mencionada plataforma Spotify la lista de reproducción de su novela Las Cuatro Torres —editada por Planeta, del mismo grupo—, sino que también ha hecho lo propio en YouTube. Como no podía ser de otra manera, los códigos QR también han sido utilizados para acercar esas bandas sonoras a los lectores, como ha hecho Antonio Tejerina en su segunda novela, Melodías para morir o matar, Beatriz Fuentes en Verde o Ana Pomares en Generación alada. Por si esto no fuera suficiente, ya existen ordenadores capaces de componer música basada en emociones a partir de “su lectura” de las novelas.

A la vista de lo anterior, me pregunto si en las bibliotecas somos capaces de aprovechar el potencial de estas relaciones para impulsar nuestras colecciones. No se trata de contar con listas de reproducción en plataformas como Spotify al modo de algunas bibliotecas públicas barcelonesas —magnífica iniciativa—, sino de dar un paso más y facilitar a nuestros usuarios el tránsito desde el documento escrito al sonoro y, obviamente, a la inversa. Ante él se abrirá un nuevo panorama lleno de oportunidades para disfrutar.

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Como inmigrante digital, en ocasiones siento cierto vértigo ante las aportaciones de los colegas que se hallan a años luz de mi experiencia (y de otros muchos bibliotecarios) en el ámbito de las nuevas TIC. Creo que será bueno tomar, de vez en cuando, algún respiro y poner los pies en el suelo, proporcionando un toque de la realidad cotidiana de muchos de nosotros a las valiosísimas aportaciones de nuestros inquietos y afortunados compañeros. Será nuestro grano de arena para luchar contra la creciente brecha digital que se está abriendo entre los bibliotecarios.

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