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El papel formador del bibliotecario

Bart Simpson. No debo creer que la formación no es función del bibliotecarioLa reciente difusión en los medios de comunicación del Plan Estratégico de la Biblioteca de la Universidade de Santiago de Compostela ha desempolvado un viejo debate que, sinceramente, a estas alturas creía superado en su totalidad. Es cierto que los titulares informativos estaban redactados en forma tal —“Los bibliotecarios de la Universidade tendrán función de formadores”— que parecían sumarse a sus tareas habituales nuevas responsabilidades docentes, lo que en estos tiempos de crisis que padecemos suena a reducción de recursos humanos o aumento de la presión laboral. El desacierto de los titulares, sin embargo, quedaba paliado en el cuerpo de la noticia, que explicaba el verdadero significado y alcance de la función formadora de los bibliotecarios de la BUSC. En la práctica, el mencionado Plan Estratégico vendría a reconocer el papel formador que le es propio al bibliotecario universitario, siquiera porque el Espacio Europeo de Educación Superior así lo exige.

Lamentablemente, en algún debate entre profesionales se oyó alguna voz discordante entre las casi unánimes felicitaciones que suscitaba este reconocimiento de los bibliotecarios como formadores. Quien discrepaba de la mayoría parecía hallarse conforme con el viejo cliché anquilosado del bibliotecario “guardián de los libros”, erudito de un conocimiento profesional imprescindible para acceder al conocimiento bibliográfico, y defendía su postura con peregrinos argumentos que confundían la formación con la docencia o exigiendo retribuciones extraordinarias por tareas que entendía exógenas a la responsabilidad del bibliotecario.

A nadie se nos escapa que vivimos en un mundo en vertiginosa evolución, en el las nuevas tecnologías de la comunicación y la información parecen reducir distancias y tiempos. Pero si nos detenemos a tomar un poco de aire y reflexionar sobre lo que estamos viviendo observaremos que, al margen de los deslumbrantes cambios tecnológicos, al menos en la profesión bibliotecaria la mutación no es tan radical como pudieran creer los profanos.

Básicamente, dos son los rasgos que tradicionalmente han diferenciado centros de documentación y bibliotecas: mientras los primeros carecían de colección documental física y el usuario dependía plenamente de las habilidades del documentalista para localizar la información deseada y/o necesitada, las segundas se caracterizaban precisamente por su colección, que debía estar organizada de tal manera que el usuario pudiese acceder de manera autónoma a los documentos y la información requerida. Esa autonomía se reforzaba con la llamada formación de usuarios, destinada a orientar al ciudadano en el laberinto bibliotecario y el elemental manejo de las herramientas informacionales entonces disponibles (desde el catálogo a una enciclopedia, pongo por caso). Los avances en materia de TIC han difuminado los límites entre ambos servicios, inicial y especialmente en las entidades e instituciones dedicadas a la investigación (entre las que se encuentran las Universidades). Por eso, las bibliotecas van siendo menos depósitos y más servicios de selección de referencias de documentos accesibles desde otros centros. Esta mutación no exime a los bibliotecarios de sus tareas formativas sino que, antes al contrario, las convierte en más necesarias aún si se quiere mantener la autonomía del usuario en los nuevos centros de recursos informacionales en que se están convirtiendo las bibliotecas. De esta manera, lo que antes era mera formación de usuarios se ha convertido en alfabetización informacional, una tarea empeñada en desarrollar las habilidades informacionales en los usuarios.

Bibliotecas universitarias

La modificación del panorama universitario en Europa parece coherente con esta realidad en lo que a los servicios bibliotecarios se refiere. Ya en el Plan Estratégico 2003-2006 de Rebiun se decía:

Del concepto de biblioteca como centro de soporte a la docencia se ha pasado al concepto de biblioteca como Centro de Recursos para el Aprendizaje (CRA). Es necesario, pues, pasar del papel tradicional de la biblioteca universitaria española, pasivo, reactivo, no participativo, a un papel de participación en el aprendizaje, la docencia y la investigación; un papel activo y participativo.

Los bibliotecarios deben ser consejeros indispensables en el nuevo entorno electrónico. Deben ayudar al profesorado a identificar y a evaluar las fuentes de información, siendo más asesores que guardianes de colecciones. La Biblioteca universitaria y los bibliotecarios deben ser considerados como socios imprescindibles en las tareas de la innovación educativa.

La transformación de las Bibliotecas Universitarias en Centros de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación [CRAI] supone, en definitiva, el reconocimiento práctico de los bibliotecarios como personal formador, algo que de alguna manera debería quedar plasmado en su estatus profesional. Esto no quiere decir en absoluto que debamos considerar el término “bibliotecario formador” como sinónimo de “bibliotecario docente”, sino que el personal bibliotecario debe no sólo participar muy activamente en el desarrollo de las competencias informacionales del alumnado en estrecha colaboración con el claustro docente sino también procurar el desarrollo de estas habilidades en el profesorado mismo, de manera que su participación en la investigación y la formación de los estudiantes llegue a ser una tarea conjunta y armónica, cada uno desde su propia responsabilidad.

Bibliotecas en otros Centros Educativos

Lo dicho es igualmente válido para las bibliotecas de los centros educativos en otros niveles. Siquiera por emulación, parece cada vez más evidente que la formación profesional de calidad requiere cada vez un mayor grado de competencias en gestión de la información, lo que exige la creación en estos centros educativos de auténticos CRA que participen en la necesaria transformación pedagógica y el rediseño curricular, como ya han señalado algunos autores. Y otro tanto cabe decir de las bibliotecas escolares, que deberían seguir los pasos que ya están dando las bibliotecas universitarias, actitud que ya se defendió en el V Congreso Internacional Virtual de Educación (2005):

El CRA parece llamado no sólo a ser la unidad para el control, identificación, búsqueda y recuperación de recursos informativos para Educación, sino, además, un centro de edición de materiales educativos, un soporte de comunidades virtuales de aprendizaje, plataforma de la inoculación de la pizarra electrónica en el aula y gestor de los objetos de aprendizaje adecuados […].

Obviamente, los objetivos de los CRA en los centros escolares no serán idénticos a los propios de los CRAI universitarios, pero no por ello serán menos importantes, pues deberán participar en el desarrollo del espíritu crítico y de las competencias lingüísticas y comunicativas de los menores, proporcionando a los escolares las estrategias de aprendizaje habilidades documentales y tecnológicas necesarias, como ha explicado Gloria Durban.

Bibliotecas Públicas

Pero estas responsabilidades no son exclusivas de los bibliotecarios vinculados a entidades educativas o de investigación, sino que también son propias de quienes desempeñan su trabajo en bibliotecas públicas, en las que deberían fomentarse aún más los programas de alfabetización informacional. Con el sano propósito de mantener la ya mencionada autonomía del usuario en bibliotecas en las que cada vez están más presentes las nuevas TIC, las bibliotecas públicas deben esforzarse en la formación en competencias que doten al usuario de las herramientas y habilidades necesarias para localizar, evaluar y utilizar de manera eficaz la información que necesita, definir las necesidades de información, identificar fuentes y recursos, y realizar estrategias de búsqueda adecuadas. Se trata de una necesidad imperiosa que las bibliotecas públicas deben atender como centro que son de autoformación continuada, dado que el mercado de trabajo exige cada vez más trabajadores que tengan habilidades en búsqueda y gestión de información; más aún: porque la carencia de competencias informacionales recorta la libertad de decisión de los ciudadanos.

Como profesionales, nos puede resultar más o menos simpática la figura del bibliotecario erudito, repleto de conocimientos y aún de buenas intenciones, como el que retrata Wenceslao Scyzoryk este cortometraje:

Pero el bibliotecario no puede permanecer por más tiempo parapetado tras su muralla de libros. No debe deslumbrar por sus conocimientos, sino participar activamente en la adquisición de conocimientos por parte de los demás; debe guardar y preservar, pero también difundir y entregar. Ése ha sido y debe ser el verdadero papel del bibliotecario.

Nota bene. La Red está llena de textos sobre este asunto. Además de los documentos citados, quien discrepe de este planteamiento puede profundizar recurriendo, por ejemplo, a esta bibliografía.

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Como inmigrante digital, en ocasiones siento cierto vértigo ante las aportaciones de los colegas que se hallan a años luz de mi experiencia (y de otros muchos bibliotecarios) en el ámbito de las nuevas TIC. Creo que será bueno tomar, de vez en cuando, algún respiro y poner los pies en el suelo, proporcionando un toque de la realidad cotidiana de muchos de nosotros a las valiosísimas aportaciones de nuestros inquietos y afortunados compañeros. Será nuestro grano de arena para luchar contra la creciente brecha digital que se está abriendo entre los bibliotecarios.

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