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El mayor espectáculo del mundo

El circo, August Macke (1913). Museo Thyssen BornemiszaQuienes trabajamos en una biblioteca o nos afanamos porque los servicios bibliotecarios resulten cada vez más atractivos, efectivos, útiles y reconocidos sabemos muy bien de las dificultades a las que debemos enfrentarnos día a día para llevar a buen término nuestras tareas. Somos conscientes de que formamos parte de una peculiar familia, un tanto extraña; quizá no tanto como la de aquella Maribel que retratara Miguel Mihura, pero con sus peculiaridades. Si lo pensamos bien, en el universo de la cultura sólo hay un espectáculo que en cierto modo se asemeja al de nuestra biblioteca: el circo. Salvo acaso esa trashumancia que parece inherente al espectáculo circense —y que de alguna manera reproducen los servicios de bibliotecas móviles—, nada hay más parecido a un circo que una biblioteca.

No piense nadie que escribo esto con acritud. Algo de ironía, quizá, sí; pero no pretendo ser desabrido. Al fin y al cabo, ser artista circense sea quizá uno de los sueños infantiles que todos alguna vez hemos tenido. Pero es que, además, las similitudes son tales que difícilmente podemos resistirnos a la comparación.

Al fin y al cabo, no son pocas las bibliotecas que apenas cuentan con unas instalaciones precarias, apenas ligeramente mejores que esa gran lona que cobija la ilusión del circo, con sus estrecheces, sus humedades, su frío (o su calor), su antiguado y escaso mobiliario… Es verdad que, en contraste, otras cuentan con instalaciones sumamente vistosas, llenas de colorido y fulgor… que en ocasiones disimulan tras esa fachada de cartón-piedra terribles carencias en las colecciones, insuficiencia de medios, desprecio institucional… Sólo el tesón y buen hacer del personal en ellas empleado pueden llevar adelante un servicio digno, capaz de encandilar a los usuarios (más o menos fieles) como a los niños que se acercan a la carpa del circo cuando éste se instala en nuestra localidad.

Y es que el personal bibliotecario debe hacer gala de equilibrio, agilidad y coordinación como los buenos acróbatas para desempeñar su labor. Y, en muchos casos —especialmente en estos momentos tan difíciles— practicar el funambulismo, caminando sobre el delgado alambre de unos presupuestos cada vez más menguados, ejercitando como los mejores magos sorprendentes números para extraer de un sombrero cada vez más ajado y vacío sorpresas con las que encandilar al público. En no pocas ocasiones se le exige habilidades de contorsionista —incluso pagando el precio de alguna costilla— para encogerse hasta límites insospechados o de escapista para no acabar aprisionado por las limitaciones. Y deberá enfrentarse a las más terribles de las fieras —aquellos políticos y gestores de la cosa pública que se dejan guiar por otros intereses, algunos usuarios intransigentes o maleducados, fantásticos padres que encuentran en la biblioteca su “guardería aliada”…— como un aguerrido domador, o incluso escupir fuego, igual que hacen determinados faquires. En más de una oportunidad se hace necesario actuar como tragasables si no queremos que las consecuencias de los males que acechan nuestra biblioteca sean aún peores, o practicar malabarismo con las escasas herramientas que se nos proporcionan. ¿Qué referencista no ha tenido que echar mano en alguna ocasión de sus dotes como mentalista para comprender la demanda de información que un usuario no acierta a exponernos? Pero todas estas dificultades se esfuman cuando un amable lector de devuelve con un simple “Gracias” nuestra dedicación, cuando un niño nos sonríe ilusionado con su libro bajo el brazo o suelta su inocente carcajada en esa actividad de animación que nos obliga a embadurnarnos la cara y calzar zapatones cual payaso, aunque tengamos el corazón roto por aquellos que siguen sin comprender el valor de nuestro papel y se dejan atrapar por Polichinelas varios.

No es cuestión de ponernos excesivamente trágicos. Antes al contrario, será preferible quedarnos con lo que de mágico y sorprendente tiene el circo, como igualmente lo tiene la biblioteca: en ambos podemos evadirnos de nuestra realidad, conocer exóticos animales o personajes sorprendentes, sentir cómo nuestro corazón se acelera por pasiones o sentimientos diversos, gozar —en fin— de la compañía de todos cuantos participan en nuestra aventura. Aunque nos sorprenda, no son pocos los libros que, de una manera u otra, se acercan al mundo de las artes circenses. Nacidos en los albores de la historia, circo y biblioteca forman igualmente parte de la cultura universal, y ambos merecen de nuestra protección y cariño. ¿Vamos a dejar que se marchiten?

¡Señoras y señores! ¡Chicos y grandes! ¡Pasen y vean! ¡El mayor espectáculo del mundo! ¡La biblioteca!

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Como inmigrante digital, en ocasiones siento cierto vértigo ante las aportaciones de los colegas que se hallan a años luz de mi experiencia (y de otros muchos bibliotecarios) en el ámbito de las nuevas TIC. Creo que será bueno tomar, de vez en cuando, algún respiro y poner los pies en el suelo, proporcionando un toque de la realidad cotidiana de muchos de nosotros a las valiosísimas aportaciones de nuestros inquietos y afortunados compañeros. Será nuestro grano de arena para luchar contra la creciente brecha digital que se está abriendo entre los bibliotecarios.

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