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Daisy, ¿me lo lees?

BrailleA estas alturas no vamos descubrir que, aunque está íntimamente ligada al sentido de la vista, existen otras formas de disfrutar de la lectura, que no es sino un proceso de decodificación de un mensaje, cualquiera que sea la estructura y el soporte de ése. Y aunque esté muy extendida la idea de la lectura como una tarea sumamente íntima, no está reñida con la colaboración entre distintos agentes. ¿A quién no lo han leído un cuento siendo niño o ha disfrutado leyéndoselos a sus retoños? ¿Hace falta que recordemos las lecturas en los refectorios monacales o, más recientemente, en las tabaquerías cubanas (tradición ésta última, por cierto, que las autoridades de la Isla esperan alcance el reconocimiento de la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad)?

La tecnología, claro está, también ha contribuido a la extensión del placer de la lectura a aquellas personas que no pueden hacer uso del sentido de la vista, manteniendo así el carácter íntimo de la relación con el autor, la historia y sus personajes.

Cuando de formatos sonoros se trata, enseguida vienen a nuestra memoria algunos estándares sumamente difundidos, aunque quizá no siempre se tenga idea de cuáles son sus características básicas. Así, el formato MIDI [Musical Instrument Digital Interface] es el más ligero porque en realidad no recoge información sonora propiamente dicha, sino que reproduce en forma de sonidos cualquier tipo de datos informativos. En el otro extremo se encuentra el formato WAV [WAVEform], empleado para almacenar —esta vez sí— ondas sonoras;, mantiene la calidad sonora de la grabación original, por lo que se extendió rápidamente  su uso para la codificación de los discos compactos de audio. Con la popularización de Internet se ha generalizado el uso de otros formatos comprimidos que, pese a la pérdida de datos que genera, son capaces de mantener una calidad sonora suficiente para el oído humano. Así, existen entre otros muchos los códecs Vorbis —popularmente conocido por la extensión de sus archivos, *.ogg ó *.oga—, WMA [Windows Media Audio] —propiedad de Microsoft— o  AAC [Advanced Audio Coding] —algoritmo utilizado preferentemente por Apple y otras grandes marcas—y formatos como RealAudio —empleado en las retransmisiones por Internet en tiempo real y que se adapta automáticamente a la capacidad del receptor— o el archiconocido formato MP3, que ha acreditado su alta capacidad de compresión.

Estos formatos han facilitado la expansión de otra forma de lectura, de una manera diferente de edición que, aunque preexistente, apenas había alcanzado hasta ahora una difusión minoritaria. Ya el primer catálogo de la Columbia Phonograph Company incluía una veintena de grabaciones habladas, entre las que se encuentran algunas escenas de La cabaña del Tío Tom como ésta , una toma realizada por la compañía de Thomas A. Edison en marzo de 1904. Las continuas mejoras tecnológicas despertaron el interés por las posibilidades de los audiolibros. Así, a comienzos de la década de los años 30 del pasado siglo el Congreso norteamericano estableció un programa de libros para adultos ciegos, al que inicialmente se sumaron diecinueve bibliotecas,  que muy pronto incluyó audiolibros impresos en discos de vinilo. La invención del audiocasete incrementó enormemente la popularidad de los audiolibros, cuya oferta saltó los límites de la edición para ciegos con la incorporación de los reproductores en el equipamiento habitual de los vehículos utilitarios. La llegada de Internet a nuestros domicilios ha mejorado enormemente la difusión de los audiolibros, estableciéndose con facilidad redes de préstamo e intercambio.

Lógicamente, la edición de audiolibros para personas con deficiencias visuales graves ha experimentado un gran crecimiento durante estos últimos años debido a muy diferentes causas: agilidad y abaratamiento de la producción, facilidad de transporte… Sin embargo, los códecs y formatos más arriba mencionados carecen de determinadas características necesarias para superar —por ejemplo— la gran dificultad de acceder de forma rápida y sencilla a determinadas partes de un libro, característica ésta imprescindible para una “lectura” no secuencial del texto. Con el propósito de superar estas limitaciones surgió en 1994 el formato DAISY [inicialmente Digital Audio-based Information System, aunque en la actualidad este acrónimo alude a Digital Accessible Information SYstem], que permite el acceso a las secuencias sonoras mediante el desplazamiento por estructuras jerárquicas de datos o mediante el empleo de un índice que recoja los capítulos y apartados que componen el libro sonoro. Esto es posible merced a la combinación de tres tipos de ficheros: archivos de audio —habitualmente en formato MP3—, ficheros con marcas de texto XML y otros sujetos al estándar SMIL [Synchronized Multimedia Integration Language] para la sincronización entre las etiquetas de marcado y los ficheros de sonido. El resultado es un complejo formato especialmente indicado  para la creación de material de estudio y consulta dirigido a personas con deficiencias visuales graves, puesto que facilita la búsqueda de fragmentos sonoros concretos.

Loo DaisyCon el propósito de potenciar la expansión del nuevo formato y la creación de bibliotecas de audiolibros DAISY se constituyó en 1996 el DAISY Consortium —del que forma parte la ONCE—, que poco después decidió adoptar la fórmula del estándar abierto, lo que facilitó la redacción de la norma ANSI / NISO Z39.86 en colaboración con The National Library Service for the Blind and Physically Handicapped , unidad de la Library of Congress, liberada como DAISY 3 en marzo 2002. Además, el  DAISY Consortium está empeñado en la integración de dicha norma en el formato de libros electrónicos EPUB3, de manera que el contenido de los libros electrónicos así generados —que integrarán texto y elementos multimedia de manera sincronizada— sea igualmente accesible a las personas ciegas.

Lógicamente, el contenido sonoro de los libros DAISY puede escucharse en la mayoría de los reproductores hoy existentes en el mercado, pero sin las utilísimas funcionalidades a las que hemos aludido. Por eso se hace necesario emplear dispositivos reproductores específicamente diseñados o algunos de los programas de distribución gratuita existentes en la Red. Por otra parte, la publicación de libros DAISY está supeditada a la normativa legal relativa a los derechos de autor y explotación, igual que los libros impresos o los distribuidos en cualquier otro formato. Sin embargo, en España la única entidad dedicada a la producción y distribución de libros DAISY es la ONCE. Para uso exclusivo de deficientes visuales, los distribuye entre sus afiliados, tanto soportados en discos compactos como mediante la descarga desde Internet a través del “Acceso al Club del Afiliado” existente en su propia web. La “Biblioteca Digital de la ONCE” cuenta en el momento de redactar este post con 36.278 registros (aunque no es posible discriminar en un primer paso los creados en formato DAISY de los generados en formato de braille informatizado TLO), cantidad que aumenta a un ritmo de dos centenares mensuales. Por eso sorprende desagradablemente que dicho servicio web no cuente con un buscador que facilite la localización del libro deseado, máxime cuando la ONCE parece haber demostrado con creces su interés y capacidad para ofrecer herramientas que faciliten la vida tando a sus afiliados invidentes como a otros discapacitados.

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Como inmigrante digital, en ocasiones siento cierto vértigo ante las aportaciones de los colegas que se hallan a años luz de mi experiencia (y de otros muchos bibliotecarios) en el ámbito de las nuevas TIC. Creo que será bueno tomar, de vez en cuando, algún respiro y poner los pies en el suelo, proporcionando un toque de la realidad cotidiana de muchos de nosotros a las valiosísimas aportaciones de nuestros inquietos y afortunados compañeros. Será nuestro grano de arena para luchar contra la creciente brecha digital que se está abriendo entre los bibliotecarios.

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