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Busca, sabueso, busca

Desde que la tecnología informática llegó a nuestras vidas, y más aún a partir del momento en que Internet se “apoderó” de los servicios bibliotecarios básicos —digo esto no sin reserva, pues aún son muchísimas las bibliotecas españolas que carecen acceso a esa otra manifestación de la realidad que es la Red—, parece como si la transformación de determinados procesos como el de la búsqueda documental ha sido tal que no son reconocibles. Sin embargo, por mucho que las herramientas hoy sean distintas, el sustrato continúa siendo el mismo. El problema radica en que no sepamos reconocerlo así, pues eso denota una carencia formativa que debilita nuestra posición profesional —“eso puede hacerlo cualquiera”— y perjudica la calidad del servicio.
¿Qué es el préstamo automatizado sino la anotación de los datos de identificación de un lector y de un ejemplar, vinculándolos entre sí durante un periodo tasado, hasta una fecha en que esa vinculación debería desaparecer con la devolución de la obra?  ¿Qué diferencia existe entre hacerlo en una hoja de papel autocopiable guardada junto a otras muchas en un orden determinado o utilizar una base de datos relacional, más allá de las ventajas —agilidad, seguridad…— la segunda de las herramientas mencionadas? La filosofía del proceso continúa siendo exactamente el mismo, e igual ocurre con procedimientos mucho más complejos.
Búsqueda documental con lupa sobre obra de referenciaEs el caso de la búsqueda informativa o documental, aquella que se refiere al conjunto de referencias que se publican sobre un tema, un autor, una publicación o un trabajo específico y que se define como la operación documental que sigue a la consulta efectuada en un momento determinado por un usuario. La diferencia entre búsquedas manuales y búsquedas on line —es decir, a través de medios informáticos directos— radica esencialmente en los medios empleados. Pero los pasos que se deben seguir son muy similares y conforman la estrategia de búsqueda. Antaño se recurría a ficheros de resúmenes o bibliográficos, boletines de sumarios, bibliografías e índices; hoy, en cambio, echamos mano de bases de datos, directorios y servicios de acceso en línea, ya sea libre o previo pago. En ambos casos, la estrategia de búsqueda se define por una serie de pasos ineludibles, aunque en ocasiones simultáneos:

 1. Definición de la pregunta. En muchas ocasiones hay que conducir al usuario para que precise y delimite su necesidad informativa mediante frases cortas y significativas, definiendo lo más exactamente posible sus intereses. El bibliotecario debe lograr que el usuario responda a preguntas tales como:

  • ¿qué tipos de documentos le interesan particularmente?
  • ¿cuál es la finalidad de la consulta?
  • ¿qué información bibliográfica posee ya sobre el tema?
  • ¿qué fuentes ha consultado con anterioridad?
  • ¿conoce autores especializados?
  • ¿cuál es el límite temporal de la búsqueda, si ésta es retrospectiva?
  • ¿en qué idiomas le interesa que estén escritos los documentos?

2. Análisis de la demanda y preparación de la búsqueda. Con esas respuestas, el profesional definirá y precisará los términos que representan los conceptos contenidos en las frases del usuario, teniendo en cuenta todas las formas de expresión posibles. Para ello será necesario conocer la filosofía del análisis e indización del fondo bibliográfico, base de datos o conjunto de instrumentos que vayamos a utilizar.

3.  Traducción de la demanda al lenguaje documental apropiado. Como consecuencia, y casi al mismo tiempo, se deben traducir esos conceptos a los términos correspondientes en el sistema que se interrogará, para lo que será necesario conocer todos sus campos recuperables o términos de indización (descriptores, identificadores, materias, códigos de clasificación…), recurriendo si es el caso a diccionarios especializados o tesauros para hallar los términos de indización precisos en el idioma del sistema que vayamos a interrogar.
Esta transformación de la demanda resulta extremadamente compleja cuando a través de Internet podemos acceder a infinidad de recursos, cada uno con sus particularidades. Afortunadamente, el desarrollo de las herramientas de interrogación avanza con rapidez para salvar las barreras del lenguaje.

La estrategia someramente descrita en las anteriores líneas es algo que incluso aplicamos inconscientemente cuando realizamos las búsquedas más sencillas en Internet. La introducción de un término en la caja de un buscador es consecuencia de un proceso mental similar al descrito, aunque la rapidez con la que Internet nos devuelve las respuestas nos permite ser en cierto modo descuidados puesto que el procedimiento de refinado de la búsqueda no exigirá una excesiva inversión temporal para eliminar ruido u obtener resultados más pertinentes. Sin embargo, un conocimiento algo más profundo de la herramienta de búsqueda empleada facilita enormemente las cosas.

No se trata de saberse al dedillo el algoritmo de Google —algo casi tan secreto como los componentes de la Coca-Cola, y además sujeto a continuas revisiones y ajustes—, pero sí conocer las diferentes posibilidades de interrogación con las que cuenta el famoso buscador, la definición de preferencias, el uso de operadores, cómo afectan la apertura del perfil de usuario o la localización…

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Como inmigrante digital, en ocasiones siento cierto vértigo ante las aportaciones de los colegas que se hallan a años luz de mi experiencia (y de otros muchos bibliotecarios) en el ámbito de las nuevas TIC. Creo que será bueno tomar, de vez en cuando, algún respiro y poner los pies en el suelo, proporcionando un toque de la realidad cotidiana de muchos de nosotros a las valiosísimas aportaciones de nuestros inquietos y afortunados compañeros. Será nuestro grano de arena para luchar contra la creciente brecha digital que se está abriendo entre los bibliotecarios.

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