De catas de libros y de clubes de lectura

De catas de libros y de clubes de lectura

Releyendo el último número de la revista MiBiblioteca  editada por la Fundación Alonso Quijano, vuelvo a detenerme en el reportaje Cita a ciegas con los libros, de Pilar Bordonaba del Río, galardonado con el Premio Internacional Emilio Alejandro Núñez de Reportajes Periodísticos sobre el Mundo Bibliotecario 2015. En él se argumenta y explicita una actividad bibliotecaria, la de animar a los lectores a probar suerte con sugerencias de lectura, sin que la portada, reseñas u otros condicionantes, influyan en la elección. Comenta, además, las peculiaridades de la puesta en marcha de esta actividad en la Biblioteca para Jóvenes Cubit de Zaragoza, y su aceptación por parte de los usuarios de esta biblioteca. Últimamente, gira en mi cabeza la idea de poner en marcha una cata de libros organizada desde la Biblioteca en la que trabajo, pero con una variante que la entronque con otras catas realizadas por grupos y asociaciones particulares (como BookTasting y sus BookTasters). Esto es, continuar en la línea de trabajo de la Biblioteca Extramuros desarrollada por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez; hacer catas en parques, en bares, en teatros, en fábricas, en Institutos de Educación Secundaria, en librerías, en cines, en gimnasios, en las Redes Sociales. Esto es, en los lugares en los que están los lectores.  Es un reportaje más que interesante, yo diría que esencial,  para poner en contexto qué es una cata y su evolución en esta cita amorosa confiada a la suerte, entre un lector y un libro; cita que puede ir como la seda o resultar tan accidentada como aquel encuentro ochentero entre Kim Bassinger y Bruce Willis. Cosas del amor.

Hay una idea que la autora se esfuerza en dejar clara desde el inicio: la imitación en las prácticas (proyectos, actividades, etc.) culturales. Desde el inicio del artículo, con la frase del escritor inglés Charles Caleb Colton, la imitación es la forma más sincera de adulación, hasta el final del mismo, no inventamos nada porque todo está inventado; la materia prima de la cultura es la cultura anterior; la literatura se construye sobre una gran herencia literaria. Sí, en la cultura como en la ciencia, la tecnología, los inventos y un largo etcétera, estamos subidos sobre los hombros de gigantes, pero cada uno de nosotros, bibliotecarios, centros culturales, bibliotecas, puede y debe, (como lo ha hecho la propia Biblioteca para Jóvenes Cubit de Zaragoza), aportar su impronta, su deriva a cada actividad, integrando en la programación cultural de la ciudad o el entorno rural en el que se inscriben, pequeñas o grandes innovaciones. En los procesos, en los lugares, en los modos de leer, en los soportes, en los encuentros.

Releyendo las palabras de Pilar Bordonaba, me ha entrado el gusanillo de planificar la puesta en marcha de una cata de libros experimental. He seguido investigando, y he vuelto a leer el post del pasado mes de abril en Biblogtecarios: La Olvidoteca: degustación de libros a ciegas, de Sandra Clemente, donde cuenta esta iniciativa de la Biblioteca Provincial de Córdoba (y cómo otras bibliotecas, entre ellas la Biblioteca Pública Municipal de Candelaria (Tenerife) y  la Biblioteca Pública Municipal de Bustarviejo (Madrid), se han puesto en contacto con los compañeros cordobeses para seguir sus pasos). Otra variante de estas citas a ciegas o catas experimentales, es la que desde el 30 de noviembre de 2015 se ha puesto en marcha en la Biblioteca Municipal “Arturo Gazul” de Llerena (Badajoz), denominada Lectura a ciegas.

Dice Ramiro Ribeiro en el blog de BookTasting:

La vida del lector es dura. Estoy seguro de que una de las razones por las que mucha gente lee menos libros de los que quisiera, es porque es una actividad solitaria, lo cual, en los tiempos de máxima interconexión que vivimos, es casi un anacronismo.  Por eso, las catas de libros son un invento genial, ya  que convierten la lectura en una actividad absolutamente contemporánea, Leer se convierte así en una actividad realizable en clave más actual, sin renunciar a las virtudes del modo tradicional: el encuentro previo, personal y profundo, con el libro, y el encuentro posterior, físico y presencial, con otros lectores.

Me llama muchísimo la atención esta reflexión. Seguro que a más de un bibliotecario y a más de un lector le recuerda a la definición de un club de lectura. Los clubes de lectura combaten esa soledad del lector, ponen en contacto sensibilidades, pareceres y disensiones. Nadie va al cine sin tener la necesidad posterior de comentar qué le ha parecido la película. Nadie que lee apasionadamente un libro se queda con las ganas de recomendarlo.  Nadie que haya disfrutado de una buena cena en un restaurante, o de una buena receta de cocina, se priva de compartir la experiencia.

Un selfi en el que no están todos los que son, pero sí son los que están

No están todos los que son, pero sí son los que están

En el Centro de Desarrollo Sociocultural de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), actualmente, hay cuatro clubes de lectura, pero quiero detenerme en uno de ellos. Lleva funcionando desde otoño de 2012 y de él hablé brevemente en Biblogtecarios un año después de su creación, en el artículo Nuevas tendencias de los clubes de lectura.  Hoy, por hoy, con casi una veintena de participantes y con cuatro años de vida, TLeo, el club de lectura intergeneracional está viviendo, en mi opinión, uno de sus mejores momentos. Coordinado por María Ángeles Redondo, encargada de la Sala infantil y de los programas que, en y desde ella, se desarrollan, este club tiene una importante carga lúdica y unas importantes dosis de sorpresa, de cita a ciegas con palabras, con temas, con soportes, con formas de comunicación viejas y nuevas.

Este club tiene las siguientes características:

  • Formado por lectores de edades que oscilan entre los 6 y los ochenta y cuatro años: padres, madres, hijos, nietos, abuelos… no necesariamente emparentados entre sí.
  • Cada sesión o reunión mensual es una sorpresa: no saben ni qué van a leer, ni qué van a hacer, ni qué van a aprender. Sólo que lo pasarán, en cualquier caso, bien o muy bien.
  • Los participantes tienen el protagonismo absoluto en el desarrollo de las dinámicas que son diseñadas y llevadas a cabo bajo la guía de mi compañera María Ángeles.
  • Durante sus cuatro años de andadura, los temas han sido muchos: el amor y la amistad, la mala suerte y la superstición, los nuevos lenguajes de comunicación, las canciones infantiles de cada generación, los viajes, los gustos y aficiones o las lecturas deliciosas que vinculan calabacines (¡!) con diversión y salud.
  • En este club se lee, se escribe, se dibuja, se pinta sin miedo a salirse de los bordes. También se envían wasaps, se canta y se actúa. Se catan palabras, imágenes fijas o en movimiento, sonidos, fotografías, cuadros… y hasta alimentos.
  • El objetivo principal es reducir brechas generacionales y/o tecnológicas.

 

Dicen que antes, cuando el tiempo cundía más porque no había tantas prisas (otro día toca el movimiento slow aplicado a la biblioteca), las diferentes generaciones solían sentarse al fresco las noches de verano. Los abuelos contaban anécdotas disfrazadas de cuentos, los niños jugaban a la gallinita ciega o a corre, corre que te pillo, los padres y las madres se refrescaban las gargantas con refrescos y otras bebidas y, de vez en cuando, la chiquillería dejaba de corretear para sentarse en medio de aquellas tertulias y escuchar, muy pegados a los abuelos, a los padres y a los hermanos, leyendas emocionantes o reconfortantes, por aquello de la repetición. TLeo, además de proporcionar un espacio en el que legitimar la lectura (entendida en toda su extensión), propicia el encuentro entre lectores de diferentes edades que se escuchan, que conversan, que aprenden unos de otros y, lo más importante, se divierten, compartiendo momentos de esos que dicen son de calidad. Quizás no sea otra cosa que actualizar aquellas noches al fresco en las que todos; familia, vecinos, salíamos a las calles para pasarlo bien y esquivar el calor.

Reflexiono sobre las catas de libros, las citas a ciegas y los clubes de lectura. Los clubes de lectura son uno de los instrumentos más eficaces para formar y fidelizar lectores. Las citas a ciegas, apuntaladas sobre la sorpresa y la emoción, pueden estrechar lazos entre la biblioteca y sus usuarios y cambiar la percepción que de la biblioteca pública tienen muchos de ellos (¿en Navidad, alguna Biblioteca se ha librado de la archiconocida frase recriminatoria: aquí no se puede estudiar, esto es un centro cultural? Esta percepción instrumental de la Biblioteca (estoy de vacaciones y voy a estudiar porque en casa no me concentro), me preocupa tanto o más que la percepción que se puede tener en la sociedad de nuestra profesión. Nótese la definición del estudiante, que pretende afear algo a la biblioteca pública: es que esta biblioteca no es para estudiar. Es un centro social. Cultural). En mi opinión, las catas de libros organizadas desde la Biblioteca han de experimentar lugares, aprovechar el potencial de los lectores para descubrir sus gustos y enriquecer (se).  Imagino catas distendidas, en las que conversar sin prisa mientras se prueban fragmentos, poemas, versos. Sabores, palabras, imágenes. La alegría de leer.

Este es uno de mis propósitos para 2016.

The following two tabs change content below.

María Antonia Moreno

Mi blog pretende recoger, analizar y reflexionar sobre proyectos y acciones puestas en marcha desde la biblioteca pública; teniendo como eje y centro de atención el lector. Un lugar de encuentro y conversación para todo aquel que esté interesado en la mediación entre lectores y lecturas; así como en las relaciones de la biblioteca con los ciudadanos. Trabajo en el Centro de Desarrollo Sociocultural, de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, en Peñaranda de Bracamonte (Salamanca).

Latest posts by María Antonia Moreno (see all)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *