Sección de niños, sección de mayores, ¿diferencia obligada?

Sección de niños, sección de mayores, ¿diferencia obligada?

Las bibliotecas públicas han evolucionado increíblemente en los últimos años. No existe casi ninguna en la actualidad que no mantenga su propia sección infantil. A veces incluso, cuando la infraestructura lo permite, dicha sección se aisla con el fin de evitar posibles molestias al resto de usuarios. Sin embargo, hay casos en que la limitación física se extiende a la práctica al no dejar a adultos sacar en préstamo sus fondos.

El mundo de la literatura llamada infantil ha avanzado enormemente y presenta innumerables alicientes para los que ya hemos superado la niñez. Del mismo modo, muchas obras de la sección “de adultos” son perfectamente válidas para ser leídas por menores. Por esto mismo me pregunto: ¿hasta qué punto debemos diferenciar ambos tipos de literatura, recluirlas en secciones específicas y/o limitar su lectura por edades?

Libros para niños

La sección infantil tiene una clara razón de ser. Los niños apenas han comenzado a vivir, todavía hay muchos conceptos que no comprenden o aspectos de la vida a los que no les otorgan importancia. Es conveniente introducirlos en el mundo de la lectura a través de obras especialmente escritas para ellos o mediante adaptaciones adecuadas a su edad (no soy partidaria de esta última opción pero no es del todo negativa hasta ciertas edades).

Esto no implica que debamos dárselo todo masticado o pasado por un tamiz censor por temor a herirlos o traumatizarlos. Los niños no son tontos ni tan influenciables como pensamos. De hecho, las obras más “subversivas” suelen ser las más enriquecedoras, también para adultos. Títulos como el “El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza” juegan con lo escatológico, siempre del gusto de los más pequeños (y de muchos mayores); mientras que “Tres con Tango” habla de manera natural de las relaciones de familia más allá de las convenciones sociales, algo que todavía sigue siendo tabú incluso en nuestro mundo adulto; por su parte los relatos infantiles de Roald Dalh siempre tienen algún matiz perverso e inquietante que podría escandalizar en las reuniones sociales.

Libros para niños para adultos

En principio, los “libros para niños” pudieran no ser de interés para adultos por tratarse de obras de vocabulario muy básico, temas y tramas muy simples. No siempre es así. Para empezar, la calidad artística que demuestran editoriales especializadas como Kalandraka va mucho más allá de llamar la atención únicamente a los niños (algo que se agradece). Por otra parte, historias como las de “La inspiración dormida”, sobre la superación personal y la perseverancia en alcanzar los sueños propios (que casi parece una fábula para adultos desencantados con su vida no soñada), o “El cazo de Lorenzo” acerca de la aceptación de minusvalías psíquicas como el autismo, nos hablan de valores que nunca está de más recordar a cualquier edad. Son mensajes ambivalentes y universales, escritos de manera sencilla, con un cuidado tratamiento gráfico. Niños y adultos sabrán apreciarlos y encontrarán sus propias interpretaciones personales.

Otras veces, el propio autor infantil es incapaz de ocultar sus intereses en temas adultos, lo que rompe la barrera entre ambos mundos. “Alicia en el país de las maravillas” fue concebida como un cuento para unas niñas amigas del autor. Si consultamos su edición anotada nos sorprenderemos de la cantidad de referencias ocultas. Por medio de personajes simbólicos, rimas extravagantes, o acertijos se despliega toda una serie de pequeños destellos de la sociedad de la época.

En otras ocasiones, autores de reconocido prestigio, se lanzan al mundo de la literatura infantil, con todo lo que ello implica en cuanto a calidad literaria. Desde Oscar Wilde con “El príncipe feliz y otros cuentos”, dedicado especialmente a sus queridos hijos, hasta Jostein Gaarder y “El castillo de las ranas”, pasando por la poetisa atormentada Sylvia Plath y su libro de poemas infantil “El libro de las camas” . Aunque también es posible que al escritor serio y con conciencia social, como Orwel le interese que su alegato por excelencia en contra del totalitarismo comunista “Rebelión en la granja” sea válido a múltiples niveles. La historia está bien contada y sirve como metáfora de diversas injusticias políticas o como cuento de animales con moraleja.

Por otra parte nos encontramos con los cuentos tradicionales, mucho más perversos de lo que nos parece a simple vista. Hoy en día semejan ser materia casi exclusiva de estudiosos de la literatura o de la antropología, debido a sus referencias sociales y significados ocultos. Algunas de sus posteriores adaptaciones literarias censurarían los aspectos más oscuros de los relatos, así como otras añadirían consejos morales no presentes en las versiones originales. Mientras que diversas versiones de Caperucita Roja hablarían de sacrificios humanos (la original) o de los peligros de acostarse con desconocidos (la versión de Perrault), los hermanos Grimm idearon un final feliz que ponía al lobo en su lugar y a la abuelita lejos de su panza.

Los comics, mundo aparte

Atrás quedaron los tiempos en los que los comics se consideraban un mero entretenimiento sin valor literario o artístico. La llegada de la llamada “novela gráfica” ha desterrado para siempre esta idea. Porque no todo es Asterix o Tintín, las colecciones por excelencia que todo niño debe leer. Hay mucho más allá, y mucho más complicado de clasificar. Obras como “Carlitos y Snoopy” fueron evolucionando a lo largo de los años: desde unos comienzos puramente infantiles, hasta convertirse en una tira que rebosaba sabiduría, resignación y melancolía.

De manera similar, “Calvin y Hobbes“, acerca de las aventuras de un niño y su tigre de peluche, se postuló en sus comienzos como una tira cómica sin más. Rápidamente comenzó a incluir innumerables pensamientos críticos acerca del arte, así como numerosos dilemas morales y existenciales, sobre la vida, la muerte y la responsabilidad del individuo acerca de la responsabilidad sobre sus actos. Debido a sus preciosas ilustraciones y sus historias sobre las trastadas de Calvin, siguen encontrándose sus tomos en las secciones infantiles a pesar de ser más que interesantes para una mirada adulta.

Libros para todos

Como se puede comprobar por los ejemplos, no siempre los libros pensados para un público en particular serán de interés únicamente para ese espectro. Es más, muchos autores escriben de manera neutra, sobre temas universales, con un estilo accesible a todas las edades. No piensan a quién va dirigido el libro, sólo escriben para que alguien lo lea.

Por otra parte, no todos los lectores son iguales. Algunos serán lo suficientemente maduros como para enfrentarse a determinadas lecturas en la adolescencia, mientras que a otros no les interesará hacerlo ni siquiera en la madurez de sus vidas. Soy consciente de que en muchos centros tienen en cuenta estas singularidades y que tratan de paliarlas. Pero sé que aún hay sitios donde no es tan fácil sacar en préstamo “El principito” si a nadie se le ocurrió adquirir una copia para la sección de adultos.

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María Benitez

Bibliotecaria, documentalista y community manager en formación constante. Me apasiona navegar por la red en busca de noticias y nuevos datos acerca del mundo del libro, la edición, las bibliotecas y las redes sociales. A través de este pequeño espacio trato de transmitir mis inquietudes y descubrimientos. Siempre a la caza de aquello que me resulta más llamativo, más curioso y poco conocido.

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