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Mi biblioteca universitaria

libros_betsaDesde hace unos meses me paso las tardes trabajando como auxiliar de biblioteca en la biblioteca de una escuela universitaria. Aunque he de admitir que soy una romántica de las públicas (con su fondo variado, sus usuarios variados, sus problemas variados) ésta tampoco está nada mal. De hecho, en los pocos meses que llevo allí he llegado a una serie de curiosas e interesantes conclusiones que me gustaría compartir con todos vosotros.

Los usuarios nos quieren y confían en nosotros. Sí, es verdad aunque no lo parezca a priori. Casi siempre que buscan algo se acercan al mostrador con mirada confusa y piernas temblorosas (a veces con la signatura, a veces con un título, a veces con un concepto abstracto que vete tú a saber qué significa porque lo comentó el profesor en clase y tampoco estaban atendiendo del todo). Al principio parecen tener miedo de molestar, pero algo dentro de ellos les dice que sólo nosotros sabremos interpretar sus palabras y que, casi sin mirar el catálogo, encontraremos el volumen ansiado. Y la verdad es que tengo compañeros que hacen justicia a esta creencia :)

Los usuarios nos tienen miedo (I). A pesar de la confianza ciega que parecen depositar en la profesión, algo dentro de ellos les dice que cuando devuelvan tarde un libro los vamos a encerrar, durante el mismo tiempo que se han retrasado, en uno de nuestros depósitos húmedos, fríos y sin calefacción. Unos llegan y nos dicen con voz nerviosa “va un poco tarde, jeje”; otros “¿me puedo ir ya?”, y antes de escuchar la respuesta se han ido corriendo por el pasillo. Pronto comprendes que éstas y otras frases similares son traducción directa de “debía haber devuelto el libro hace 20 días y se me pasó por completo porque acabó olvidado entre una pila de apuntes de la que, dicho sea de paso, también me olvidé”.

El préstamo debería durar “un día más”. El 90% de los libros devueltos con retraso sólo lo han sido por un día. O los chicos tienen tendencia genética a acordarse de la biblioteca únicamente al vencerles los préstamos, o el número de días que dura dicho préstamo no se ajusta en absoluto al uso que hacen nuestros estudiantes de los libros. Creo que los 10 días que hay en nuestra universidad debieran ser sustituidos por el concepto de “cuando recuerde que me he llevado los libros o me avisen de que alguien lo quiere”.

Internet es maravilloso pero nos vacía la biblioteca. Me cuentan mis compañeros batallitas de aquellos lejanos tiempos en que no había un segundo de descanso de tanta circulación de fondos. Hoy mucha de la información que manejamos está en internet, tanto en acceso abierto como a través de diversas bases de datos contratadas y a las que a menudo los estudiantes pueden acceder desde sus casas autentificándose. Resultado: biblioteca vacía. Sin embargo hay que considerar el lado bueno de la situación: nunca estuvieron las estanterías mejor ordenadas.

Colocar nunca fue tan relajado

Los sistemas de ordenación no son para los usuarios. Admitámoslo: lo de las combinaciones de varias líneas de letras y números es complicado (no hablo ya de la CDU, no sé cómo sobreviven en bibliotecas públicas). Por eso no debe extrañarnos encontrarnos un libro del 76 en el 83, o un 45 ALT después de un 45 FLO. Podríamos pensar en una posible dejadez por parte del usuario (“oh, mira, hay un hueco, seguro que aquí iba el libro que cogí en el otro pasillo hace dos segundos“) aunque personalmente me decanto por las teorías conspirativas (sí, chicos, os veo, sé que escondéis los libros en otras materias para que no se los lleven vuestros compañeros, soy yo la que os estoy saboteando el plan recolocándolos en su sitio). Como complemento existe la variante “dejemos 20 libros en la mesa que total los bibliotecarios se aburren”.

Hay libros muy caros, pero muy caros de verdad. Me da risa recordar la polémica que se suscitó hace un par de años cuando salió a la venta el último volumen de “Canción de hielo y fuego” por su alto coste. Si esas personas quieren escandalizarse de verdad deberían adentrarse en el fascinante mundo de la edición científica: cuando un libro de apenas 200 páginas cuesta casi 40 euros, o cuando descubres obras de 800 euros y sólo son un tomo. Y de publicaciones periódicas ya ni hablamos.

Los usuarios nos tienen miedo (II). Aunque ya hemos dicho que somos como dioses para ellos (el mejor motor de búsqueda está en tu biblioteca, que decía el ALA hace años) no quieren vernos si se trata de estudiar. En nuestra biblioteca ya hay bastantes barreras arquitectónicas entre ambos y, aún así, suelen elegir las mesas más alejadas de la zona de trabajo, cuando no se esconden en salas anexas a pesar de las deficientes condiciones climatológicas de las mismas.

Nadie lee la normativa. En absoluto me importa que la gente nos consulte acerca de determinados aspectos sobre el funcionamiento de la biblioteca, sus reglas, plazos, etc. Lo nuestro es el servicio al público y nadie nace sabido. Sin embargo, a veces se trata de preguntas con respuestas tan básicas, tan obvias, que dudo si en ese momento habrá una cámara oculta al otro lado de la sala para grabar mi reacción. Me asalta hasta tal punto la duda de si hay trampa que acabo teniendo que revisar el reglamento o preguntar a mi compañero aunque realmente sepa la respuesta correcta.

No cumplir el reglamento puede ser perjudicial para nuestra conciencia (y cumplirlo también). Sólo cuando estás ahí, sola ante el peligro en el mostrador de préstamo, comprendes lo duro que es y que no todo es blanco o negro. Los usuarios llegarán, un día después de la fecha de devolución, queriendo renovar el préstamo. Y tú lo harás porque tu conciencia de bibliotecario liberal y enrollado te dice que no pasa nada siempre que el libro no esté reservado. Sin embargo, algo dentro de ti hará que te sientas como un monstruo corrupto y prevaricador. En el otro extremo, tendrás que decirle que no puedes renovar sus libros a aquél que ha tardado más de una semana en acudir a ti, a pesar de que ponga su mejor mirada de Bambi. Y aunque no cedas a ella se quedará marcada en tu retina. Esta es la maldición del auxiliar bibliotecario.

Y, por último, pero lo más importante que he aprendido estos meses es que:

Hay gente muy buena trabajando aquí. Puede que cada uno tenga su perfil, y que la mayoría vengan de Historia e Historia del arte (oh, no, sacrilegio, no son “bibliotecarios de verdad”) pero lo cierto es que lo que yo me he encontrado han sido todo buenos profesionales. Quizá a unos les interesen más unas tareas que otras, pero en lo que sí coinciden es en querer ofrecer un buen servicio y que cuando la gente acuda a nosotros no se vayan de vacío. Los tiempos son malos para las bibliotecas públicas, pero también para las universitarias. Es bueno recordar que su personal está haciendo lo posible para sacarlas adelante y demostrar el valor que tienen.

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María Benitez

Bibliotecaria, documentalista y community manager en formación constante. Me apasiona navegar por la red en busca de noticias y nuevos datos acerca del mundo del libro, la edición, las bibliotecas y las redes sociales. A través de este pequeño espacio trato de transmitir mis inquietudes y descubrimientos. Siempre a la caza de aquello que me resulta más llamativo, más curioso y poco conocido.

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Comments

  1. By Félix González

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    • By María Benitez

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