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La gente de la selva

La gente de la selvaLa gente de la selva describe pasajes de la experiencia vital de su autor, Colin Turnbull (1924-1994), junto a los pigmeos bambuti que habitaron la Selva de Ituri, en el antiguo Congo Belga (hoy República Democrática del Congo). ¿Pigmeos, selva…? Sí, se trata de un clásico de la literatura antropológica, pero el lector no debe esperar encontrarse con un sesudo ensayo de carácter etnocentrista. Como dice Harry L. Shapiro en su prólogo, «este libro ha optado por seguir un camino poco común: el de retratarlos como individuos, como amigos, cada uno con su propia personalidad. Sus conocimientos acerca de la cultura de los pigmeos y la forma en que la han adaptado a las condiciones de la selva tropical africana le permiten retratar una dimensión de sus vidas que el visitante informal quizá pase completamente por alto. El resultado brinda al lector la posibilidad de adentrarse en el significado de sus vidas y saborear la emoción de participar en una cultura ajena».

En efecto, esta obra de Colin Turnbull nos permite participar de una cultura distinta a la nuestra, precisamente porque su autor no se limitó a observar. Durante sus largas estancias, Turnbull convivió con ellos y participó en ceremonias y rituales de todo tipo (duelo, matrimonio, etc…). Además, siempre defendió la idea de que los individuos tienen derecho a aparecer con su historia personal y a no ser difuminados por la colectiva, de ahí que en este relato destaque la presencia de cada miembro de la tribu y su interacción con los demás.En virtud del grado de implicación alcanzado por el autor, y del que irremisiblemente nos vemos contagiados al leer las 274 páginas del libro, llegamos a conocer a sus personajes como si formaran parte de nuestra vida, como a Kenge, informante y mejor amigo del autor; o a Moke, un anciano muy respetado; a Cephu, el “mal cazador”; e incluso a Amina, la hija de un subjefe de una aldea cercana.

Sólo conociendo un poco las peculiaridades de la personalidad de Colin Turnbull se explican trabajos como La gente de la selva. Pero escribió otros libros de antropología e impartió esta disciplina en distintas universidades estadounidenses. Aparte del estudio de pueblos primitivos como los pigmeos -uno de los últimos pueblos cazadores-recolectores del mundo-, se interesó por otros temas, como la pena de muerte, llegando a ser un reconocido activista en su contra. A este mundo accedió a través de una compañera que daba clases en las cárceles: visitó a los condenados, descubrió que eran víctimas de un sistema injusto y, como era característico en él, intimó con ellos y con sus familiares. Llegó a escribir un artículo que hoy todavía se cita sobre la pena de muerte en el que la equiparaba a la esclavitud: para él, ambas brutalizan tanto a quienes la aplican como a quienes la padecen.

En la última parte deLa gente de la selva, Turnbull lleva a Kenge fuera de la selva. Los búfalos le parecen insectos: viviendo dentro de la selva, los pigmeos no tienen la visión preparada para grandes distancias. De la misma manera, nosotros, encerrados en nuestro propio discurso, tampoco podemos ver más allá de las convenciones de nuestra cultura. Esta historia de cazadores-recolectores que en 1950 no sabían encender fuego, arroja luz sobre nuestra procedencia, sí, pero también debería sugerirnos otras formas posibles de enfrentar las cosas y de vivir nuestra propia vida.

Para saber más sobre este libro y sobre la vida de su autor recomiendo visitar el blog de la editorial. Y a los más aventureros, quizás les interese saber que es posible organizar un viaje hasta la selva de Ituri y que existe la posibilidad de acampar cerca del poblado pigmeo y por la noche escucharles relatar algunas de sus historias de caza.

Referencia bibliográfica

Turnbull, Colin. La gente de la selva. Santander: Milrazones, 2011. ISBN 978-84-937552-8-7

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Maria José de Acuña

Me interesa compartir contigo a través de este blog contenidos relacionados con un tema que me apasiona: los futuros del libro. Hablo en plural porque así lo creo: cada uno de los integrantes de la cadena de valor de ese artefacto, que hasta ahora hemos llamado libro -y ninguna tecnología ha logrado desterrar-, ha de ir encontrando su modelo de negocio. De hecho, asistimos a esos ensayos que para algunos son excesivamente tímidos. En efecto: nos encontramos en una fase de transición en la que predomina la prueba-error para los diferentes implicados en el proceso de edición y comercialización del libro, sobre todo para los que se atreven a innovar. Pero que conste que soy una gran defensora del papel y estoy segura de que, como soporte, convivirá mucho tiempo con formatos electrónicos. Leeremos y consumiremos contenidos de manera también diversa, por lo que en mi ánimo no estará la confrontación ni la defensa a ultranza de un futuro enteramente digital. Ese es un debate para mí agotado.

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