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Diez errores comunes en la sala infantil de las bibliotecas

En esta sociedad de la sobreinformación, tendemos a darle más importancia a lo estético y su vertido en las redes sociales que a lo funcional, y esto ha provocado que ámbitos tan especiales como la sala infantil de las bibliotecas queden a merced de este tipo de actuaciones, sin analizar si su organización y servicio cumple unos estándares de calidad acorde con las demandas de sus usuarios.

Ballesteros

Dinamismo en la Sala Infantil de la Biblioteca Pública de Santiago Ánxel Casal (A Coruña) . Fotografía: Álvaro Ballesteros

Una sala infantil respira día a día y, por tanto, debemos considerarla como un ente vivo, que se alimenta de las percepciones y las decisiones de los bibliotecarios bajo una línea directriz, si bien muchas veces no son las más acertadas o no encuentran la respuesta directa por parte de esos últimos. Precisamente, en este punto es donde esos profesionales deben estar atentos para sacar las conclusiones oportunas de por qué se está produciendo esa situación y cómo cambiarla para canalizar lo que antes eran errores en nuevas formas de actuación más productivas y enriquecedoras para la comunidad.

Por este motivo, y a partir de mi experiencia tanto en mi centro de trabajo como en otros que he visitado, he creado este decálogo básico de lo que no se debe realizar en una sala infantil de una biblioteca. El resultado final demuestra que seguimos cometiendo errores básicos propios de la gestión bibliotecaria, así como otros derivados de la falta de empatía con los usuarios, pero que se pueden subsanar perfectamente a través de un proceso constructivo en el que se tenga siempre en cuenta que la subjetividad bibliotecaria debe estar acompañada de la de los propios usuarios de dicha sala, así como la de sus padres, dando lugar a una simbiosis casi perfecta.

      1. Decoración perenne.

Una de las cosas que más valoran los usuarios infantiles es una decoración atractiva, original y creativa, aunque no estridente, donde habiten colores vivos y formas diversas, lo cual genera un ambiente confortable, de carga positiva y atrayente para la lectura.

No obstante, no debemos caer en el tópico de decorar dicha sala una vez y olvidarnos de ella hasta que nos vuelva a picar la curiosidad o las ganas de cambiarla porque si bien esos usuarios van creciendo físicamente y en conocimiento, es responsabilidad del propio bibliotecario transformarla periódicamente —en la medida de sus posibilidades— para estar en sintonía con un ente vivo que ofrece nuevas perspectivas que se salen de ambientes cerrados y rutinarios.

Aunque los recursos sean muy limitados, hay que ser recurrente con el cambio de decoración para reutilizar materiales y generar un espacio diferente cada cierto tiempo, buscando incluso la participación de los propios usuarios, provocando así una identificación con el medio. Una misma decoración genera rutina, desidia visual de quienes visitan la sala, ahogamiento de interés de los padres por utilizar dicha decoración para contar historias a sus hijos, y estancamiento informativo del propio bibliotecario. Los cambios hay que verlos siempre de manera positiva y las decisiones decorativas como el proceso de ruptura con la desidia y el corsé de cumplir por cumplir.

      2. Ausencia de actividades.

Una sala infantil no es un depósito de libros o las simples estanterías de esas librerías desfasadas en las que todo permanece inmóvil; su bandera debe ser la actividad constante fruto de planes de animación a la lectura tanto propios como externos, así como de actividades con carácter periódico en las que se garantice una fase de aprendizaje, conocimiento interactivo, educación en valores, diferenciación de aspectos básicos,  etcétera.

La respuesta evidente está asociada a cuando los padres, tutores, animadores socioculturales y docentes te preguntan qué tipo de actividades se hacen en la misma, lo cual hablará positiva o negativamente de la propia biblioteca

      3. Orden.

Uno de los mayores errores que se suelen cometer es la imposición del orden en este tipo de salas en la que los libros deben estar colocados milimétricamente en las estanterías, importando más su aspecto visual que su funcionalidad, como si fuese un escaparate en el que el cristal ejerce de barrera entre ambas partes. Normalmente, esta forma de proceder genera rechazo entre los usuarios más pequeños, sobre todo en aquellos que están dentro del período de las primeras letras, pues no se atreven a romperlo por miedo a las consecuencias, derivando de una especie de inmovilización ante ellos más que en un acercamiento pleno.

Hay que entender que la sala infantil es un laboratorio del conocimiento y de experiencias en la que todo debe estar al alcance de aquellos para generar inquietudes, fomentando gustos y rechazos, saciando la curiosidad, y diferenciando colores y gamas, entre otras cosas.

Por eso, sería conveniente colocar libros o grupos de ellos sobre las mesas e incluso en el mismo suelo de manera apilada o realizando figuras geométricas para llamar la atención de esos potenciales lectores y contribuir a fomentar la funcionalidad del libro. Tampoco se trata de que todos estén mal colocados porque entonces se dificultaría la labor del propio bibliotecario y se daría la imagen de la anarquía en la que todo vale a cambio de nada, sino de concebir el espacio de una forma más dinámica y viva donde impere las ganas de conocer.

      4. Prohibida la entrada de animales.

Este punto sí es bastante polémico y daría mucho para una larga discusión bibliotecaria porque no se puede convertir una sala infantil en un zoológico en el que cualquier pueda llevar su mascota a la misma, con los consiguientes problemas de olores y formas de actuar de cada una de ellas. Pero cada vez más se están haciendo actividades en las que interactúan los animales con los pequeños usuarios con el fin de que estos descubran las ventajas de tener un animal y su relación con la lectura y los estados emocionales.

       5. Obstáculos a la discapacidad.

Rechazo abiertamente esa filosofía de colocar mesas, expositores, estanterías y multitud de objetos repartidos por todos los rincones de las salas infantiles hasta generan un campo de minas que hay que ir sorteando para llegar a un simple libro.

Estos laberintos hay que derribarlos para crear espacios más abiertos donde el campo visual de los lectores sea tan amplio que les permita moverse sin impedimento alguno, lo cual entronca con los usuarios discapacitados, que muchas veces se ven doblemente impedidos por esta barbarie. Una niña que tenga que moverse en una silla de ruedas tiende a esforzarse por eliminar con sus manos cualquier barrera que se vaya encontrado en su camino y esto dificulta aún más su movilidad, a la vez que nos transmite el mensaje claro y conciso de que solo pensamos en un tipo de usuario y concebimos los propios espacios para colectivo que no es universal.

      6. Estanterías como muros.

He vivido (o lo sigo haciendo a diario) este problema en primera persona. En ninguna cabeza se concibe tener estanterías altas para colocar libros infantiles, lo cual genera otra barrera física producto de la preponderancia de lo estético frente a lo funcional. Esta forma de proceder provoca desidia y falta de interés en quienes, en principio, deben abalanzarse sobre los libros con afán de interés y curiosidad, y lo que se encuentran es otro alambre de espinos que no les permite alcanzar la libertad del conocimiento.

      7. Leer no significa hacerlo sentado en sillas.

Esta actitud está directamente relacionada con el orden y las pautas de comportamiento en las que siempre deben prevalecer los buenos modales y la rectitud. Los libros no entienden de esos parámetros y hay que ser más espontáneos porque lo que prima es un ambiente cómodo y distendido: el suelo es uno de ellos, en la que el lector está autorizado moralmente para adoptar la postura que quiera de manera individual o acompañado por su padre o madre. ¿Qué hay de malo en ponerse a leer con la espalda contra el suelo y los pies en alto apoyados en una pared?. Lo que se busca es fomentar la lectura, el aprendizaje y los servicios bibliotecarios, y las excesivas normas crean otro muro más que genera sentimientos opacos en los lectores.

      8. Silencio y más silencio.

Entrar en una sala infantil y ver que el silencio impera de manera sepulcral es como respirar sin tener aire. En un laboratorio siempre están presentes los intercambios de ideas, sonidos, palabras, gestos, risas, enfoques de padres sobre la percepción del contenido de un libro, exclamaciones de los más pequeños antes una lámina que llama su atención, la inquietud de quienes experimentan con libros táctiles, etcétera.

El silencio es otra herencia de pautas y conductas desfasadas, anacrónicas y serviles que solo conducen a percibir ese entorno con un carácter de temporalidad, es decir, coger un libro y salir corriendo.

       9. Carteles y más carteles.

Carteles que lo explican todo como si todos fueran tontos y que, al final, pocos leen, cumpliendo más una función de advertencia que de ayuda, a la vez que contribuyendo a ese barroquismo que dificulta una forma más libre de moverse por la sala. Además, en algunos casos se tiende a poner el logo de la biblioteca y de la institución a la que pertenece, una excesiva oficialidad propia de la Administración Pública que habla bien a las claras de que existe un ente que lo fiscaliza todo.

      10. Prohibidos los libros en otros idiomas.

Particularmente, esto es algo que me duele bastante. Las partidas presupuestarias de las bibliotecas suelen ser bastante reducidas en estos tiempos donde la famosa crisis económica sigue azotando la cultura, pero esto no debe convertirse en un obstáculo para aumentar fondo bibliográfico con libros escritos en otros idiomas que se hablan en España, caso del euskera, el gallego y el catalán, así como los de otros países.

Evidentemente, hay que atender a la realidad de quiénes son los usuarios que utilizan sus servicios, pero también es un deber del bibliotecario contribuir a su enriquecimiento cultural y lingüístico, potenciando el conocimiento literario internacional en cualquier lengua como forma de contribuir a la educación infantil.

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Francisco Javier León Álvarez

Soy licenciado en Geografía e Historia y trabajo en la Biblioteca Pública Municipal de La Orotava (Tenerife). Actualmente, colaboro en prensa y gestiono un proyecto editorial de autoedición, y me interesan todos aquellos aspectos sociales y culturales relacionados con las sociedades en desarrollo y los mal llamados países del tercer mundo. La creatividad se potencia cuando vas a contracorriente como las truchas para no sucumbir a las normas de lo cotidiano, y disfruto haciendo postres porque la vida y el trabajo bibliotecario son una mezcla de ingredientes, olores y sabores de resultado incierto.

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  1. By Félix González

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  2. By Eloy Orte

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  3. By Paula

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