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¿Para qué sirve la biblioteca pública?

Cualquier entidad, institución, empresa, organización… que no se quiera quedar anquilosada, necesita hacer una reflexión constante sobre su existencia y fundamentos. Un antiguo jefe me solía repetir una anécdota: conoció a un empresario que le decía: “yo no me dedico a hacer tornillos y tuercas: me dedico a los ensamblajes”. Esto le permitía no apalancarse y estar abierto a los cambios: ¿qué pasaría si la fábrica de tornillos ya no tenía mercado? Teniendo una visión más amplia, y sabiendo cuál es el objetivo primigenio (los ensamblajes, no los tornillos específicamente), este empresario podía adaptarse a los nuevos tiempos.

Second LifeUna colega bibliotecaria / documentalista / gestoradelainformación, etc. me decía hace poco: “tenemos que quitarnos de la cabeza que nosotros somos bibliotecarios. O que somos documentalistas. O que somos gestores de la información o del conocimiento. Nosotros somos expertos en organizar”. Efectivamente, igual que los informáticos tienen un pensamiento muy lógico, o los artistas muy creativos, nosotros tenemos la capacidad de organizar. Esto nos abre un campo inmenso: además de organizar libros en los estantes, o documentos en los archivos, también podemos organizar las piezas en un museo, los procesos de trabajo de una organización, o incluso la logística de un evento.

Con ánimo o sin él de controversia, quiero poner encima de la mesa la siguiente cuestión: ¿cuál es el papel de la biblioteca en nuestra sociedad del bienestar?

En un origen, la biblioteca pública tenía como objetivos paliar dos carencias de la sociedad:

  • por un lado, la sociedad no tenía un alto nivel de escolarización y alfabetización, y por tanto la biblioteca debía proporcionar los medios para acercar la cultura a la gente;
  • por otra parte, el nivel adquisitivo de la población no permitía ese acceso generalizado y democrático a la cultura.

¿Qué queda, en el año 2011, de estos dos objetivos primordiales? ¿Son los mismos? ¿Han cambiado? ¿Debe la biblioteca replantearse calmada y serenamente qué es y para qué sirve, su misión y sus objetivos?

En esta sociedad, todo el mundo (o su inmensa mayoría) tiene acceso a la cultura. Nuestro nivel adquisitivo nos permite adquirir (si queremos) cualquier documento que nos interese. Con las nuevas tecnologías, incluso, el acceso a los mismos es de ámbito mundial: podemos tener en pocos días cualquier libro editado en cualquier parte del mundo.

En cuanto a la educación, existe la enseñanza obligatoria, y hay un 100% de alfabetización, con una instrucción amplia y multidisciplinar. ¿Qué puede ofrecer la biblioteca, pues? ¿Qué vacíos tiene la nueva sociedad que esta institución podría llenar?

Podríamos apelar al gran fracaso escolar (yo diría, defendiendo a la institución educativa, al gran fracaso social), y a los últimos datos del informe PISA para alegar que los niños y jóvenes tienen grandes carencias en comprensión lectora (sorprendentemente, tanto en papel como en soportes digitales). Pero esto no puede paliarlo la biblioteca pública. En todo caso, si los poderes lo permitiesen, debería ser función de las bibliotecas escolares, integradas estas en la comunidad escolar y entendida como una esencial herramienta educativa, con talleres de literatura y con clases sobre uso de la información. Y no como sala de reuniones, amenaza de castigo a alumnos díscolos, o almacén de libros para prestar durante una hora tras la jornada escolar. El acceso a las fuentes de información y su adecuada utilización es un clave fundamental de la educación en estos tiempos, y los poderes deberían poner los recursos para ellos, vía biblioteca escolar y personal preparado para ello.
La biblioteca pública no puede llevarse a todos los niños y jóvenes de todas las escuelas e institutos, a formarse en literatura y en uso crítico del universo informativo en el que se tiene que mover. Simplemente, no puede asumirlo, aunque por carencias en la biblioteca escolar se crea con la obligación moral de ejercer esa función.

Por otro lado, tampoco puede “competir” en la oferta de libros, con las librerías. Y más, en tiempos donde grandes cadenas ofrecen miles de libros disponibles en enormes superficies tanto físicamente, como gigantescos catálogos de compra por internet, con disponibilidad en 48 horas. La biblioteca no puede hacer promoción de sus fondos. ¿Por qué? Porque si la biblioteca promociona que tiene el último libro de Isabel Allende, corre el riesgo de que vengan 6 personas a pedirlo. Y el último de ellos se tendrá que esperar, a 30 días por usuario, 6 meses para poder llevárselo en préstamo, porque sólo cuenta con un ejemplar. El usuario, si quiere el libro, se irá a la tienda más próxima, y en pocos minutos, y gracias a su poder adquisitivo, se lo comprará.

Así pues, si hay educación (aunque deficiente), y poder adquisitivo para acceder a la cultura… ¿debe existir la biblioteca? Y en caso afirmativo, ¿para qué? ¿Qué le da a la sociedad? ¿Cuál es la eficacia, que compensa el enorme dispendio que la sociedad se gasta en ella?

Si cualquier ciudadano tiene posibilidad y capacidad de acceso a documentos fuera de ella, la única ventaja es que los ofrece gratis al primer afortunado que llegue, y al que tenga la paciencia de esperarse (factor cada vez más raro en nuestra dinámica sociedad).

Si los niños tienen esa actitud, desinterés y posiblemente falta de capacidad lectora, ¿cómo hará la biblioteca para atraerlos, y qué les ofrecerá que les interese para que lo hagan?

¿Qué público le queda a la biblioteca? ¿A cuál se debe dirigir, y aplicar todos sus esfuerzos? ¿A educar a los jóvenes? ¿A integrar a personas de otras culturas, recién venidas? Como dijo un político, las bibliotecas están destinadas a convertirse en centros cívicos. En otros países, el silencio ya no es necesario en la biblioteca (espero que aquí no pase, pues si hay algo que diferencia a otros países de nosotros, es el volumen de voz que utilizamos para hablar).

¿Qué nos diferenciará entonces de los centros cívicos, y a los bibliotecarios de los trabajadores sociales? ¿Seremos una mezcla de ellos, y nuestra formación se adaptará para contemplar aspectos como la resolución de conflictos, la integración, etc.?

¿Será también una especie de oficina de información local ampliada, y orientará sobre trámites administrativos con el Ayuntamiento, derechos de los consumidores, y ofrecerá información sobre horarios de museos y transportes a los turistas?

¿Potenciará su valor educativo, dejando de ser un centro de oferta cultural gratuita, para ser una institución formadora? En este caso, al igual que su proyección social, el bibliotecario deberá mejorar sus aptitudes pedagógicas para enfrentarse a ello.

¿Cómo sería la biblioteca del futuro, abierta a las nuevas demandas de la sociedad?: pues una mezcla de centro cívico, oficina de información, aulas de estudio y de formación, y biblioteca… Con apartados de prensa y revistas; acceso a internet y ofimática (¿con videojuegos?); otro para estudios y trabajo; otro para parquing de niños, con cuentacuentos y piscinas con pelotas de colores; con salas para cursillos diversos; apartados para buscadores de empleo, una sala de lectura con divanes… Casi como las de ahora, pero con más movimiento, dinamización, y ruido (digamos que como un FNAC): los lectores quizás estarán en una gran pecera insonorizada.

¿Y de fondo bibliográfico?: obras de referencia, las mínimas, pues la actualidad de las materias está en internet. Tocaría, de forma irremisible, desarrollar auténticos webs temáticos perfectamente organizados (aprovechando nuestra formación para ello: ¡dejemos ya de hacer blogs con las últimas pomposas noticias de la biblioteca, y utilicemos las herramientas tecnológicas para ofrecer servicios de valor añadidos, caramba!), con acceso a revistas y fuentes de información especializadas, demasiado caras para el estudiante o el ciudadano. En papel, sólo tendríamos aquellas excesivamente caras o difíciles de acceder, y teniendo en cuenta su caducidad. De todas formas, hemos de contar con las bibliotecas especializadas, para derivar al usuario que busque una información más profunda.

De lectura, poco: sólo aquella que las librerías no ofrezcan, pues casi es mejor no tener un libro, que decirle al usuario que se espere un año porque 12 personas lo han pedido antes que él. Nuestra oportunidad, histórica, es la de desarrollar una auténtica biblioteca digital, donde el usuario se pueda descargar libremente el libro que quiera, si no tiene derechos de autor, y pagando si los tiene. Cuando digo pagando, no es descabellado: la biblioteca tiene la razón de ser de su gratuidad en la dificultad de la población de poder pagar su acceso a la cultura. En una sociedad con recursos, llegar a un acuerdo con las editoriales para que un usuario pague 3 euros por un libro que en la tienda está a 30, no es una idea a descartar, si ello conlleva un beneficio aceptable para editores, autores y usuarios.

¿Qué le espera a la biblioteca pública? Como organismo de la administración, le cuesta hacer cambios. Mientras no se juegue el cuello, no tendrá una necesidad perentoria de demostrar constantemente qué beneficio le da a la sociedad a cambio del dinero que esta le paga, y por tanto seguir retorciéndose el cerebro para encontrar nuevas formas de satisfacer las necesidades de su cliente, al mínimo coste posible. Esto sólo lo hacen las empresas, que se juegan su subsistencia a que el cliente diga: me interesa lo que me ofreces, o no. Las que no lo hacen, siguen todavía anquilosadas en su dinámica ancestral, como las editoriales y las discográficas, incapaces de pararse, replantearse y redefinirse, mientras siguen perdiendo más y más clientes, y resolviéndolo aumentando más y más los controles y los precios. De hecho, se trata de cambiar la “fabricación de tornillos y tuercas” por “los ensamblajes”.

Nosotros, las bibliotecas del futuro, ¿sabremos hacerlo?


Daniel BecerraDaniel Becerra. Bibliotecario documentalista en Fundación Intervida, ONG internacional. Bibliotecario documentalista en el Comisionado para la Sociedad de la Información, de la Generalitat de Catalunya. Servicio de atención al ciudadano del Centro de Telecomunicaciones de la Generalitat de Catalunya. Asesor de bibliotecas escolares y de centros de documentación especializados.

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