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La lectura y la neurociencia de las emociones

Hace unas semanas, publique un post en mi blog personal titulado La influencia de las emociones en la lectura. En él, describía brevemente algunos aspectos relacionados con las emociones que pueden influir en la manera en que abordamos un texto (como el concepto de autoeficacia, la autoevaluación,….).

NeuronaDesde entonces, varias personas me han preguntado qué se puede decir sobre el proceso inverso, es decir: ¿qué influencia tiene la lectura en las emociones? Pues de eso precisamente es de lo que trata este post: voy a hacer una breve síntesis sobre aquello que, desde la neurociencia, se conoce sobre cómo influye la lectura de un texto de ficción en las emociones (los textos de no ficción también nos influyen, pero este efecto ha sido mucho menos estudiado). Así pues, voy a hablar del cerebro, de neuronas, de experimentos curiosos y de datos chocantes.

Imagino que más de un lector puede estar pensando: “¿Que la lectura influye en las emociones?: ¡pues vaya novedad!?”. Creo que tenemos buenas razones para profundizar un poco en qué ocurre en nuestro cerebro cuando leemos un texto. Personalmente, el motivo principal es mantener viva una sana curiosidad intelectual. Pero tengo otros dos motivos adicionales: si el/la lector/a quiere conocerlos, me temo que tendrá que esperar hasta el final del post.

Comenzaré hablando de unas neuronas que, a estas alturas, seguro que el/la lector/a ya conoce: las famosísimas neuronas espejo. Las neuronas espejo fueron descritas por primera vez en el año 1996, en el cerebro de macacos, concretamente en el área premotora, denominada área F5, y más tarde también se hallaron neuronas espejo en el lóbulo parietal inferior. Cuando las neuronas reciben un estímulo (externo o interno) se dice que “se activan” o “se disparan”, produciendo una pequeña corriente eléctrica. Pues bien, las neuronas espejo del área F5 de los macacos se disparan cuando el mono realiza una acción, pero también cuando el mono observa cómo otro individuo (mono o humano) realiza esa misma acción.  En humanos, se han hallado poblaciones de neuronas espejo en un área del cerebro que es homóloga a la región F5 de los macacos, la llamada área de Broca (que se conoce que juega un importante papel en la generación y compresión del lenguaje), y se ha comprobado que su actividad es similar al de las neuronas espejo de los macacos.

Desde su descubrimiento, se han realizado numerosos experimentos que han relacionado a las neuronas espejo con fenómenos como el origen del lenguaje, la empatía, la teoría de la mente o el autismo. Para el tema de este post, voy a mencionar un experimento muy concreto, que fue dirigido por Lisa Aziz-Zadeh, y publicado en el año 2006 por la revista Current Biology.

Aziz-Zadeh solicitó a los sujetos de su experimento que leyeran unas oraciones en las que se describían movimientos de la mano y de la boca (como “tomar una banana” o “morder un melocotón”) mientras medía su actividad cerebral. A continuación, les mostró unos vídeos de movimientos realizados con la mano (como tomar una naranja) y con la boca (como morder una manzana). Pues bien: se observó que tanto la lectura de las oraciones como la visión de las acciones activaba las áreas del cerebro que controlan los movimientos de la mano y de la boca, áreas que se sabe que contienen neuronas espejo. Así, leer una frase que describe una acción activa las mismas áreas del cerebro que se activarían si realmente realizáramos esa acción. Como dice el neurólogo Marco Iacoboni:

Es como si las neuronas espejo nos ayudaran a entender lo que leemos simulando de manera interna la acción que acabamos de leer en la oración. El experimento de Lisa sugiere que, cuando leemos una novel, las neuronas espejo simulan las acciones que se describen en ella, tal como si las estuviéramos haciendo. (Iacoboni, 2009; p. 95)

Bueno, eso es sorprendente, pero para entender la relación entre la lectura y las neuronas espejo hemos de dar dos pasos más. Arriba he comentado que las neuronas espejo no sólo se activan cuando realizamos un movimiento, sino también cuando observamos ese mismo movimiento. Pero aquí no acaba la cosa: las neuronas espejo se activan con diferente intensidad cuando el mismo movimiento observado tiene objetivos distintos. ¿Y eso cómo es posible? Según Iacoboni, gracias a la participación de las llamadas neuronas espejo “lógicamente relacionadas”, que se activan no a causa de un mismo movimiento, sino de otros movimientos relacionados (como por ejemplo, “coger con la mano” y “llevar a la boca”). Será el contexto en el que se encuentra el individuo el que proporcione una pista de qué acciones seguirán a cada movimiento o situación, provocando así el disparo de unas neuronas u otras (Iacoboni, 2009; p. 81)

El paso final para conectar la actividad de las neuronas espejo con las emociones es éste: las neuronas espejo están conectadas con la ínsula, una zona del cerebro relacionada con el sistema límbico, que es el responsable de producir respuestas fisiológicas en respuesta a estímulos emocionales. De hecho, Iacoboni descubrió en un estudio que la visión y la imitación de rostros que expresaban emociones como la tristeza, el dolor o la felicidad provocaba en los sujetos del experimento la activación del sistema límbico mediante la activación de la ínsula, produciendo así una simulación del dolor observado (Iaconboni, 2009; p. 120)

Así pues, las neuronas espejo nos permitirían simular las intenciones y las emociones de los personajes de una historia en nuestro propio cuerpo. Esta es una idea muy atrayente, pero hasta ahora ha sido poco estudiada. Así, están bien documentados diversos estudios en los que imaginar una escena con implicaciones emocionales (alegría, tristeza, temor) provoca los mismos cambios fisiológicos que provocaría la experiencia directa de la escena. Y esos resultados se repiten incluso cuando a los sujetos se les pide que imaginen ser otra persona. Pero esas situaciones imaginadas no son el reflejo de una lectura de un texto.

Y es que los experimentos que buscan clarificar el efecto que provoca la lectura en las emociones se han basado tradicionalmente en el reconocimiento de palabras o de frases aisladas, y no en el de textos completos. Se sabe, por ejemplo, que la lectura en una pantalla de palabras relacionadas con el concepto “dolor” activa las mismas áreas del cerebro que se activan cuando experimentamos dolor.

Ni que decir tiene que no todas las historias basan su fuerza emocional en el uso de palabras con fuertes connotaciones emocionales. Por poner un ejemplo, los cuentos de Raymond Carver están escritos con un estilo muy minimalista, con muy pocos adjetivos, basándose casi por completo en la descripción de situaciones cotidianas que pueden provocar un fuerte impacto emocional en el lector.

Podríamos tener así dos vías relacionadas con la activación de las emociones mediante la lectura: una primera vía, mediada por las neuronas espejo, y basada en la simulación de las intenciones y emociones de los personajes; una segunda vía, mucho menos elaborada, basada en el reconocimiento de palabras que despiertan emociones básicas. La pregunta es entonces: ¿hasta qué punto sería cierta la existencia de estas dos vías complementarias?

Un estudio de este año, publicado en la revista Neuroimage, nos da la respuesta.  Los investigadores también querían estudiar la actividad del cerebro relacionada con las emociones en relación a la lectura. Pero esta vez utilizaron no palabras aisladas, sino un texto completo (o casi: se dejaron fuera los dos últimos párrafos): el conocidísimo cuento El patito feo. Como decía con respecto a Carver, éste es un cuento en el que las palabras relacionadas directamente con emociones extremas no juegan un papel predominante.

Los experimentadores hicieron que un grupo de sujetos evaluara la intensidad emocional que, según ellos, tenían diferentes párrafos del cuento. A continuación, les hicieron escuchar una grabación de la lectura del cuento, y examinaron su actividad cerebral. El resultado: la intensidad emocional del texto estaba acompañada por la activación de regiones del cerebro que responden a estímulos emocionales. Y lo que es más: también se halló la activación de regiones motoras en escenas intensas que contenían descripciones de acciones físicas o peligro (¿actividad de las neuronas espejo?)

El hecho de que los sujetos no leyeran directamente el texto no cambia la importancia de los resultados: por primera vez, se ha estudiado el reconocimiento de frases que forman un texto coherente, y su influencia en las emociones.

Al inicio del post, había prometido ofrecer dos buenas razones para interesarse por estas difíciles cuestiones. La primera razón tiene que ver con una de las características del método científico: la predicción. Comprender un fenómeno permite realizar hipótesis sobre ese mismo fenómeno en condiciones semejantes. En nuestro caso, la pregunta es: si simulamos la actividad de los personajes de una historia, comprendiendo sus intenciones y emociones, ¿no tendría la lectura algún efecto sobre nuestra capacidad de empatía en el mundo real? Pues parece ser que sí: hay estudios que muestran que aquellas personas que leen con frecuencia historias de ficción puntúan más alto en test que miden la empatía y la inteligencia social que aquellos que leen no ficción.

En mi opinión, esto supone un tremendo apoyo a la labor de difusión de la lectura de las bibliotecas, que hasta ahora ha basado su defensa más en modelos de tradición cultural (que comparto), que en hechos puros y duros: recordemos que la competencia emocional de la empatía es de las más deseadas no sólo para los trabajadores, sino también para los ciudadanos del futuro inmediato.

La segunda razón tiene que ver con el post de Daniel Becerra El proceso de información en los jóvenes y las nuevas formas de lectura. En él, Becerra nos comenta que dados los probables cambios que puedan estar teniendo las nuevas tecnologías en los cerebros de los más jóvenes, haríamos bien en investigar formas de lectura alternativas a la tradicional, hacia la cuál no se sienten nada atraídos.

No voy a negar esos cambios, pero sí que me gustaría resaltar una idea: las nuevas tecnologías aprovechan muy bien nuestro gusto innato por las historias. De hecho, puede que se trate más que de un gusto: el arte en general, y la narración en particular, nos permite experimentar y aprender de situaciones que no han de darse en la vida real, y eso puede habernos dado una ventaja significativa sobre las demás especies animales (Gazzaniga, 2008). Formatos como el audiovisual nos permiten esa misma experimentación, pero con menos esfuerzo: al fin y al cabo, leer es un proceso muy costoso ya que hay que reconocer palabras, desentrañar la estructura del texto, captar su sentido global,….

En lo que sí estoy de acuerdo con Becerra es en contar con la neurociencia y la psicología para encontrar esas nuevas formas de lectura. Como ejemplo mencionaré un estudio curioso. Todos creemos que conocer el final de una historia, antes de comenzar su lectura, puede quitarle todo el interés a la misma. Pues parece puede suceder justo lo contrario: conocer el final de una historia antes de leerla puede aumentar la sensación subjetiva de disfrute del acto lector. Aunque todavía no se sabe bien por qué, puede ser que contar con esa información nos permita abordar la lectura con unas simulaciones y unas suposiciones previas que faciliten la lectura y potencien nuestra curiosidad por la historia. De hecho, parece ser que un equilibrio adecuado entre información conocida y desconocida puede ser el denotante para despertar la curiosidad natural y el espíritu científico en los niños.

Queda mucho por estudiar en este apasionante campo. Ojalá que estemos atentos, y sepamos aprovechar todo ese conocimiento.

Bibliografía

Gazzaniga, Michael S. Humans: the science behind what make us unique. Harper Collins, 2008.

Iacoboni, Marco. Las neuronas espejo. Katz, 2009.

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