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Evaluación de la información: mito y realidad

El fomento de la evaluación de la información es uno de esos temas que parece que nunca pasa de moda en la Biblioteconomía. Y es que es un tema sujeto a controversias, sobre el cómo debería llevarse a cabo…. pero también sobre si debería llevarse a cabo en absoluto.

Pensador de RodinY es que a veces se les adjudica a l@s bibliotecari@s que apuestan por el fomento del pensamiento crítico un espíritu paternalista, que pretende decir al usuario qué ha de leer y qué no. En fin, un espíritu nada ético desde el punto de vista de la neutralidad de la labor bibliotecaria.

Por supuesto, dentro del campo de la Biblioteconomía y Documentación, estamos acostumbrados a estudios que muestran la poca atención que los usuarios de diversos tipos de bibliotecas (especialmente universitarias) muestran al problema de la relevancia de los resultados. Aún así, se suele decir que, en realidad, los usuarios son más listos de lo que creemos, y que esos resultados reflejan una realidad muy concreta.

Así que la pregunta es: si salimos del ámbito de las situaciones controladas de laboratorio, ¿solemos evaluar la información? Y si lo hacemos, ¿cómo la evaluamos?

Los estudios que intentan determinar si, como sociedad, evaluamos la información no abundan. Pero los hay, y algunos muy interesantes. En particular, voy a hablar de la investigación titulada Competencia mediática: investigación sobre el grado de competencia de la ciudadanía en España. En la página web del Instituto de Tecnologías Educativas del Gobierno de España, podemos leer que el objetivo del estudio es:

medir el grado de competencia mediática de la ciudadanía española, a partir de seis grandes dimensiones: la de los lenguajes, la de la tecnología, la de los procesos de recepción e interacción, la de los procesos de producción y difusión, la de la ideología y los valores y la dimensión estética.

En otras palabras, y según una reseña de la investigación, lo que se pretende es inferir si la ciudadanía tiene suficientes conocimientos y capacidad para desempeñarse, analizar, participar y valorar diversos aspectos relacionados con el contexto multimediado en el que habitan. Los resultados, junto a reflexiones relacionadas, se han publicado recientemente en un libro titulado Visiones, saberes y placeres. Sobre cultura visual y educación.

El estudio utilizó a 6.626 personas, a partir de los 16 años, agrupadas según el género, la edad y el nivel de estudios. Se definieron dos fases, una cuantitativa y otra cualitativa: en la primera, se utilizaron cuestionarios, entrevistas y grupos de discusión; en la segunda, se analizaron todos los resultados agrupándolos en dos categorías: los aspectos técnico-operativos (producción y programación, recepción y audiencia, tecnología) y los aspectos simbólicos (estética, lenguajes y valores).

Aunque la investigación está centrada en España, vale la pena mencionar algunas de sus reflexiones en lo que respecta a la evaluación de la información.

La mayoría de los sujetos entrevistados están interesados en el rigor informativo y en la objetividad, por lo que rechazan cualquier intento de manipulación. No obstante, como nos dicen los autores, esta búsqueda de la imparcialidad a veces va acompañada de la certeza de que es imposible encontrarla.

Y eso es especialmente cierto en la opinión que se tiene de los medios tradicionales. Pero cuando se desciende en la franja de edad, Internet aparece como un sistema de información más fiable y veraz. Según el estudio:

hay implícita la convicción de que Internet es un espacio libre, no condicionado, no manipulado, un espacio en el que no se ponen en juego los intereses económicos, políticos e ideológicos que condicionan las cadenas televisivas

De hecho, ante la pregunta de cómo se informan, la mayoría de las personas de la muestra no responde citando un medio informativo, convencional u on-line, sino refiriéndose a buscadores o a otras aplicaciones de las nuevas tecnologías.

Pero también es cierto que existe entre parte de la población una tendencia a polarizar la cuestión de la fiabilidad de Internet: o se juzga como muy fiable, o se juzga como un lugar en el que abunda la desinformación. Así pues:

Podemos concluir que la falta de una educación en competencia mediática hace que muchas personas opinen de una manera o de otra sin atender a criterios lógicos: la sensación que produce es la de que hay personas que piensan que los medios convencionales sí están en manos de propietarios que tienen unos intereses concretos, mientras que en Internet no se dan los mismos sesgos. En otros casos, la demonización se centra en Internet, opinando que es en la red donde está la basura, sin reconocer las ventajas o aspectos positivos de la red. Esta polarización descubre la ausencia de esa educación en competencia mediática que permita contar con ciudadanos críticos y contribuya a reforzar el debate democrático

Aunque la mayor parte de los sujetos busca el entretenimiento en los medios, los investigadores vieron que cuando se les preguntaba por la fiabilidad de las informaciones que recibían, respondían afirmando que garantizan la credibilidad informativa a base de confrontar las noticias que se les ofrecen. Es decir:

Las personas de la muestra son conscientes, en general, de que es imprescindible verificar la fiabilidad de las informaciones, y de que esto sólo se puede lograr confrontando diferentes fuentes de información

Son conscientes, pero ¿lo hacen? En las entrevistas y en los grupos de discusión los investigadores pudieron observar incoherencias importantes. Nos mencionan, por ejemplo, a un individuo que afirma que intenta comparar fuentes distintas, pero que previamente había afirmado que

en los medios busco ver algo sin pensar, para distraerme, reírme, sin ningún esfuerzo.

También es curioso el caso de un grupo de jóvenes, en el que casi todos los miembros se informan casi exclusivamente a través de  las cadenas de televisión Antena 3 y Tele5 y que no saben responder a la pregunta de qué cadenas se aproximan más a la realidad y cuáles menos

La conclusión de los autores es tremenda: aunque hay personas que ofrecen una lúcida interpretación de la relación entre medios, interlocutores e ideología, en general, cuando se trata de la evaluación de la información:

Parece, en fin, que se trata de ofrecer una respuesta políticamente correcta, más que una respuesta que se adecue a la realidad. Por lo tanto, se es consciente de lo que convendría hacer para evitar la manipulación, pero no se hace (El énfasis es mío)

Resumiendo: al menos para los individuos de la muestra, la evaluación de la información es algo que se predica mucho, se comprende poco y se pone en práctica menos todavía.

Por supuesto que los datos del estudio no son directamente generalizables a toda la población, como tampoco lo son los resultados de estudios controlados en ámbitos concretos. Y es que ningún estudio puede pretender dar respuesta a la pregunta de si todos los usuarios de Internet evaluan o no la información.

Pero lo interesante de estos estudios es que ofrecen instantáneas que nos dibujan un perfil complejo a partir del cuál seguir haciendo preguntas, por ejemplo: aún sin evaluarla, ¿la información que obtenemos es suficiente para nuestras demandas informativas?; ¿cómo afecta la (falta de) evaluación a la visión que las personas desarrollan sobre el mundo y sus sociedades? Y la más interesante para nosotr@s: ¿cómo habrían de fomentar las bibliotecas la evaluación de información?

Esta última pregunta es más complicada de responder de lo que parece. Y es que dar unas pautas sobre qué ha de ser tenido en cuenta a la hora de evaluar no es, en mi opinión, suficiente: la evaluación es sobre todo evaluación de argumentos. Ése es el verdadero sentido del pensamiento crítico. Pero para evaluarlos, es necesario tener un conocimiento previo sobre lo que estamos evaluando, comprender que hay argumentos mejor justificados que otros y verdades, por decirlo así, más verdad que otras.

Hace unos meses, escribí un post en el que proponía que la biblioteca podría jugar un papel de dinamizadora del pensamiento crítico, al permitir y potenciar la discusión pública sobre cuestiones relativas al conocimiento. Esta función sería una especie de solución de compromiso: nos permitiría fomentar el pensamiento crítico y la justificación racional, sin caer en la parodia del bibliotecario que dice a sus usuarios qué tienen que leer. Pero ésa era mi propuesta: ¿cuál es la tuya?

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