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Conocimiento, ética y bibliotecas

Ética¿Otro artículo que intenta mezclar las bibliotecas con cuestiones éticas? ¿Acaso otra defensa de la necesidad de un mayor compromiso social por parte de las bibliotecari@s? Sí, y no. “Sí”, porque efectivamente, de eso es de lo que voy a hablar en esta entrada; “no”, porque voy a hacerlo intentando no caer en los tópicos ni en los argumentos de siempre.

Lo que voy a intentar mostrar es  que se puede realizar una defensa sólida de la necesidad de un mayor compromiso social por parte de las bibliotecas, mediante una argumentación transversal, no limitada únicamente por la manera tradicional de entender la ética profesional.

Las discusiones sobre estos temas suelen identificar a dos colectivos: el colectivo técnico y el colectivo comprometido: el colectivo técnico pone especial énfasis en los aspectos técnicos-gerenciales de la biblioteconomía, y defiende una ética bibliotecaria basada en la neutralidad y en la ecuanimidad; el colectivo comprometido defiende la necesidad de una mayor implicación de l@s bibliotecari@s en determinadas cuestiones éticas / morales de gran calado social, negando la posibilidad de la existencia de una ética neutral.

Esto es una simplificación, claro está: no es difícil imaginarse profesionales de colectivo técnico con un alto nivel de compromiso, ni profesionales del colectivo comprometido con un alto interés en cuestiones técnico-gerenciales. Pero, tal y como he comentado, la mayoría de las discusiones presumen la existencia de estos dos grupos, así que por bien de la argumentación voy a mantener la distinción. Una vez situados, comencemos.

Y lo voy a hacer hablando sobre el conocimiento. Tradicionalmente, han sido l@s filósof@s quienes se han encargado de su estudio, mediante la rama de la filosofía llamada epistemología (o teoría del conocimiento). La epistemología intenta responder a preguntas como: ¿qué es una creencia?; ¿en qué condiciones una creencia permite obtener conocimiento?; ¿qué podemos conocer?;…. El individuo y su capacidad, o no, para obtener conocimiento, ha sido el centro de todas estas discusiones.

Una de las cuestiones más importantes dentro de la epistemología es el relativismo en cuanto al conocimiento. Simplificando, el relativismo nos viene a decir que “la Verdad” objetiva no existe, esto es: lo que consideramos como verdad depende de lo que un determinado grupo social considere como verdad. Nunca podremos, dicen los relativistas, afirmar de una manera absoluta la verdad de un hecho, sin referencia a esos acuerdos sociales. No puedo entrar a discutir en profundidad esta polémica, que ya he tratado en otro blog. Pero hay buenos argumentos en contra del relativismo, que se pueden resumir como sigue: los humanos poseemos sistemas comunes para procesar la información, que nos llevan a interpretar la realidad de formas muy parecidas. Nunca podremos tener una justificación absoluta para la verdad de un hecho, pero tampoco la necesitamos: nuestro sistema cognitivo es todo lo que tenemos para juzgar la verdad, y en más ocasiones que en menos nos permite obtener conocimientos verdaderos y fiables.

En la epistemología también se habla de la necesidad de que el individuo ejercite ciertas virtudes relacionadas con el acto de conocer: honestidad intelectual, pensamiento independiente,…. Y es la manera en que aprendemos y adquirimos conocimiento viene muy influenciada por nuestra actitud hacia el aprendizaje y el conocimiento. Si el/la lector/a está interesad@ en la alfabetización informacional, seguro que esta idea le es familiar.

Pero el avance más importante en la epistemología se ha producido en la última década, de la mano de la epistemología social. Los individuos obtenemos conocimiento de diferentes maneras, y una de ellas es mediante las interacciones sociales, ya sean informales o muy estructuradas, en forma de instituciones. Pues bien, la epistemología social quiere estudiar las condiciones en que esas interacciones sociales permiten a los individuos obtener conocimiento verdadero. Como ejemplo, el/la lector/a puede consultar el análisis que el filósofo Alvin Goldman realiza de la blogosfera como fuente de información.

La biblioteca es, quizá, la institución que más claramente aspira a organizar su actividad de tal manera que permita a los individuos la adquisición de conocimiento. Pero, generalizando, l@s bibliotecari@s mantienen una posición un tanto relativista en cuanto al conocimiento. Como nos recuerdan l@s técnic@s, l@s bibliotecari@s no deberían juzgar las necesidades de información de l@s usuari@s: nuestra ética profesional nos exige neutralidad e imparcialidad. El asunto se embrolla un poco más cuando se nos dice que l@s bibliotecari@s deberíamos ser objetiv@s, y no realizar juicios de valor.

Don Fallis argumenta claramente esta postura: si el objetivo de una biblioteca es contribuir a que sus usari@s obtengan conocimiento verdadero, tanto puede contribuir a ese objetivo respondiendo a necesidades que, aunque puedan ser triviales, para el/la usuari@ siguen siendo subjetivamente valiosas. Suponer lo contrario, que hay necesidades de información que vale más la pena atender que otras, sería defender que un juicio objetivo sobre esas necesidades. Pero, ¿cómo sería eso posible? Una cosa es la objetividad del conocimiento, y otra sería decirle a los usuarios: “tus necesidades de información son triviales”. Para superar esta contradicción, voy a buscar una salida de compromiso.

Antes hablábamos de las virtudes en cuanto a la manera de conocer. Claramente, estas virtudes hacen referencia al individuo y a sus propias necesidades, pero ¿podríamos defender la existencia de otras virtudes en cuanto al conocer que no se centrasen únicamente en el individuo? Jason Kawal cree que sí: en un artículo defiende que podemos hablar de virtudes epistémicas que no se centren exclusivamente en el individuo, sino que tengan en cuenta la comunidad en la que los individuos se insertan. Las etiquetas pueden ser más o menos arbitrarias (honestidad en el juicio, colaboración,…), pero la idea central es que estas virtudes tendrían en cuenta la manera como el individuo contribuye a que sus relaciones adquieran conocimiento. Este planteamiento no deja de ser una extensión natural de la epistemología social, si admitimos que los sujetos conocen mediante la interacción con otros sujetos de sus comunidades.

Teniendo en cuenta estas “virtudes epistémicas sociales”, la pregunta es: ¿se puede defender que haya algún tipo de conocimiento que se deba difundir entre la comunidad, por encima de otros tipos posibles? Sí se puede: el conocimiento sobre hechos éticos y morales. La justificación de esta afirmación también es un tanto compleja, por lo que de nuevo voy a tener que simplificar en base a lo que ya he escrito en otro sitio.

En las últimas cuatro décadas, estudios en biología de poblaciones, antropología y neurociencia nos han mostrado que los humanos, como miembros de una misma especie biológica, compartimos una serie de instintos morales innatos, que nos hacen responder de manera muy parecida ante determinados fenómenos. Esto no niega la existencia de variedad en los juicios morales, o en las normas éticas. Pero sí afirma que tenemos unas necesidades de base muy parecidas, producto de nuestra biología, a partir de las cuáles se construyen los códigos éticos.

¿Una victoria entonces para l@s comprometid@s? No tan rápido. Tanto el colectivo técnico como el comprometido asumen que l@s bibliotecari@s deberían asumir un tipo determinado de ética: o bien una basada en la neutralidad, o bien una basada en el compromiso. Pero rara vez los códigos éticos se aceptan directamente en base al deber. Ni tan sólo aquéllos que parecerían respetar nuestras necesidades básicas, producto de nuestros instintos morales. En otras palabras: conocer lo que está bien no nos obliga a hacerlo.

Pero sí que puede representar una base para la toma de decisiones. Por ejemplo: movimientos como la defensa de los derechos civiles, la protección medioambiental, o la defensa de los derechos animales, son incomprensibles sin esa capacidad de discusión pública, producto de las virtudes epistémicas sociales y del conocimiento sobre las cuestiones éticas / morales relevantes para nuestra especie. El filósofo Peter Singer (1995) llama a este fenómeno “la escalera mecánica de la razón”: en base a nuestros instintos morales, conocer los hechos pertinentes puede llevarnos a conclusiones sorprendentes, o a adoptar prácticas y políticas que no figuraban explícitamente en los hechos de partida.

El error de ambos colectivos, por tanto, es asumir que l@s bibliotecari@s, a título individual, deberían asumir un tipo de ética u otro (neutral, o comprometida). Aunque parezca raro decirlo, son las bibliotecas las que deberían responder, como institución, a una ética o a otra. Porque, en última instancia, de lo que se trata es de decidir cómo queremos vivir, y qué clase de sociedad queremos. Y si las bibliotecas tienen que tener algún papel en esa decisión, el fomento de la discusión colectiva sobre cuestiones éticas / morales puede ser un camino adecuado. Un camino que va más allá de las necesidades de información individuales, o del compromiso individual de l@s bibliotecari@s.

¿Alguna conclusión? El colectivo técnico tiene razón cuando sugiere que l@s bibliotecari@s no deberíamos “mezclarnos en política”, y cuando mantiene que el hecho de ser bibliotecari@ no conlleva necesariamente la aceptación de un determinado compromiso social. Pero se equivoca cuando confunde “compromiso social” con la defensa de determinadas ideologías clásicas: la política es una actividad humana, no un partido concreto, ni una ideología de manual. Este desligamiento progresivo del pensamiento político de los partidos políticos y de las ideologías clásicas se viene observando durante la última década, gracias al propio desgaste de los sistemas políticos, y a las nuevas formas de organización y colaboración que permiten las tecnologías de la información. En este sentido, y como he argumentado, el colectivo comprometido tiene derecho a (y buenos argumentos para) defender un mayor compromiso ético de las bibliotecas. Porque las cuestiones éticas interesan, cada vez más, a nuestras comunidades locales, y porque la discusión razonada, y el conocimiento que ésta puede proporcionar, puede contribuir a definir la misión de las bibliotecas. Una misión sobre la que los discursos técnico-gerenciales duros no tienen gran cosa que decir.

Este post no lo acabaré con preguntas, sino con una cita extraída de un trabajo del científico de la información Birger Hjorland, que capta la esencia de aquello que he intentado plasmar en este post:

“[…] information systems cannot just be seen as neutral tools to answer questions, but should also be seen as tools to help formulate questions […]”

Bibliografía

Singer, Peter. Ética para vivir mejor. Barcelona: Ariel, 1995.

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