Curatolatría, o ¿es elitista la curación de contenidos? - BiblogTecarios

Curatolatría, o ¿es elitista la curación de contenidos?

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Desde que ya hace unos años se empezó a hablar en serio de la curación de contenidos, la disciplina (si es que eso es lo que es) no ha estado exenta de polémica. Entre las quejas más habituales se encuentran aquellas que dicen que en realidad no es nada nuevo, que todo el mundo que participa de manera activa en la web ya hacía curación de contenidos antes de la moda, o que el término “curador de contenidos” no es sino una etiqueta innecesaria para referirse a otros profesionales bien establecidos (como los bibliotecarios o documentalistas).

Una crítica significativa es la que lleva a cabo Thomas Frank en un artículo para The Baffler (que he conocido gracias a la plataforma Longreads) titulado The Revolution Will Not Be Curated. El punto central del argumento de Frank podría expresarse así: la curación de contenidos es una moda peligrosa, puesto que nos lleva hacia un nuevo elitismo del gusto excluyente por naturaleza.

En esta entrada voy a hacer algunas reflexiones en torno a los argumentos de Frank. Creo que es una cuestión interesante, dado el énfasis actual en la curación de contenidos y sus posibles aplicaciones en bibliotecas y centros de documentación.

Frank es un reputado analista y crítico cultural autor de una excelente obra que fue traducida al español bajo el título La conquista de lo cool. Realmente es una obra que deberías apuntar en tu lista de lecturas pendientes si no has tenido la oportunidad de leer. En el artículo para The Baffler Frank hace gala de sus dotes para la crítica, con unas buenas dosis de humor y de mala baba.

El autor comenta el boom de la curación de contenidos y su presencia en ámbitos diversos de la mano de personajes de los más variopintos (como el expresidente Obama). A esta moda Frank la denomina curatolatry, que podríamos traducir como curatolatría.

Para Frank, los efectos perversos de la curatolatría vienen de mano de lo que se considera uno de los puntos de valor de la práctica: la selección de contenidos.

Y es que los curators, según él, aspiraran a ser árbitros, figuras que separan por nosotros lo bueno de lo malo y que nos dicen qué tenemos que excluir de nuestro consumo de contenidos, qué es legítimo y qué no.

De este modo, lo que antes llamábamos “experto” se ha reconvertido en “curator”, figuras que se han convertido en las estrellas del momento por encima incluso de los contenidos mismos que recomiendan y seleccionan. Pero aunque el término “curator” pueda sonar más amable y más cool, no es en absoluto inocuo:

Sí, lo sé, la web es un lugar tipo salvaje oeste, con noticias falsas acechando en cada esquina. Pero sigue a nuestros prestigiosos medios por un tiempo y empezarás a darte cuenta de una asombrosa unanimidad de opinión. Desde las charlas TED a NPR, desde DNC al Washington Post hasta blogs ganadores de galardones, todos están de acuerdo en las mismas cosas, haciéndose eco y citándose y enlazándose de vuelta los unos a los otros, todos ellos celebrándose entre sí con alabanzas y elogios. De mientras, aquello en lo que no están de acuerdo es simplemente ignorado. Queda fuera de la conversación. Es excluido.

Y por si fuera poco, continúa Frank:

Un mundo sin noticias falsas sería en verdad maravilloso. Como lo sería una tienda donde toda botella de vino fuera excelente. O un sistema electoral en el que todo el mundo acatara el consenso profesional. Pero en un sistema así, lector, podemos estar seguros casi con una perfecta seguridad de que las voces de gente como tú y yo serían descartadas [curated out].

El artículo de Thomas Frank es una de las críticas más afiladas que he leído sobre la curación de contenidos, y creo que tiene materia suficiente como para ser objeto de una digestión lenta. Aquí sólo voy a apuntar algunos aspectos en los que creo que Frank está desencaminado. Por supuesto que lo que sigue es sólo mi opinión, pero espero al menos argumentarla de manera convincente. Empecemos por el final.

Como vemos, Frank reprocha la actitud de los sitios más famosos de curación de contenidos o que practican de alguna manera la curación: una especie de club de élite que no hace sino discriminar otras voces y dejarlas fuera del foco público. Pero, ¿de quién es realmente la culpa de ese fenómeno? ¿Es de los sitios y de los blogs en sí, es decir, de los curadores, o es del público que consume contenidos?

De hecho, esa dinámica de exclusión no es algo que se deba de manera directa a los curadores: es seguramente la misma naturaleza del ámbito digital. Y ello porque no hace sino reflejar, pero de manera amplificada, lo que ya sucede en el mundo offline: los nodos que van adquiriendo notoriedad por los motivos que sea son los que tienen más oportunidades para acabar quedándoselo con todo. Es lo que se conoce como el efecto Mateo, nombre que se debe a una cita bíblica: Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

Podemos acusar con justicia a esos sitios de moda de vivir en un mundo autorreferencial, aunque también sería cierto que la legitimidad para hacerlo viene dada en última instancia por los millones de visitas, de likes o de retweets que esos sitios reciben a sus contenidos.

Contenidos que, en muchos casos (no en todos, sin duda), son pensados y diseñados para lograr justamente eso: un consumo masivo y rápido. Ejemplos de ello abundan, pero mencionaré dos.

El primero es mencionado por el propio Frank: las celebérrimas charlas TED. La iniciativa TED ha recibido la visita de investigadores punteros en sus ámbitos y de famosas figuras con proyección pública, cosa que ha valido a la plataforma la visita de millones de personas. Pero también un buen número de críticas.

Y es que muchos de los contenidos que ofrece TED, algunos con un impresionante número de visualizaciones, no han pasado la prueba de una verificación seria e independiente. Además, se ha criticado el hecho de que la duración de las charlas favorece más bien el consenso que la experiencia de vernos retados por nuevas ideas (es decir, favorece el espectáculo por encima de la reflexión), así como la viabilidad y la rigurosidad de muchas ideas que se han publicitado como nuevas e impactantes.

El segundo ejemplo es la célebre Maria Popova. Siempre que he tenido la oportunidad de escribir sobre la famosa curator, he hecho dos afirmaciones: la primera es que es un caso digno de ser estudiado por todo aspirante a curator, en especial por los bibliotecarios (dada la predilección de Popova por el mundo del libro); la segunda es que no me gusta su enfoque de la curación de contenidos.

No es que Popova no haga un buen servicio o no comparta contenidos valiosos o dignos de mención. El problema más bien es, como escribí en otro sitio (y permitidme que me autocite):

[…] es dudoso que cuestiones como el conocimiento o la sabiduría deban quedar al arbitrio único de nuestra subjetividad. Por poner un ejemplo: un “oscuro” libro de hace veinte años que hable sobre la creatividad no tiene por qué ser más valioso, ni contener más conocimiento, ni acercarnos más a la sabiduría, que el trabajo actual de un “oscuro” científico que no goza del prestigio que ofrece aparecer en los medios de masas. De la misma manera, las opiniones de T.S. Eliot, Einstein, Virginia Woolf, o de cualquier otro icono de la alta cultura no tienen, a priori, que ser más valiosas que las de cualquier otro pensador relativamente desconocido.

En resumen: aunque hay muchos productos culturales que han pasado la prueba del tiempo por su probado valor, otros lo han hecho porque se han convertido en tópicos, en lugares comunes ajenos a la crítica, por lo que “escaso” no siempre equivale a “valioso”.

Sin embargo, el éxito de Popova es una prueba del éxito de su estrategia como curadora (lo que yo llamo la estrategia de la escasez): miles de personas consumen y comparten sus contenidos, gracias a la habilidad de Popova para presentarlos como perlas únicas llenas de sabiduría, a pesar de que no siempre tiene que ser necesariamente así.

En definitiva, tanto las charlas TED como el caso de Maria Popova creo que ponen del revés el argumento de Frank: son nuestras opciones de consumo de contenido las que otorgan la legitimidad a determinadas plataformas para dejar fuera de la conversación a miles de voces y de otras ideas igual o más necesarias o interesantes. Y por ello el público tiene (tenemos) una responsabilidad clara en esa dinámica de exclusión. Como se suele decir en el caso de la televisión: si no quieres que triunfen determinados tipos de programas, sencillamente cambia de canal.

Estas ideas enlazan con otro de los argumentos que encuentro interesantes del artículo de Frank y que tienen consecuencias más generales: ese culto a la personalidad del curator, y su naturaleza camuflada de experto árbitro del buen gusto. Es ese aspecto del arbitraje cultural el que merece un comentario, aunque como ya traté la cuestión en otra entrada para esta plataforma voy a ser más conciso en este punto.

La queja de Frank es una reformulación de la pregunta: ¿quién es nadie para decidir qué cultura es la “buena” y cuál es la mala? Esto es, ¿quién tiene el derecho a juzgar qué cultura merece la pena ser consumida, y cuál ser desechada como basura? Es una actitud escéptica y vigilante que es necesaria para evitar el elitismo injustificado que tantas veces se practica en el mundo de la cultura. Pero acusar a los curators de ser los nuevos elitistas me parece excesivo.

No somos pocos los que hemos puesto mucho empeño en defender que el proceso de dar sentido a los contenidos, de contextualizarlos para mostrar por qué son importantes, es la fase más importante de la curación de contenidos. Frank también caricaturiza esta operación con mucha sorna:

[Los curators] no son dictadores; ellos explican […] Ellos sólo quieren ayudarte a aprender y a comprender. Son figuras de autoridad, sí, pero son unas figuras encantadoras y benevolentes.

Quizá podríamos utilizar esa sorna con un buen número de curators mediáticos, pero no veo por qué tendríamos que utilizarla con todos. El esfuerzo por ayudar a otros a aprender y a comprender no siempre tiene que estar basado en un elitismo mal disimulado. También, por qué no, puede estar propulsado por la pasión misma de aprender y de comprender, por la curiosidad y por el gozo intelectual. Y por ello, el dar sentido a los contenidos no siempre ha de ser un acto de condescendencia para con los otros: también puede ser un acto honesto de respeto por la materia o por los contenidos que se están compartiendo.

En ese proceso de dar sentido los motivos por los que se selecciona el contenido y por los que se comparte también son importantes. Podríamos ser cínicos, y defender como hace Frank que esos motivos siempre son poco más que una racionalización y que responden a un deseo de estatus por parte del curator. O podríamos hacer algo más constructivo: pensar y razonar, sentirnos interpelados por lo que nos proponga el curator, evaluar sus motivos y examinar nuestras razones para aceptar o rechazar su propuesta.

Sin duda todo ello es un proceso más costoso que aceptar un contenido en base a la fama o la reputación de quien lo proponga, o de rechazarlo arguyendo aquello de “sobre gustos no hay nada escrito”. Pero en ocasiones es una actitud que tiene beneficios, en lo que hace a la ganancia en cuanto a nuevo conocimiento que podemos adquirir.

En definitiva, creo que hay buenas razones para suponer que la curación de contenidos no está relacionada directamente con el elitismo de la defensa a ultranza de un supuesto buen gusto. Pero ésa es mi opinión, claro. Y tú, ¿qué opinas?

 

 

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