La crisis de identidad del bibliotecario: ¿es posible volver al origen? - BiblogTecarios

La crisis de identidad del bibliotecario: ¿es posible volver al origen?

crisis de identidad

Desde hace unos años, parece que la profesión bibliotecaria está inmersa en una especie de crisis de identidad perpetua. De la mano de las nuevas tecnologías llegaron una serie de preguntas de respuesta incómoda y en ocasiones elusiva: ¿qué es lo que nos define como profesionales?; ¿cuál es, o debería ser, nuestra actividad principal?; ¿qué podemos aportar de valor a la sociedad y a los usuarios que éstos no consigan ya por otros medios?

 

A principios de enero de este 2017 pude mantener una interesante conversación en Twitter con Daniel Gil y Natalia Arroyo. El intercambio de opiniones se produjo a cuento de un artículo escrito por Daniel con el título Sobre la necesidad de un cierto retorno a los orígenes bibliotecarios. Daniel es el actual responsable de la biblioteca del Seminari de Barcelona, y una de las figuras de referencia en el mundo del asociacionismo bibliotecario y de la biblioteconomía en Cataluña, por lo que sus reflexiones siempre merecen una dedicada atención.

En el caso de aquel artículo, Daniel argumentaba que en este proceso de cambio los bibliotecarios no estamos siendo capaces de mantener aquello que nos define y que es nuclear en nuestro perfil. En concreto, estaríamos dejando de lado habilidades tanto sociales y comunicativas, como más de carácter técnico (en especial la catalogación, a la que Daniel da una importancia especial). En este sentido, su apuesta es un…

[…] cierto retorno a los orígenes bibliotecarios, un retorno que ponga en valor aquello que sabemos hacer muy bien y aquello que nos hace diferentes.

Las frases finales de su artículo son significativas:

Lo social, las comunidades, las tecnologías, los nuevos nichos laborales,… sin duda no deberían [ser] los nuevos tótems a los que fiar nuestro futuro.

Estoy en cierto modo de acuerdo con Daniel, aunque no totalmente. Y en esta entrada me gustaría extenderme en mi visión del asunto, y de una manera más ordenada de lo que permiten los 140 caracteres de Twitter. En particular, me gustaría hacer tres cosas: en primer lugar, discutir sobre si (como argumenta Daniel) es posible que estemos perdiendo algo valioso por el camino en este proceso de cambio; en segundo lugar, comentar algunos aspectos del discurso sobre la gestión bibliotecaria que, a mi entender, fomentan cierta confusión sobre las prioridades del trabajo y los modos futuros de actuar de los bibliotecarios, así como de las habilidades necesarias para hacerlo; en tercer lugar, yo también propongo un cierto retorno a los orígenes de la función bibliotecaria, aunque a unos orígenes transformados bajo el prisma de los nuevos tiempos.

La biblioteconomía no es una ciencia exacta, por lo que muchos de los temas de los que tratamos tienen un fuerte componente de argumentación y, en ocasiones, especulativo. Unos componentes que van a estar bien presentes en esta entrada, puesto que el problema de la identidad y del futuro profesional del bibliotecario también es una cuestión de argumentos y de especulación. Por ello me gustaría que la entrada, más que proponer respuestas firmes, invitara al intercambio de opiniones y a la discusión conjunta. Y ello porque estoy convencido que los mismos bibliotecarios, aquellos que ejercen sus funciones en el día a día, tenemos mucho que decir sobre cómo vivimos la situación actual, sobre nuestros puntos fuertes y nuestras carencias, sobre nuestros deseos, frustraciones y miedos.

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Comencemos por una cuestión que no es menor: ¿estamos perdiendo, como decía Daniel en su artículo, algo por el camino?; ¿quizás algunas habilidades que sean (o que se supone que son) centrales en el perfil?

Es una pregunta difícil, porque en buena parte lo que respondamos puede venir mediado por nuestra experiencia personal más inmediata, o por nuestros intereses o capacidades. Aun así, creo que quizá podríamos hacer algunas generalizaciones que puedan aportar algo valioso a la discusión.

Sin duda que la manera ideal de determinar si estamos perdiendo algo o no sería poder preguntar a los mismos bibliotecarios, para que fueran ellos los que en conjunto nos ofrecieran un cuadro de la situación. Eso es lo que se propusieron hacer Maria Delmàs Ruiz y Alexandre López Borrull, en un artículo que publicaron en 2015 en la revista bid titulado Perfil profesional en las bibliotecas públicas: visión de los mismos bibliotecarios.

Delmàs y López utilizaron para su trabajo los datos de una encuesta respondida por 185 bibliotecarios, y de tres entrevistas a directores de biblioteca. El estudio de Delmàs y López permitió contemplar cuáles eran las habilidades y competencias más apreciadas por los bibliotecarios de la muestra, así como las carencias que en esos aspectos los mismos bibliotecarios decían detectar. Este último punto contiene conclusiones destacables.

Las principales carencias tenían que ver, por orden, con el ámbito de la cultura empresarial, la gestión de conflictos y la iniciativa para innovar. En relación con las carencias, los encuestados identificaron aspectos en los que consideraban que había una formación insuficiente, destacando dos: la atención al público y el papel del bibliotecario como preceptor de información.

Tomadas en su conjunto las carencias en las habilidades y en el de la formación dibujan un cuadro preocupante, porque tocan ámbitos en los que se supone que se ha de basar la supervivencia futura de las bibliotecas y del mismo perfil bibliotecario. Dos casos muy obvios son la innovación, que se considera como fundamental para no perder el tren de los cambios y los nuevos tiempos, y la comunicación, una habilidad imprescindible para “vender” los productos y servicios de las bibliotecas, pero también la función del bibliotecario. Pero, además, es significativo que se incluya entre las carencias la atención al público (algo que da la razón a Daniel Gil) y la prescripción de información.

Creo que es necesario insisitir en que la innovación no se produce sólo con tecnología: una iniciativa que consiga atraer a la biblioteca a un colectivo local de usuarios en el que nadie había reparado antes tiene todo el derecho a ser considerada como una innovación. Si no se hace depender únicamente de la tecnología las oportunidades de innovar pueden incrementarse de forma notable. Reconocer este hecho es beneficioso para las bibliotecas, pero también es de justicia para con aquellos bibliotecarios y bibliotecarias que llevan a cabo importantes proyectos para su comunidad, y que pasan desapercibidos en comparación con las cuestiones tecnológicas. Mucho podemos aprender de sus habilidades y de sus competencias personales.

Algo parecido sucede con la comunicación. Mucho podemos aprender de los bibliotecarios y bibliotecarias que son capaces de buscar y mantener las alianzas necesarias, tanto dentro de los centros como fuera de ellos, para conectar con colectivos o entidades interesadas. Y ello aunque sus proyectos sean en apariencia más modestos y discretos que la introducción de una nueva tecnología o la remodelación de un servicio.

Para resumir este punto: bien podría ser que, en efecto, podamos estar desatendiendo o, en el peor de los casos, perdiendo algunas habilidades y competencias que se suponían características de los bibliotecarios, y sobre las que se espera que se construya el futuro del bibliotecario como perfil profesional. Por supuesto que las conclusiones del trabajo de Delmàs y López son sólo aplicables a la muestra de su estudio, por lo que no son necesariamente generalizables al conjunto de bibliotecarios. Pero ¿no generalizamos también cuando afirmamos que los bibliotecarios tienen una serie de habilidades y competencias por el hecho mismo de ser bibliotecarios? Claro que  hay generalizaciones más razonables que otras, por lo que no parece sensato sospechar de las habilidades de todo bibliotecario. Pero, a pesar de la mala prensa que tiene ser crítico y destacar las debilidades más que las fortalezas, en ocasiones puede ser una buena estrategia: poner el foco en esos aspectos permite aprender de los errores y corregirlos cuando todavía se está a tiempo.

Sería beneficioso contar con más trabajos actuales como el de Delmàs y Borrull porque, al fin y al cabo, a día de hoy los bibliotecarios son una pieza clave en la existencia de las bibliotecas y no podemos pasar por alto sus sensaciones y opiniones.

En el siguiente apartado hablaré de algunas características del discurso de gestión que, a mi juicio, no fomentan la claridad en los objetivos del perfil del bibliotecario ni la autoimagen del perfil mismo.

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El discurso sobre la necesidad de cambio en las bibliotecas le debe mucho al discurso sobre el cambio en las organizaciones que se maneja en el ámbito de la gestión empresarial. El discurso sobre el cambio no está libre de problemas ni de interesantes paradojas, cuestiones que Eduardo López Aranguren y Carlos Gómez Rodríguez analizaron en su libro La retórica del cambio en las organizaciones; algunas de las ideas de la obra también se encuentran en el artículo de Gómez La retórica del cambio en las organizaciones: ¿problemas que buscan soluciones o soluciones que buscan problemas?

En el discurso sobre el cambio es frecuente la búsqueda de un impacto emocional, mediado por el uso de un lenguaje fuertemente bipolar: por ejemplo, aquellos que están a favor del cambio son identificados no sólo como los triunfadores del mañana, sino como los valientes héroes de hoy; por contra, aquellos que cuestionan el cambio se identifican con profesionales anclados en el pasado, con puristas y reaccionarios, poco menos que dinosaurios.

Quizá podríamos preguntarnos qué ganamos con ese lenguaje de confrontación, aunque sea necesario mantener una filosofía de la innovación y de la adaptación a nuevos escenarios. Se podría argumentar que es necesario sacudir conciencias, y ciertamente lo es, pero quizá lo que consigamos sea más bien dejar de prestar atención a ciertas habilidades y competencias. Endilgar la etiqueta de “viejunas” a cuestiones como la atención cara a cara, el conocimiento de la cultura y del mundo del libro o la catalogación y el análisis de contenido puede hacer que los bibliotecarios que atesoran ese conocimiento no participen en el debate público, no sea que por extensión también se les asigne la etiqueta de “viejuno”. Y, sin ese debate, es difícil perfeccionar esas habilidades y competencias que, por qué no, también pueden aportar algo valioso al futuro de las bibliotecas y a la supervivencia de la profesión.

Otra de las características del discurso del cambio es la utilización de artefactos lingüísticos complejos. Durante el proceso de cambio los conceptos utilizados, a pesar de su uso frecuente, pueden no tener un significado claro ni para los mismos implicados en el cambio. Para López y Gómez los individuos se encuentran enzarzados en una lucha por asignar un significado claro y coherente a conceptos tales como “flexibilidad” o “círculos de calidad”.  Algo parecido podría estar pasando en el mundo de las bibliotecas, en el que los conceptos utilizados pueden llegar a ser bastante bizarros. Por poner sólo unos ejemplos: se habla de que los bibliotecarios han de contribuir a crear redes de verdades personales, de que hay que generar comunidad para crear inteligencia colectiva, de aprendizaje conectado y del facilitamiento de comunidades creadoras de cultura local. Pero, ¿qué significan exactamente esos términos o esas expresiones?; ¿realmente tienen un significado claro y unívoco?; ¿se corresponden con otras experiencias con las que ya estamos familiarizados?; y si es así, ¿por qué no utilizar esos otros términos más familiares o, mejor todavía, por qué no utilizar ejemplos concretos de lo que queremos decir?

Estoy muy a favor de la discusión teórica abstracta de altos vuelos en diversos ámbitos, pero si la biblioteconomía es una actividad práctica estaría bien facilitar su consecución todo lo posible. Si tenemos que llevar a cabo acciones y ni siquiera sabemos de qué estamos hablando exactamente, es como si quisiéramos acertar al blanco sin saber a qué blanco tenemos que disparar. Por poner un ejemplo: últimamente se habla mucho de transformar las bibliotecas en espacios sociales y en centros para la comunidad, pero se habla mucho menos de cómo hacerlo o de qué factores facilitan o dificultan ese objetivo. En suma: sin una claridad de objetivos suficiente, es difícil saber qué habilidades y competencias hay que poner en juego, cuáles hay que revisar y cuáles es imprescindible conservar.

Una tercera característica remarcable del discurso sobre el cambio es el fenómeno que Gómez denomina “soluciones que buscan problemas”. Gracias al intercambio de historias de éxito y de emociones entre los directivos se puede crear la percepción de que existen soluciones comunes a distintas problemáticas. Ésa es la raíz del fenómeno de las soluciones que buscan problemas: el intento de aplicación de soluciones que han sido exitosas en la resolución de un determinado problema en una determinada empresa, pero que no tienen por qué serlo en otras empresas. Y ello porque estas empresas tienen sus propias problemáticas y sus propios conflictos. También podríamos encontrar este fenómeno en el ámbito de las bibliotecas.

Bienvenida la difusión de los casos de éxito, porque al final todo el conocimiento que adquirimos puede acabar resultando en una suma beneficiosa y significativa. Pero para no acabar cayendo en la bienintencionada trampa de las soluciones que buscan problemas, para no intentar aplicar de manera literal soluciones que puede que sólo sean válidas en determinadas situaciones, las preguntas que nos deberíamos hacer ante un caso de éxito son: ¿realmente el caso ilumina la problemática de otros centros, dadas las características propias de éstos y su entorno particular?; ¿en qué sentido el caso de éxito puede ser un modelo a seguir para esas instituciones?; y lo más importante para el tema de esta entrada: ¿realmente a partir de casos tan particulares se puede generalizar qué habilidades y competencias deberían ser las que más atención reciban entre los bibliotecarios?

Por descontado que las discusiones sobre el futuro de la biblioteca y sobre las líneas de actuación a seguir están motivadas por la buena fe y por una preocupación sincera. Y por descontado que, como he dicho antes, algunas de esas propuestas son muy interesantes. Pero haríamos bien en vigilar algunos vicios a los que todos estamos sujetos y que puede que nos hagan más mal que bien.

Llegados a este punto, recojo y reformulo una de las cuestiones del artículo de Daniel Gil: ¿es posible retornar a los orígenes de la función bibliotecaria? En mi opinión, puede valer la pena contemplar uno de esos puntos de origen, aunque reformulado y adaptado a los nuevos tiempos.

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Quizá el motivo principal por el que se buscan otras funciones para las bibliotecas (en concreto, para los edificios de las bibliotecas), es el convencimiento de que el papel de los bibliotecarios como intermediarios de la información es cada vez menos importante. El argumento suele articularse en torno al fenómeno de la desintermediación: los usuarios tienen cada vez más fácil el acceso a la información sin necesidad de contar con intermediarios, como los bilbiotecarios y los documentalistas. Por ello, la función de mediador en la búsqueda de información va a la baja y como consecuencia es necesario reacomodar el perfil del bibliotecario.

El argumento de la desintermediación es por una parte cierto, pero por la otra un tanto extraño. Ahora que los usuarios tienen buscadores como Google ya no necesitan de intermediarios, se dice. Pero, ¿acaso Google no es el intermediario por antonomasia de nuestra época? ¿Y no lo es también otro gigante moderno, Facebook, una plataforma que abarca cada vez más ámbitos? La oportunidad de acceder de forma autónoma a la información no elimina a los intermediarios: los algoritmos de los motores de búsqueda son intermediarios en la búsqueda y recuperación de información; las empresas de medios también son intermediarios entre la información que presenta a los usuarios y éstos mismos, porque son los medios los que recopilan, tratan y ponen la información a disposición de los usuarios; los blogs y las plataformas de contenidos también llevan a cabo una labor de intermediación entre los contenidos y los usuarios, porque a estas alturas muchos de ellos llevan a cabo una labor semejante a la de las empresas de medios (o son directamente empresas de medios).

El retorno de los intermediarios no sólo ha tenido lugar en el ámbito digital. Aunque sin duda han aparecido un buen número de plataformas y servicios que han permitido eliminarlos, los intermediarios han afianzado y reforzado su papel en industrias como el cine o la música, ámbitos que se suponían amenzados de muerte por la eclosión de lo digital (otra cuestión es si ese papel reforzado es beneficioso desde el punto de vista de la variedad y la riqueza cultural).

Por tanto, ¿son los intermediarios los que están de más, o quizá lo sea la manera en la que enfocamos la intermediación? Una manera que pasa por esperar a que los usuarios acudan a los centros, o utilicen servicios de referencia virtual. Y es que, a pesar de que nos gusta repetir que somos una pieza necesaria para aliviar la infoxicación que sufren los usuarios, lo cierto es que éstos no parecen comportarse como si de verdad se sintieran infoxicados. Como ya he argumentado en otro sitio, hay cierta evidencia que indica que “la infoxicación” puede ser un concepto que carezca de sentido: sólo se sienten infoxicados los individuos en situaciones concretas con características concretas, y aun en el caso de estarlo sus estrategias para lidiar con la infoxicación pueden reducirse a conformarse con la primera información que tengan a mano (un fenómeno, el de “satisfacer”, que es conocido desde hace tiempo). Claro que los bibliotecarios, y otros profesionales de la información, pueden contribuir a aliviar ciertas situaciones de infoxicación, pero que la mayoría de usuarios no hayan acudido a nuestras bibliotecas tanto como se esperaba es una prueba de que se las arreglan bastante bien sin nuestros servicios.

En un artículo de ya hace unos años, Ina Fourie alertaba de las “consecuencias fatales” que podría tener el “proclamarse como único experto en ciertos campos”, como la gestión de la información:

El profesional duda de las habilidades del usuario final para buscar y evaluar con efectividad los resultados de su búsqueda, pero ningún ataque contra las búsquedas del usuario finales (muchas de ellas sin fundamento real) los disuadirá de ello si verdaderamente ese es su deseo.

Y continuaba Fourie:

Por el contrario, si reciben un servicio excelente por parte de profesionales, por ejemplo productos de valor añadido o servicios de alerta, pueden convencerse de la importancia del profesional de la información. […] En otras palabras, hemos de demostrar con hechos nuestra capacidad. […] En lugar de discutir con usuarios finales y otros agentes implicados que podrían amenazar la posición de los mediadores, tiene más sentido dedicar el tiempo y la energía a afianzar la posición de los especialistas en información.

A pesar del tiempo transcurrido, las palabras de Fourie son aplicables punto por punto a la situación actual: demostrar con hechos la capacidad. Fourie proponía sus líneas de actuación para llevar a cabo esa demostración, y es aquí donde creo que el tiempo demanda que actualicemos el enfoque. Dado que los intermediarios están más vivos de lo que solemos pensar, puede que una buena manera de demostrar la valía de los bibliotecarios sea, paradójicamente, hacer algo que ya hacen muchos: crear, recopilar, tratar y por último difundir información.

Con ello no me refiero sólo a crear guías de lectura. Si los usuarios no vienen a la biblioteca a consultar o a llevarse en préstamo los documentos, quizá haya que hacerles llegar el conocimiento, la sabiduría y el arte que éstos contienen. Y un ámbito propicio para hacerlo es el ámbito digital. Como digo, esta estrategia no es nada nuevo: cientos de plataformas, de blogs y de medios se han posicionado y se han labrado un nombre haciendo justamente eso. Pero, a pesar de no ser nada nuevo en la red, para las bibliotecas puede suponer una notable innovación en cuanto a producto (qué ofrecemos a los usuarios: información y conocimiento, independientemente del formato) y en cuanto a servicio (cómo se lo ofrecemos: en el espacio digital, allí donde cada vez pasan más tiempo). Podemos darle otra oportunidad a nuestros fondos si las bibliotecas actuasen más como un medio de comunicación de contenidos, si creáramos este puente entre el ámbito digital y el físico.

En estos casos suelo ser cauto: no hay propuesta que como por un milagro acabe de un golpe con los males de las bibliotecas, y el que las bibliotecas actúen como un medio de comunicación de contenidos no va a ser la excepción. Pero no se trata de que el futuro de las bibliotecas tenga que depender de ello. Cualquier propuesta debería formar parte de un sumatorio en las que todas aporten algo significativo: difundir contenidos en el ámbito digital es compatible con las nuevas propuestas para el espacio físico, o con las imprescindibles tareas de cohesión social que llevan a cabo muchas bibliotecas. También es compatible con convertir la extensión bibliotecaria en una norma, no en algo que se hace de manera excepcional en los meses de verano: llevar la información directamente hasta el usuario, buscando las alianzas necesarias con otros centros, en lugar de esperar que alguien pase por la biblioteca para ofrecerle nuestros servicios.

Entendida así, esta labor de intermediación representa una cierta vuelta a los orígenes bibliotecarios, algo que nos permitiría (como dice Fourie) afianzar la posición de los especialistas en información.

O, al menos, nos permitiría hacerlo en la teoría. La situación es complicada y lo peor que podemos hacer es no hacer nada, o permitir que no se haga nada. Como decía más arriba todo suma, por lo que haríamos bien en centrar prioridades, denunciar la inacción, las carencias y las malas decisiones cuando haga falta, y dar libertad a aquellos profesionales que se atrevan a probar cosas, ya sea en el ámbito digital o en el físico por muy “viejunas” que nos parezcan sus propuestas.

 

Imagen via MFM

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