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Sobre el “buen gusto” en las bibliotecas públicas

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Hace unas semanas escribí en esta plataforma un artículo en el apuntaba lo que, a mi juicio, eran algunos buenos principios para practicar una prescripción cultural activa en las bibliotecas. Por supuesto, no todo el mundo en la profesión está de acuerdo en la necesidad de prescribir. De hecho, ni siquiera hay acuerdo en el “derecho” a o en la facultad para prescribir cultura de los bibliotecarios.

Los argumentos que se suelen utilizar para negar este derecho o atribución suelen centrarse en alguna defensa más o menos elaborada de aquello de “sobre gustos no hay nada escrito”. En ese sentido, se dice, ¿quiénes somos los bibliotecarios para decirle a nadie qué debe leer, visionar o escuchar? Un ejemplo de esta línea de argumentación es el post de Infobibliotecas Trastorno bipolar bibliotecario en fase crítica, escrito por Vicente Funes en junio de 2016.

En esta entrada voy a defender no sólo el derecho de los bibliotecarios a prescribir cultura, sino también la necesidad de esta actividad. Y lo voy a hacer al hilo del escrito de Funes. No por ningún tipo de animadversión, faltaba más, sino porque su escrito me parece un contrapunto bien estructurado sobre el que elaborar mis argumentos.

La prescripción implica un cierto concepto de “buen gusto” puesto en práctica por el bibliotecario. Y es que la prescripción parece que siempre implica una valoración: unos materiales son mejores que otros, y éstos son los seleccionados por el bibliotecario como merecedores de la atención del público. Una línea de crítica ante la prescripción bibliotecaria, y en general hacia cualquier prescripción que jerarquice entre obras culturales, es poner en duda el mismo concepto de “buen gusto”. Ello se suele hacer recurriendo a la crítica del concepto elaborada por el sociólogo Pierre Bourdieu, allá por la década de 1980, en su obra La Distinción. Cómo no, Funes también recurre a Bourdieu.

Un resumen simple y directo de la postura de Bourdieu podemos encontrarlo en el artículo de la Wikipedia sobre La Distinción:

Bourdieu propone que quienes cuentan con mayor capital cultural (activos sociales no económicos, como la educación y otros que permiten la movilidad social en términos más amplios que el mero ingreso) son quienes determinan lo que constituye el buen gusto en una sociedad. Los que tienen menos capital general aceptan este gusto y aceptan la diferencia entre alta y baja cultura (clásica y popular) como algo legítimo y natural, y en consecuencia aceptan también las restricciones a las equivalencias existentes entre tipos de capital (económico, social, cultural).

Que el “buen gusto”, bajo esta perspectiva, no sea más que el deseo chovinista de distinción de las clases dominantes tiene una jugosa implicación:

Aceptar estas características dominantes del gusto es, según Bourdieu, una forma de “violencia simbólica”. Es decir, el hecho de considerar como naturales estas distinciones entre gustos, y creer que éstas son algo necesario, niega a las clases dominadas la posibilidad de definir su propio mundo, lo cual pone en desventaja a aquéllos con menor capital general. Más aún, incluso cuando las clases sociales dominadas llegan a tener sus propias ideas sobre qué es “buen gusto” y qué no lo es, “la estética de la clase trabajadora es una estética dominada, a la que se obliga a definirse siempre en términos de la estética de la clase dominante”.

La teoría de Bourdieu ha dado un buen impulso a una variedad de manifestaciones culturales que han pasado de considerarse demasiado populares como para ser tenidas en cuenta a ser mainstream: el manga, la novela gráfica, la novela romántica o erótica, pero también los reality shows y los magazines de prensa rosa son buenos ejemplos de tendencias que han encontrado un medio de legitimación gracias a las ideas de Bourdieu. Porque si el “buen gusto” es sólo un medio de dominación entre clases, una imposición, entonces cualquier manifestación cultural puede esquivar las críticas sobre su valía apelando a la arbitrariedad de la noción de “gusto”.

En este sentido, escribe Funes a propósito de las bibliotecas:

La función de una biblioteca es proporcionar el acceso a la cultura a los ciudadanos, y eso pasa por intentar darle a cada uno lo que quiere. Una biblioteca debe considerar a sus usuarios personas adultas, aún por aberrantes que puedan parecerles sus gustos a algunos. Otra cosa es que luego potencie los fondos que considera de mayor calidad, según obviamente los criterios establecidos por las élites culturales, pero eso no va a hacer que los consuman quienes sólo quieren una determinada cosa de la biblioteca; y están en su derecho, porque la sostienen con sus impuestos, igual que los que tienen supuesto buen gusto cultural. Son las virtudes/efectos colaterales (según quien lo analice) de la democratización del acceso a la cultura.

No soy un experto conocedor de la obra de Bourdieu, pero creo que encierra una paradoja interesante. Gracias a ese quiebro que es considerar el gusto como algo arbitrario, todos nos beneficiamos de una mayor variedad en la oferta cultural. Pero puede que a un precio. Del gusto como imposición, como sostenía Bourdieu, hemos pasado a la liberación absoluta del gusto: cualquier crítica a un producto cultural puede zanjarse con la apelación al intento de dominar el gusto ajeno, de coartar la libertad de elección y de expresión. Y eso produce una paradoja comparable a la que el pensamiento postmoderno acabó produciendo con el conocimiento.

También por la década de 1980, desde el ámbito de los estudios culturales de izquierda, se popularizó el criticar a la ciencia y a sus pretensiones de verdad absoluta. Todo es cuestión de marcos desde los que se observan el mundo, de cosmovisiones, por lo que no hay una manera de determinar la verdad de los asuntos independiente de los intereses de los investigadores. Las motivaciones de los postmodernos en cierta manera pasaban por liberar a la clase trabajadora de lo que consideraban el yugo de la técnica y de la fría racionalidad científica. Pero con sus ataques puede que consiguieran más bien lo contrario. Lo resume a la perfección una cita de Noam Chomsky recogida en la obra de Alan Sokal Más allá de las imposturas intelectuales:

Los intelectuales de izquierda tomaban parte activa en la viva cultura de la clase obrera. Algunos trataban de compensar el carácter de clase de las instituciones culturales mediante programas de formación para obreros, o escribiendo libros de amplia difusión sobre matemáticas, ciencia y otros temas destinados al público en general. Llama la atención que sus homólogos de la izquierda actual traten con frecuencia de privar a los trabajadores de esas herramientas de emancipación, diciéndonos que el “proyecto de la Ilustración” está muerto, que debemos abandonar las “ilusiones” depositadas en la ciencia y la racionalidad: mensaje que alegrará los corazones de los poderosos, encantados de monopolizar esos instrumentos para su propio uso. (p. 21)

Sin el recurso a la verdad las clases obreras no se liberan, sino que pierdan la herramienta más poderosa para luchar contra la injusticia y la dominación. Sokal también expresa esta idea, pero de forma más directa:

Pruebe usted a negar que existen aserciones verdaderas no dependientes del contexto y verá cómo no se limita a tirar por la borda la mecánica cuántica y la biología molecular: arrojará también las cámaras de gas nazis, la esclavización de africanos en América y el hecho de que hoy esté lloviendo en Nueva York. […] los hechos cuentan, y algunos hechos […] cuentan muchísimo. (p. 134)

Algo parecido sucede con el gusto en nuestros tiempos. Como decía, hoy en día cualquier crítica a una expresión cultural, por fundamentada que esté, puede despreciarse apelando a la teoría de Bourdieu de que el gusto no es más que un intento de dominación. Por supuesto que el gusto puede jugar ese papel al poner distancia entre los grupos sociales, al identificarlos en tribus o clases. Pero al inmunizar a los gustos culturales frente a la crítica, el trabajo de Bourdieu no sólo no acaba con la dominación cultural, sino que tiende a perpetuarla: se priva a la gente de la oportunidad de poner en duda su propio gusto, de examinar la influencia que su consumo cultural puede tener sobre su visión del mundo, o de abrirse sin prejuicios de clase a otro tipo de productos culturales. Y, parafraseando a Chomsky, seguro que eso alegrará los corazones de los poderosos: sus formas de cultura quedan al amparo de las demás clases sociales, pero no porque hayan conseguido dominarlas, sino porque ahora se dominan a sí mismas.

Y no sólo les alegrará por eso. La cultura no es la solución milagrosa a los males de la humanidad, pero sí que tiene indudables virtudes: nos hace replantear nuestra comprensión de la realidad, de las situaciones particulares de grupos o personas, nos ofrece otros prismas a través de los que observar el mundo, y es uno de los pocos medios por los que las clases populares pueden aspirar a mejorar su condiciones de vida. Todos tenemos nuestro gusto, sin duda, ya sea el producto de nuestra peculiar personalidad o la expresión de nuestra clase social, por lo que siempre tendremos reparos ante determinadas obras o entretenimientos. Pero los beneficios de la cultura sólo se producen a condición de que nos acerquemos a ella de la manera menos prejuiciada posible.

Por eso creo que negar la necesidad de una crítica cultural ponderada, y por extensión negar la potestad de las bibliotecas para prescribir cultura es terriblemente equivocado. Equivocado y dañino. Pregunta Funes:

[…] ¿realmente le corresponde a los bibliotecarios formar al público (un público adulto se entiende)?, ¿no deberían venir ya formaditos y exigir a la biblioteca que satisfaga sus demandas?

Pues sí, sí que les corresponde. Porque fomentar el conocimiento también es una función de las bibliotecas públicas, y porque el conocimiento de la diversidad cultural contribuye a mejorarnos como personas y como sociedades.

Claro que siempre podemos replicar con aquello de “¿quiénes somos los bibliotecarios para decirle a nadie qué debe leer, visionar o escuchar?”. No somos nadie, claro, pero es que a no ser que tengas la desgracia de vivir en una dictadura, ningún bibliotecario osa decirle a nadie qué debe consumir o dejar de consumir. Podemos dedicar expositores a recomendaciones de obras, o crear boletines o blogs para la prescripción, pero en última instancia es el usuario el que decide si quiere dedicarles su atención o no. Aquí no se obliga a nada. Además, y esto es muy importante, no son pocos los usuarios que agradecen las recomendaciones, por aquello de mitigar la infoxicación. Sostener que los bibliotecarios le dicen a la gente qué es lo que tienen que leer es un ejemplo de una “falacia del hombre de paja” en la que, como nos dice la Wikipedia:

Su nombre hace alusión a que el argumentador no combate los argumentos contrarios, sino una imitación falsa y vulnerable de los mismos (el «hombre de paja») a fin de dar la ilusión de vencerlos con facilidad.

Pero, además de por esta razón más bien metafísica, negar la potestad de las bibliotecas para prescribir cultura es equivocado y dañino por otras razones más prácticas.

En primer lugar, las bibliotecas públicas no sólo son una puerta de acceso a la cultura, un medio para “darle a cada uno lo que quiere”. El nuevo Plan Estratégico de la IFLA para los años 2016 – 2021, del que podéis consultar un resumen elaborado por el Grupo Baratz, contiene una línea maestra llamada Las Bibliotecas en la Sociedad. Como escriben en Baratz:

A través de esta dirección estratégica se busca promover la lectura y la alfabetización como requisitos esenciales para lograr la participación activa en la sociedad, a través del acceso a la información en cualquiera de sus formatos. Para ello se centrarán en dos actividades clave: el desarrollo e implantación de una nueva perspectiva sobre la alfabetización y la lectura que incluya una mayor participación en estos ámbitos, y la expansión y promoción de un marco para la alfabetización mediática e informacional.

De esas líneas no se puede inferir que las bibliotecas deban prescribir, pero tampoco se puede negar la oportunidad y la conveniencia de hacerlo. Y es que aun cuando es cierto que hay que velar por darle a cada cuál lo que pida, también es cierto que la prescripción siempre ha sido y será una buena herramienta para fomentar la alfabetización y la lectura.

En segundo lugar, la prescripción está relacionada con la supervivencia de las bibliotecas aunque a veces dudo de que realmente seamos conscientes de ello. Escribe Funes:

Los artículos sobre la labor prescriptora de los bibliotecarios han proliferado durante los últimos años. Los bibliotecarios no deben actuar ya como intermediarios, sino casi como médiums que invoquen el espíritu de una cultura que muta cada segundo a golpe de clic.

Si eres de los que piensan que los bibliotecarios no deben actuar como “médiums”, estás de enhorabuena: ya hace tiempo que las muchas plataformas de Internet y blogs o páginas web de recomendación de cultura han arrebatado a las bibliotecas el rol de prescriptor cultural. Eso tiene un coste, claro: desistir en la labor de divulgar la colección de manera activa lleva aparejada un descenso en las estadísticas de préstamo. Ese descenso es una de las cosas que los gestores políticos de las bibliotecas miran cuando deciden si “dar un hachazo” o no a los presupuestos. Y cuando los hachazos caen, entonces es cuando lloramos: que si la culpa es del ebook, que si la sociedad no valora nuestros esfuerzos, que si los políticos no apuestan por la cultura,… (argumentos que son ciertos, sin duda,

En resumen, y para concluir. Aunque la teoría de Bourdieu fuera completamente cierta (cosa que dudo) puede que aplicarla a pies juntillas tenga más inconvenientes que beneficios, no sólo a nivel social. Para las bibliotecas también es contraproducente, en lo que hace a cumplir sus misiones y en lo que hace a su supervivencia, caer en algún tipo de falacia semejante a “¿quiénes somos los bibliotecarios para decirle a nadie qué debe leer, visionar o escuchar?”. Sostener una visión parecida de las cosas es, en el mejor de los casos, un intento bienintencionado de defender una concepción de la neutralidad en las bibliotecas necesaria, pero a mi juicio irreal; y, en el peor de los casos, una excusa perfecta para que los bibliotecarios nos echemos una siesta tras el mostrador.

 

Nota: parte de las ideas de esta entrada fueron publicadas originalmente en el blog ideofilia.

Imagen via everydaydigitals

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Comments

  1. By Vicente Funes

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