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Cómo prescribir cultura desde la biblioteca pública

Estanteria con librosSi esto fuera un libro, llevaría por subtítulo algo así como Una visión personal de la prescripción. Y es que lo que sigue es inevitablemente mi punto de vista sobre la mejor manera de llevar a cabo la prescripción (o recomendación de obras) en bibliotecas públicas. Eso sí, me he preocupado de que sea un punto de vista razonado, bien argumentado. Espero haberlo conseguido, aunque esa pretensión queda a tu criterio, por lo que tus comentarios constructivos sobre el post ya sea aquí o en las redes sociales son bienvenidos. Para que la lectura del post no se haga muy farragosa, he decidido separar el texto en epígrafes. Eso sí, todos están relacionados por lo que es recomendable leerlos serialmente.

La prescripción es un tema que parece estar ganando impulso en el ámbito de las bibliotecas públicas. Como comentaré en el último epígrafe, hay una buena razón para este impulso: intentar recuperar un lugar, si no de privilegio, al menos de centralidad como fuente de información fiable en la mente de los usuarios. Me parece que un buen lugar para comenzar a hablar de prescripción es qué deberíamos entender por “prescribir”, más allá de buscar un sinónimo para la actividad (como “recomendar”). Y de eso va el primer apartado…

I. ¿Una fórmula para el éxito?

Gracias a las herramientas 2.0 todos podemos dedicarnos a una actividad que hasta hace no demasiado se consideraba exclusiva de los especialistas: la crítica cultural. Hacemos reseñas sobre libros, obras de arte, piezas teatrales, restaurantes, conciertos, discos, festivales varios, películas, series de televisión y un larguísimo etcétera. Ya nada parece un coto vedado para los críticos culturales, por lo que no extraña que el papel del crítico profesional se haya puesto en duda de manera recurrente en los últimos años.

En 2012, el escritor Daniel Mendelsohn rompía una lanza a favor de la figura del crítico profesional en un interesantísimo artículo en The New Yorker. En otro blog hablé de cómo las ideas de Mendelsohn son perfectamente aplicables al ámbito de la curación de contenidos. Creo que también son aplicables a la prescripción cultural en las bibliotecas aunque los bibliotecarios, ni que decir tiene, no son ni han de ser expertos en crítica cultural. Los argumentos de Mendelsohn me servirán como guion para introducir algunas reflexiones que creo que sería necesario que nos hiciéramos si queremos que la prescripción de cultura desde las bibliotecas se afiance con éxito.

Mendelsohn utiliza una fórmula muy clara para definir qué es (o debería ser) la buena crítica cultural:

CONOCIMIENTO + GUSTO = JUICIO SIGNIFICATIVO

La fórmula podría ser ésta o alguna semejante, pero la de Mendelsohn me parece que tiene la virtud de que recoge de una manera fácil de recordar los principales aspectos de una buena crítica. Voy a comentar los elementos de la fórmula de Mendelsohn. Empezaré por el “gusto”.

II. Sobre el gusto

¿Qué es el “gusto”? Según el DRAE una de las acepciones de “gusto” es:

Manera de apreciar las cosas cada persona.

Parece obvio que el gusto tiene que formar parte del acto de prescribir cultura: no podemos recomendar un libro, una película o un disco sin dejar translucir nuestra manera de apreciar ese material. Además, esa personal manera de apreciar es probablemente el primer puente que se puede tender entre los usuarios y los prescriptores: “me gustó”, “me emocionó” o “me dio que pensar” son expresiones que despiertan nuestro interés. En cierta forma, es la manera en que vencemos las resistencias de nuestro interlocutor y empezamos a convencerle de que, quizá, aquello que le estamos recomendando merece su atención.

Pero el gusto es un elemento que hay que manejar con cuidado. Para entender por qué, te invito a que des un paseo por Least helpful. El lema de la página web es Daily Dispatches from the Internet’s Worst Reviewers, y el sitio cumple lo que promete: una colección de reseñas (en inglés) triviales, poco informativas o directamente absurdas. Lo destacable es el abanico que abarca Least helpful: desde un simple “good movie” hasta peroratas sobre aspectos casi intrascendentes de las obras reseñadas.

De alguna forma las personas que escribieron las reseñas que aparecen en Least helpful también estaban expresando su gusto. Pero el gusto, como dice Mendelsohn, puede no ser suficiente para realizar una buena prescripción, porque un “me gusta mucho” en realidad es muy poco informativo. Lo que necesitamos, además de gusto, es conocimiento.

III. Sobre el conocimiento

Puede que a un buen número de usuarios ya les sea suficiente con un “te lo recomiendo, a mí me ha gustado”. Pero las bibliotecas cuentan con enormes fondos que pasan totalmente desapercibidos para los usuarios porque nos cuesta sacarles partido. Es por eso por lo que el conocimiento es un ingrediente de la buena prescripción.

¿El conocimiento de qué?: de las obras, de su contenido y de su contexto. El contexto es especialmente relevante, porque añade otra capa de comprensión a la obra: Madame Bovary puede ser vista como la historia de una adúltera de provincias, o como una historia que reivindica el deseo y la independencia de la mujer. Todo depende de cómo sepamos enmarcarla, y eso depende del conocimiento que poseamos de la obra.

Sin ese conocimiento, sin la capacidad de expresar el contexto, siempre nos resultará difícil “vender” según qué obras, especialmente los llamados clásicos (sean libros o audiovisuales). Como en el caso del gusto, el conocimiento también es un puente que nos puede permitir llegar mejor al usuario porque nos permite conseguir que la recomendación signifique algo para él/ella. Como dice Mendelsohn:

[…] el crítico es alguien quien, cuando su conocimiento, dirigido por su gusto en presencia de algún ejemplo nuevo del género en el que está interesado – una nueva serie de TV, una película, una ópera o un ballet o un libro – está ansioso por dar sentido a ese nuevo fenómeno, por analizarlo, por interpretarlo, por hacerlo significar algo.

Dicho de otra manera: es el conocimiento lo que nos permite mantener conversaciones significativas con los demás, ir más allá de las reseñas tipo Least helpful. El conocimiento se obtiene, cómo no, leyendo, escuchando, viendo. También con las recomendaciones informales que se hacen los compañeros en las bibliotecas. O siguiendo los medios de crítica más destacables (blogs, diarios,…). Quizá también se podría fomentar, por qué no, sesiones informales en la que los y las bibliotecarias de las diversas secciones de la biblioteca se explicaran unos a otros las novedades, u otras obras destacadas del fondo.

Veamos ahora un aspecto relacionado con el conocimiento: el temido canon.

IV. El canon sí importa

Cuando solemos hablar de prescribir no es infrecuente encontrar gente que opine que no es necesario aprender ningún canon de obras imprescindibles, ya sea en la literatura, en la música o en cualquier forma de expresión. Creo que es una idea que se deriva de la convicción de que en cuestión de gusto la propia persona es la última autoridad: sobre gustos no hay nada escrito, se dice. Yo creo que es una idea que dificulta enormemente la tarea de prescripción.

Por supuesto que cada persona tiene su gusto propio, y que ese gusto puede que no concuerde con las obras de un canon determinado. Pero tampoco hay duda de que hay obras que han marcado el camino a seguir a muchas otras, o que han puesto en marcha movimientos artísticos o intelectuales completos. Saber identificar esas obras nos muestra los caminos por los que ha transitado la cultura, caminos que en gran medida explican lo que somos y lo que creemos a día de hoy. No podemos entender la evolución del jazz sin las obras más importantes de Miles Davis, por poner un ejemplo.

Un canon puede ser una herramienta que nos permita profundizar en la colección, para llegar a comprenderla mejor. Y como decía más arriba, el conocimiento puede ser muy importante a la hora de prescribir. Ya sea para aceptarlo o para rechazarlo, para adaptarlo o ampliarlo, hay que conocer el canon.

V. Qué es ser “mejor”

El canon no sólo es polémico porque pueda cuestionar los gustos personales. La existencia de un canon siempre supone una valoración: tal obra es mejor que tal otra, y por eso ésta forma parte del canon y aquella no. Eso abre problemas interesantes y espinosos, como la cuestión de por qué se privilegian unas obras mientras se ignoran otras. Cuando prescribimos de alguna manera también estamos valorando y privilegiando algunas obras sobre otras, y éste es un punto con el que muchos bibliotecarios no se sienten cómodos. Al fin y al cabo, se dice, ¿quién es nadie para decidir qué obras son las mejores? Por ejemplo: ¿es “mejor” Shakespeare que Harry Potter?; ¿es “mejor” Beethoven que los Sex Pistols?

Pero, ¿qué es ser “mejor”? ¿Alguna de estas cosas: atraer a más público; conectar emocionalmente; perdurar en el tiempo; potencial innovador; dominio de la técnica (narrativa, musical);…?
Quizá la pregunta de si una obra es “mejor” que otra no tiene sentido, a no ser que definamos qué entendemos por ser “mejor”. Quizá si nos tomamos la molestia de definir qué es ser mejor, podemos hallar que hay obras mejores que otras según distintos parámetros. De nuevo nos encontramos aquí con la importancia del conocimiento en la prescripción como motor del juicio significativo y de la conversación significativa con el usuario. Pero el hecho de valorar nos deja con un problema que comentaré a continuación…

VI. ¿Qué pasa si mi recomendación no gusta?

Hay bibliotecarios que sienten pánico ante la posibilidad de que al usuario no le guste nuestra recomendación. El conflicto puede estar servido en el caso, por ejemplo, de un club de lectura: realmente hay usuarios que se toman a pecho una recomendación que les ha desagradado. Se enfadan, vaya.

Llamadme pesado, pero una vez más vemos aparecer aquí la importancia del conocimiento de aquello que prescribimos: las reacciones instintivas ante una obra pueden matizarse gracias al conocimiento de las intenciones del autor o de sus otras producciones e intereses, del contexto social e ideológico en el que se sitúa, de las implicaciones para los autores que siguieron su estela,… Puede que en última instancia ese conocimiento no cambie una reacción inicial de desagrado, pero sí que puede hacer que la respuesta sea menos furibunda… y, por qué no, acabar transformando el desagrado en agrado, o al menos en reconocimiento.

Hay otro motivo para arriesgarse con las recomendaciones. Las bibliotecas como instituciones quieren tener éxito en sus iniciativas, pero las bibliotecas también tienen como misión fomentar y divulgar conocimiento. Como dice Mendelsohn:

[…] el crítico literario serio (o crítico de danza, o crítico musical) ama a su materia por encima de cualquier otra cosa, reseñará, negativa o positivamente, aquellas obras de literatura o de danza o de música […] que crea que son dignas de examen, análisis e interpretación. Presentar obras interesantes ante audiencias inteligentes hace honor a la materia. Si sólo escribes sobre aquello en lo que crees que la gente está interesada, fallas a tu materia – y también fallas a tu lector, al que puede que le hubiese alegrado hallar algo que no hubiese escogido por sí mismo.

 VII. A prescribir no sólo se aprende leyendo

Me da la sensación de que hay otra idea muy extendida en lo que se refiere a prescripción: que a prescribir se aprende leyendo (o escuchando música, o visionando audiovisuales), por lo que no es necesario dedicar tiempo a hablar de técnicas de prescripción. Es una idea que a mí no me convence: es tanto como decir que a escribir novelas se aprende leyendo, o a componer sinfonías se aprende escuchando sinfonías.

Por supuesto, algo de eso hay: no se puede ser un buen escritor de novelas sin haber leído mucho. Pero leer mucho puede que no sea suficiente para poder escribir o comunicar bien. Lo que sucede es que para nosotros leer parece una actividad natural, casi como si se llevara a cabo casi sin esfuerzo, por lo que tendemos a pensar que comunicar no puede ser tan difícil. Pero es falso. Saber escribir y comunicar bien es difícil. Lo que sucede es que los buenos autores consiguen que su técnica pase a segundo plano, para dejarnos a solas con el contenido de lo que quieren decir.

No, a prescribir no sólo se aprende leyendo. Las buenas técnicas de comunicación también se pueden aprender estudiando los principios de la buena comunicación. Es más, deberíamos aprenderlas si queremos sacar el máximo partido a nuestros fondos.

VIII. La prescripción, una necesidad para el presente

Las bibliotecas públicas afrontan un buen número de retos. Uno de los más importantes es mantener su relevancia a ojos del público. La enorme cantidad de información que circula en nuestras sociedades gracias a Internet supone una competencia feroz. Pero quizá una estrategia adecuada para lidiar con la crisis que están atravesando las bibliotecas sea, ni más ni menos, potenciar aquello en lo que ya son fuertes: el libro y su uso. Creo que es necesario, imprescindible, seguir investigando las nuevas tecnologías y sus potencialidades. Pero también creo que los fondos, los equipos y el personal con el que ya contamos puede dar más, mucho más de sí. Sin perder de vista lo que nos pueda deparar el futuro inmediato debido a los cambios en las nuevas tecnologías, apostemos activamente por la prescripción. Por una buena prescripción.

Como ya escribí en otro lugar, no podemos adivinar qué es lo que va a querer el usuario en el futuro porque quizá ni ellos mismos lo sepan. Así pues, hay que seguir investigando sobre nuevas formas de hacer, pero también hay que estar en el presente, trabajar, dar crédito a aquellos profesionales implicados con vender los servicios de la biblioteca, desempolvar nuestros fondos. No vaya a ser que nos obsesionemos tanto con el futuro que, cuando éste llegue, las bibliotecas ya no tengan un lugar en él por haber perdido el presente.

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