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Nuevos tiempos, viejos discos rayados

¿Qué música suena cuando los editores hablan sobre el futuro del libro? ¿Melodías nuevas para oídos expectantes? ¿Frescas armonías de instrumentos nunca vistos? ¿Voces de vanguardia en canciones sorprendentes?  Pues no. De nuevo el mismo vinilo rayado o, si lo prefieres, un mp3 en bucle.

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El periodista Juan Cruz dirige este verano un programa de entrevistas titulado “El porvenir de los oficios” y ha tenido la cortesía de dedicar al mundo del libro dos programas. Hace un par de semanas le tocó a los libreros y el pasado sábado a los editores.

Escuché con especial interés este último programa en el que la histórica editora Beatriz de Moura (Tusquets), el más reciente Enrique Redel (Impedimenta) y el erudito Manuel Ortuño (Trama), compartieron con los oyentes sus visiones pasadas, presentes y futuras sobre el oficio de editor.

El programa fue entretenido, interesante e ideal para esos largos viajes veraniegos en coche (¡Que vivan los podcast!). Pero en lo que se refiere a la luz sobre el oscuro futuro de la edición que yo esperaba escuchar, poca.

Cierto es que hablaron sobre la aparición de una nueva forma de lectura, más difusa; sobre las series de televisión como nuevas narrativas imperantes; sobre la amenaza de la cultura low cost; sobre la caducidad de los formatos digitales frente a la eternidad garantizada para el libro en formato códice; y también sobre la diferencia entre los pequeños editores y los grandes grupos editoriales: la labor de hortelano de la curiosidad del lector, frente al ritmo acelerado de quien pretende convertir a esos lectores en consumidores culturales.

Sin embargo en la conversación eché de menos alguna idea nueva que disipara el pesimismo que cargaba el ambiente. Enrique Redel confesaba que en estos tiempos acelerados no podía prever qué iba a ser de su editorial en apenas un año. Y Beatriz de Moura reconocía su temor ante el nuevo lector más disperso que está llegando, porque “no sé cuál es ni cómo es, porque lee de otra manera”. Los problemas estaban en el aire pero las posibles soluciones y las alternativas no se llegaban a tocar.

El diálogo autocomplaciente de las tres voces sí sirvió para consolidar la dualidad alta/baja cultura. Parecían asumir tranquilamente la existencia separada de una edición cargada de dignidad o “edición-sí” frente a una edición meramente comercial o “edición-no”. Otra vez la eterna lucha entre la cultura seria, válida y formativa, frente a la cultura floja, insana, que malea el espíritu. Por supuesto, ellos estaban con la primera, sin pararse a considerar que las obras de la presunta “edición-no” sirven de escalón previo para llegar a las otras. De eso los bibliotecarios sabemos algo. Y creía yo que los libreros y editores también.

Me parece a mi que esas enconadas oposiciones entre lo digno y lo indigno, lo físico y lo digital, lo poético y lo industrial, dificultan la navegación de estos editores de modelo viejo por un mar que se les antoja demasiado nuevo. El de hoy es un océano de corrientes interconectadas, de múltiples niveles de profundidad, de formatos cambiantes y cohabitantes, de influyentes comunidades virtuales y de creaciones mixtas y dinámicas. Un océano nuevo que navegado con un viejo galeón se les convierte en su Mar de los Sargazos.

Suena feo tener que recordar todavía que las nuevas tecnologías no son sospechosas por ser nuevas ni por ser tecnologías, sino por las cosas que nos permiten hacer y por los efectos que éstas provocan. Y son esos efectos los que deberían analizar los editores de cara a conseguir nuevos lectores y a conservan también los viejos. Porque igual que el nuevo lector quiere nuevas narrativas también desea nuevas vías de acceso a las narrativas tradicionales. Ese también es el trabajo de los nuevos editores.

Si los editores de casta no saben acercarse a los nuevos lectores, y los editores que comienzan llenos de ilusión tampoco son capaces de desarrollar y promocionar las obras que los atraigan, tendrán que conformarse únicamente con los lectores del modelo viejo. Que cada vez serán menos, claro.

Bueno, también podría ser que alguno de los astutos editores entrevistados esté guardando para sí estratégicamente una mágica idea empresarial. Sí, es posible que cualquier día de estos, mientras los editores de modelo viejo continúan quejándose de los problemas del porvenir de su oficio, veamos descollar a alguno de ellos con una idea brillante que sea aplaudida de igual manera por los viejos y los nuevos lectores.

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