Bibliotecas Universitarias: de la apuntoteca al CRAI

Bibliotecas Universitarias: de la apuntoteca al CRAI

Aunque mis inicios profesionales fueron en una Biblioteca Pública del Estado, llevo casi dos décadas en bibliotecas universitarias, y por ello me preocupa el mundo de la Enseñanza, en el cual he hecho algunas incursiones, y continúo haciéndolas cuando me invitan a ello. Desde que en 1994 accedí a mi primer destino en una biblioteca universitaria, hasta la actualidad, el estado de las bibliotecas de los centros de enseñanza ha cambiado bastante. En las siguientes líneas trataré de analizar la situación en las últimas dos décadas, y el futuro de los que nos dedicamos a esta rama de la profesión.

En otras ocasiones he denunciado en distintos foros que en nuestro país partimos de una problemática situación de partida. Los Colegios y los Institutos de Bachillerato, salvo voluntariosas excepciones o soluciones “de doble uso”, suelen carecer de bibliotecarios profesionales, y por ello, no existía entre los bachilleres españoles la costumbre de acudir a las bibliotecas. Al menos, para darles el uso que nos gustaría a los bibliotecarios. Es decir, para utilizarnos como fuente de información, no como lugar para ir a estudiar con los apuntes. Por eso surgió lo que se viene llamando entre profesionales, con gran poder definitorio, la “apuntoteca”.

Cuando comienza un curso académico, en todas las universidades, los bibliotecarios acudimos de facultad en facultad para enseñar a los alumnos de nuevo ingreso qué somos y para qué servimos. En todo este tiempo los cursos de iniciación a las bibliotecas han cambiado de nombre, de duración, de estructuras y de contenidos, pero yo, a menudo, preguntaba “De los que están aquí, ¿cuántos teníais biblioteca en vuestro instituto? ¿Cuántos la usabais habitualmente? ¿Para estudiar o para otros usos? Y ¿Qué es para vosotros una biblioteca?”. Y, ya fuesen alumnos de Ingeniería, de Derecho, de Letras, o de Magisterio, por poner ejemplos de alumnos diferentes entre sí, la respuesta que me daban casi siempre era la misma. Sí, algunos tenían biblioteca. Una sala de lectura a la que acudían cuando estaba abierta, cosa no muy habitual, o cuando los castigaban “a la biblioteca”. Y evidentemente, la atención de la misma la hacían los profesores, por turnos. Con estos antecedentes, la biblioteca universitaria era, para ellos, un lugar semejante al que ya conocían. Sí, más grandes que las de sus colegios, con más personal, con interesantes posibilidades de ligue, y con posibilidad de sacar en préstamo más y mejores materiales. Pero básicamente, un sitio para ir, sacar los apuntes, y ponerse a estudiar con ellos. Durante años las bibliotecas universitarias hemos venido siendo, para casi todos, “apuntotecas”.

Cuando alguna vez he sacado el tema de las apuntotecas con compañeros, he podido comprobar que suscita pasiones. A algunos les indigna sobremanera que nos usen de ese modo, mientras que otros consideran que es uno de las funciones primordiales que debemos ofrecer. En lo que se refiere a las autoridades académicas, muchos coinciden en que hay que abrir cuanto más tiempo mejor, y poner muchos puestos de estudio para que los chavales vayan a estudiar. Porque sigue habiendo profesores que no piensan que en una biblioteca se pueda hacer otra cosa. Yo distingo dos tipologías de Personal Docente e Investigador. Por un lado, los profesores que entienden de bibliotecas (porque las han usado habitualmente y continúan haciéndolo), afortunadamente cada vez más abundantes; y por otro lado, los que no pisan por ellas, les importamos una m… minucia, y ni siquiera conocemos sus caras. Cuando alguno de estos profesores ignotos (que sabemos que existen pero a los que no conocemos), llega a un cargo académico, con responsabilidad directa o indirecta sobre bibliotecas, el bibliotecario universitario tiene un problema. Porque a los alumnos de dieciocho años que llegan sin conocimientos sobre la realidad bibliotecaria, se le puede reorientar. Pero al docente con el colmillo retorcido que nos ve como a unos freaks que lo único que hacemos es reclamarle un préstamo sobrepasado o recordarle que se le pasa el plazo para que haga sus pedidos de libros, malamente podremos conseguir convencerle de que nos vea de otro modo. Y para ellos, evidentemente, la única utilidad que ofrecemos al alumno es la de que vengan a estudiar, con sus apuntes. La apuntoteca se perpetúa desde dentro del sistema.

Porque para estos profesores “a la vieja usanza”, la forma de transmitir sus conocimientos y de evaluar a sus alumnos, es a través de un par de manuales (siempre los mismos, desde que terminaron la carrera) y de una lección magistral (siempre la misma) que es tomada en forma de apuntes, los cuales, en algún momento, se trasforman a su vez en libro. Unos y otros se difunden bajo forma de fotocopias (antaño), o escaneada (en la actualidad).

Alguna vez algún compañero de Bibliotecas Públicas me ha comentado que hay que ver cómo se nota que llegan los exámenes, porque los universitarios les saturan las salas de lectura, convirtiéndolas también en apuntotecas. Y en época de exámenes, las bibliotecas se ven obligadas a hacer aperturas extraordinarias, hasta altas horas de la noche, y a veces de la madrugada, y también en fines de semana y festivos, para facilitar a los universitarios que acudan a estudiar a la apuntoteca.

Recuerdo un artículo publicado hace un par de años por el periodista José Ramón Alonso de la Torre que me pareció genial, ya que recordaba al lector cómo se estudiaba hace no tantos años sin necesidad de forzar la maquinaria haciendo que las apuntotecas parezcan farmacias de guardia, abiertas las 24 horas, por moda e interés político. Sobre este tema recomiendo igualmente el artículo “Apuntotecas y políticos”, publicado hace cuatro años, de Fco. López y Raquel Martín, o las reflexiones sobre apuntotecas de Honorio Penadés y otros compañeros, recopiladas por EPI de IWEtel.

Y así llegamos al Espacio Europeo de Educación Superior. El EEES, más conocido como “el proceso de Bolonia”. En un momento determinado, los ministros de Educación de la Unión Europea deciden que en los países de esta Europa Unida (que ayer celebró su Día sin que casi nadie se percatase de ello) hay que cambiar la forma de enseñanza universitaria, sustituyendo la lección magistral del docente a los discentes por una nueva enseñanza con un elevado porcentaje de prácticas y en la cual los alumnos han de buscar los materiales educativos, más abundantes que hasta el momento. Alguien considera que no hay que dar un pescado al hambriento, sino enseñarle a pescar. Y la pesca de esos contenidos académicos se debe de hacer… en las bibliotecas universitarias. El curso 2010/2011, que ahora acaba, es el primero en el cual el Proceso de Bolonia está ya por imperativo legal, definitivamente implantado en todas las Españas. La noble figura del Licenciado ha pasado a la Historia (como pasaron el dodo, el bucardo o el lobo marsupial), y las bibliotecas universitarias han de transformarse en CRAIs. En Centros de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación.

¿Un simple cambio de nombre? No debería ser sólo eso. Nuestra posición ante la situación surgida del EEES es que el cambio ha de ser, sobre todo, de mentalidad y de procedimiento. En teoría al menos, nos hemos convertido en un espacio del saber y del conocimiento, tan importante (o más) como la propia aula. Ya no somos meros conservadores y difusores del patrimonio bibliográfico. O no lo somos únicamente. Somos algo más, un centro de información que reúne diferentes tipos de documentos, en diferentes soportes y formatos, que deben conocer y utilizar los universitarios. Los alumnos, para formarse, en modo “autoservicio”, completando su formación curricular. Y el PDI, completando su continua labor investigadora en colaboración directa con los centros que les facilitamos la misma. El EEES nos convierte en centros docentes también, como las facultades y las escuelas, ya que no sólo facilitamos los materiales de estudio, sino que les hacemos aprender a aprender.

En teoría, la nueva biblioteca universitaria, el CRAI, ha de ser el centro alrededor del cual gire la nueva universidad. El centro de transmisión del conocimiento y donde debe encarnarse la necesaria colaboración entre el profesor universitario y el bibliotecario universitario, colaborando en la elaboración de las bibliografías recomendadas de cada asignatura, en el aprendizaje activo, en la enseñanza de recursos y bases de datos, en la formación (ya sea presencial, en línea o mixta), en la edición de materiales docentes, y en la realización y enriquecimiento de los repositorios institucionales, por citar algunos ejemplos. Y a la vez, sala de audiovisuales, centro cultural y de exposiciones, laboratorio de idiomas, aula de informática y hasta centro de ocio. Rosa León y las Vainica Doble cantaban “Todo está en los libros”.Ahora diremos “Todo está en el CRAI”.

El profesional de los CRAIs (¿Cómo deberemos llamarnos? ¿CRAItecarios? ¿CRAIveros? ¿CRAIvistas?) deberá ser: conservador y difusor de la información, pero también editor, gestor del conocimiento, docente, documentalista, asesor-consultor, informático, gestor cultural y hasta evaluador. Todo en uno. Demasiadas tareas para tan poco personal y tan poco sueldo, en comparación al del PDI, opinan muchos compañeros. Pero además algo peliagudo, porque deberemos cambiar lo más difícil: La mentalidad. No sólo la nuestra, o la de los alumnos, sino la del profesorado. Durante años, muchas bibliotecas universitarias han vivido de espaldas al personal docente e investigador, y viceversa. Hemos de cambiar la manera de pensar –ellos y nosotros- y mirarnos de frente, para empezar a colaborar, y conseguir que los universitarios de hoy sean los ciudadanos del futuro. Si no, el proceso boloñés se limitará a un cambio en el rótulo de la puerta. No depende únicamente de nosotros, pero en nuestras manos está dar el primer paso. Nos jugamos demasiado. ¿Podremos conseguirlo?

Para saber más:

Las bibliotecas universitarias ante los nuevos espacios de información, por Paloma Alfaro y Sandra Sánchez

La BU, una realidad abierta para el aprendizaje del alumno, por Nieves Navarro, Magdalena Suárez y Carmen Guío

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Cuaderno de bitácora sobre Gestión Cultural y del Patrimonio, Museología, Bibliotecas Universitarias-CRAIs en el EEES, Asociaciones y Asociacionismo Profesional, y Gestión y Desarrollo de la Colección. Estudios: • Licenciado en Gª e Historia por la UCM, Especialista en Historia del Arte. • Postgrado de Especialista en Archivística por la UCLM. • Diploma de Estudios Avanzados de Doctorado en Humanidades. • Suficiencia investigadora por el Dpto. de Hª del Arte de la UCLM. Bibliotecario desde 1993, primero en la Biblioteca Pública del Estado en Toledo y luego en la UCLM. Actualmente, responsable de la biblioteca del campus científico-tecnológico de Toledo. Ha sido Secretario Regional y Presidente de ANABAD-CLM, y miembro de los consejos federales de ANABAD, FEAGC y FESABID, así como profesor colaborador de la Facultad de Humanidades de Toledo.

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